Escriben Cata Flexer y Marcelo Lafiosca

El lunes por la noche la burocracia de UTE levantó el paro. Su autoridad fue desconocida por los docentes huelguistas, que continuaron parando avalados por Ademys. Hoy, la conducción de Ademys desconoció a los huelguistas que pararon a pesar de la defección de UTE y llamó a levantar también la huelga. Una asamblea extremadamente ajustada (50% vs 48%) votó que el jueves volvemos los docentes a las aulas. Lamentablemente la desconfianza en las bases llegó al punto de que frente al reclamo de muchos compañeros que decían que no estaban pudiendo votar (se utiliza una especie de encuesta dentro del propio Zoom) la conducción hizo oídos sordos. Mientras continuaba el reclamo por el chat de quienes no pudieron emitir su voto, se proclamó ganadora la moción de levantamiento. A pesar de las quejas, no se repitió la votación. (En la imagen que acompaña este artículo podemos ver a los muchos participantes que expresaban que no estaban pudiendo votar antes de que se supiera qué moción ganaría). Sólo una conducción que desconfía del movimiento recurre a las maniobras.

La orientación de levantar la huelga “para volver a las escuelas y construir un nuevo paro” responde a una caracterización errada del movimiento. A pesar de los descuentos extorsivos (una maestra que haya sostenido los 16 días de paro cobraría menos del 75% de su sueldo) el paro se sostenía, en un movimiento de duración y amplitud nunca visto en la Capital desde 1988. Los docentes que no paraban o se iban bajando, de ninguna manera, rechazaban la medida; sino que la apoyaban. La huelga, en este sentido, se había extendido, porque logró la adhesión de padres y estudiantes, vaciando en los hechos las escuelas. El apoyo que iba ganando en todos los sectores el reclamo se vio en las decenas de semaforazos del lunes 10.

Durante todo el proceso, la UTE, sindicato mayoritario de la Capital, dirigido por la burocracia K, se limitó a renovar el paro, sin ninguna instancia de intervención de las bases, “en defensa del DNU” pero avalando la política del gobierno nacional, que mantiene la presencialidad en la mayor parte del país. Rechazaron, siendo parte de CTERA, cualquier medida para nacionalizar el conflicto. La UTE, de hecho, debió someterse a la presión de las bases docentes. Convocó a plenarios de delegados el lunes 10 (clandestinos y sin posibilidad de votar) para levantar el paro y llamar a una “retención de tareas” en la que nadie sabe con qué se come. El gremio del que nadie esperaba nada, nada ha hecho.

Ademys, por el contrario, viene siendo desde 2020 el canal de organización de la lucha contra la presencialidad. La conducción multicolor, que dirige el sindicato, sin embargo ha ido a la retranca de un movimiento que nació de las bases. Ya en febrero, sin ningún mandato (se votó semanas después), inició la campaña de los “10 puntos por un retorno seguro”, es decir, se adaptó a la posibilidad de una presencialidad “segura” o “cuidada”, una diferencia sólo de grado con lo sostenido por el kirchnerismo o incluso el PRO. La realidad desmintió a la multicolor, que debió reclamar en un escenario ya cercano al colapso la suspensión de las clases presenciales. En el interín, se fue formando un movimiento de oposición a esta orientación de la conducción, que sin embargo reconoce a Ademys como el sindicato donde intervenir. Se expresa por ejemplo, en la confirmación de los Docentes contra la Presencialidad en Pandemia.

El hecho de que contra todas las agrupaciones de la conducción de Ademys la moción de continuidad haya obtenido el 48% de los votos, habla a las claras, en primer lugar, de una voluntad de lucha, y en segundo lugar, de la necesidad de construir una dirección alternativa a la multicolor, cuya naturaleza como frente único de la docencia combativa ha pasado a mejor vida.

Manos a la obra y a seguir organizándonos. Un tropezón no es caída, a debatir y organizarnos en cada escuela. La presencialidad mata, nuestra lucha sigue vigente.