La revolución francesa | Albert Soboul

La Revolución Francesa señala la llegada a la historia de Francia de la sociedad burguesa y capitalista.

Su característica esencial es la de haber logrado la unidad nacional del país mediante la destrucción del régimen señorial y de las órdenes feudales privilegiadas: la Revolución, según Tocqueville en LAncien Régime et la Révolution* (lib. II, cap. I), «cuyo objetivo era abolir en todas partes los restos de las instituciones de la Edad Media». Que haya acabado en el establecimiento de una democracia liberal es algo que concreta aún más su significación histórica. Desde este doble punto de vista, y bajo la perspectiva de la historia mundial, merece ser considerada como el modelo clásico de revolución burguesa.

La historia de la Revolución Francesa plantea, pues, dos series de problemas. Problemas de tipo general: los relativos a la ley histórica de la transición del feudalismo al capitalismo moderno. Problemas de
tipo concreto: los que se refieren a la estructura específica de la sociedad al final del Antiguo Régimen y que dan cuenta de los caracteres propios de la Revolución.

Se impone hacer una observación de vocabulario. Sabemos las observaciones críticas suscitadas por los términos feudalidad y feudalismo, aquí empleados; Georges Lefebvre, en ocasión de un debate sobre «la transición del feudalismo al capitalismo», adelantó que no eran apropiados. ¿Cómo designar, a partir de ese momento, el tipo de organización económica y social que la Revolución destruyó y que se caracterizaba no solamente por las supervivencias del vasallaje y del desmembramiento del poder público, sino también por la persistencia de la apropiación directa por parte de los señores del producto del sobretrabajo de los campesinos, de lo que daban prueba las prestaciones personales, los derechos y cánones en especie y en dinero a que estaban sujetos estos últimos? Sin duda alguna, esto es dar a la palabra feudalidad un significado más amplio, que engloba los cimientos materiales del propio régimen. Es en este sentido como la entendían los contemporáneos, tal vez menos los juristas al corriente de las instituciones o los filósofos sensibles sobre todo al fraccionamiento del poder público que los campesinos que soportaban su peso y los revolucionarios que la derribaron. Es en este sentido como la entendía también ese observador clarividente por excelencia, Tocqueville, que escribió en El Antiguo Régimen y la Revolución (lib. I, cap. V) que esta última había destruido «todo lo que, en la antigua sociedad, procedía de las instituciones aristocráticas y feudales». Feudalidad, pues, no en el sentido restringido del derecho sino como noción de historia económica y social, definida por un cierto tipo de propiedad, por un modo de producción histórico basado en la propiedad de tierras, anterior al capital moderno y al modo de producción capitalista. No hace falta concretar que la feudalidad en este último sentido presenta diversos matices según la fase de su evolución y también según los países y las regiones. El papel histórico
de la Revolución Francesa fue el de asegurar, por la
destrucción de la feudalidad así definida, la transición
hacia la sociedad capitalista.

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