La asamblea constituyente y las tribus primitivas

Escribe Maxi Laplagne

Capítulo I de La Naturaleza Histórica de la Asamblea Constituyente

Son inseparables el desarrollo político del desarrollo evolutivo de la humanidad porque uno depende del otro. En soledad, el hombre primitivo carecía de objetivos históricos a alcanzar y su vida transcurría bajo el mandato de las necesidades inmediatas de su cuerpo. Para huir de las bestias trepaba los árboles, para alimentarse salía a cazar. Sólo agrupado, ya sea por auxilio o simple compañía natural heredada de otras especies gregarias, el ser humano inicia la historia que va más allá del imperio fisiológico de las necesidades de su cuerpo. En manada el ser humano inicia el descubrimiento de las leyes de la naturaleza y su libertad comienza a ensancharse. Sin el ser humano no se transformaba en un ser político sus días en la Tierra estaban contados.

No sólo en nuestra especie la conquista del alimento, de la calefacción, la refrigeración y del ocio obligaron a los individuos a agruparse para enfrentar las hostilidades de la naturaleza. En todas las especies el agrupamiento dió pie al desarrollo productivo, esto es, la transformación de la naturaleza mediante el cuerpo y la consciencia de los seres vivos. El caso más emblemático, estudiado desde los tiempos de Aristóteles de Estagira hasta los del inglés Charles Darwin, ha sido el de las abejas cuya capacidad de organizar la producción de toda su especie reproduce no sólo su vida sino la del resto de los seres vivos del planeta. La socialización es una tendencia de la naturaleza antes que de la consciencia aunque, digamos, también la consciencia se constituye en la historia natural.

En el caso de la humanidad, el primer gran salto evolutivo en el plano político es la constitución de las sociedades tribales regidas por lo que se transformará en el resto de nuestra historia en el primer órgano de deliberación política colectiva: la familia. Con diferentes matices según la localidad geográfica en que el ser humano iniciaba sus aventuras en la historia, un patrón común es la conclusión de todos los estudios acerca del desarrollo de las civilizaciones: agrupaciones de familias que compartían una misma tradición se organizaron autónomamente en todo el planeta llegando a constituirse poderes asamblearios en las que el criterio de decisión era la unanimidad. Es la conclusión fundamental de Frederich Engels al estudiar de forma comparativa las tribus originarias de norteamerica, sudamérica, germanas, latinas, micénicas y griegas.

La historia ha dado a conocer a estos organismos de deliberación como boulés, que al español lo traducimos por Consejo. Como se ve, desde los orígenes del sentido político, la organización del poder de forma asamblearia ocupa un lugar central en la evolución de nuestra especie. Aunque, quizá, el término «asamblea» haya caído en el plano de la vulgaridad, el mismo rememora los instintos vitales del progreso natural de nuestra especie ya que la tribu se organiza alrededor del enfrentamiento contra las bestias, el clima o hasta los peligros sobrenaturales que consideraron señales de los dioses. En la competencia por sobrevivir, la boulé desempeña un rol evolutivo crucial. La constitución de las sociedades tribales es la primera gran revolución democrática de los seres humanos.

Como toda revolución, además del factor subjetivo, el otro gran protagonista es el desarrollo de la fuerzas productivas alcanzadas por la sociedad. Se verá con el recorrer de los capítulos como la historia humana, el desarrollo de nuestras capacidades, técnicas y descubrimientos científicos se hace a expensas de la gran mayoría de los individuos o, lo que es lo mismo, es la gran mayoría de la sociedad la que carga en sus espaldas el peso del progreso bajo el mandato de una minoría que se apodera de los recursos. El ascenso del espíritu y la mentalidad individual sólo se produce en el marco del sacrificio de toda la especie y, en particular, de las clases sociales que se gestan en su desarrollo. Las capacidades intelectuales de un individuo están condicionadas al desarrollo material del conjunto de la sociedad.

Nacidas con el objetivo de enfrentar a la naturaleza en nuestra pelea por sobrevivir, las tribus no sólo dan inicio a las formas políticas democráticas sino a la apropiación inicial de la naturaleza y su riqueza en un número reducido de seres humanos. La conquista del fuego, las armas primitivas de caza y la incipiente agricultura obligan a las tribus a organizar la propiedad privada dividiendo socialmente el trabajo. Obsérvese que el propio concepto de propiedad, incluso milenios antes de la sociedad capitalista, implica ya el resguardo de la propiedad sobre quien pretenda enajenarla. Adultos con capacidades físicas para hacer prosperar la producción se imponen política y militarmente a jóvenes, ancianos y mujeres. Surge así la primera gran división de la sociedad en clases sociales antagónicas, aunque el sector oprimido de la sociedad no haya llegado él mismo a constituirse como clase antagónica de los propietarios en la época tribal. Un grupo reducido toma en sus manos el desarrollo de la producción dando inicio a la propiedad privada de la riqueza obtenida de la naturaleza mediante el trabajo humano. El resto, sobre todo las madres de familias y sus hijos, deben dedicarse exclusivamente al trabajo manual, el que se transforma en la primera forma de excedente. La boulé acapara por unanimidad la propiedad privada del suelo, el cultivo y el arriendo.          

Junto a la organización democrática primitiva se da inicio a las clases sociales, las cuales tardarán varios siglos y hasta milenios en adoptar formas que le permitan tomar consciencia de su lugar de clase oprimida u opresora. En términos formales, la democracia tribal de las asambleas por unanimidad representó la dictadura de la minoría poseedora sobre la gran mayoría de la civilización. Incluso avalada por la totalidad de sus miembros, la asamblea tribal funciona como un órgano democrático que impone la dictadura de una minoría sobre el resto de la tribu.

Sin abordar al hombre primitivo, en su estudio titulado Democracia y Revolución, el filósofo norteamericano George Novack se dedicó a estudiar la historia de las sociedades democráticas para llegar a la siguiente conclusión: las formas democráticas de gobierno, siempre, hasta hoy, poseyeron en su germen la dictadura político de la minoría sobre la gran mayoría. Este esquema ambiguo que sólo puede caber en el pensamiento dialéctico permanecerá inalterado en la historia universal de nuestra especie. Intentaremos en los próximos capítulos dar formato material a esta tesis con el objetivo de probar hasta qué punto la exigencia de una asamblea constituyente, como lo hace actualmente el pueblo chileno en masa, encaja con el desarrollo evolutivo de las sociedades humanas. Para ello habrá que desencajar la consigna de todos los esquemas y analizar, de fondo, qué representa y qué formas adquirió a lo largo de la historia de las civilizaciones. Por lo pronto adherimos ferreámente a la tesis de Novak agregando que solo la abolición de las clases sociales podrá inclinar la balanza de la historia.

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