Nosotros producimos, ellos se vacunan

Volante para ser repartido en fábricas de toda la Argentina

Ya no existe fábrica argentina donde no se hayan detectado casos de coronavirus. Tan así, que en determinados lugares aunque los patrones se negaban a aplicar cuarentenas y aislamientos, la fábrica tuvo que cerrar igual porque todo el plantel se había contagiado. Los protocolos de los que tanto hablan se reducen a ponerse alcohol en gel en las manos y bancarse ocho horas (más extras) puesto el barbijo de mala calidad. No se habla del contagio en los trenes saturados, de la vestimenta repetida día a día ni de ninguna medida de protección obrera contra el COVID. Peor, ahora también mandarán a nuestras familias al contagio reabriendo las escuelas con el único objetivo de reventar las licencias para los padres que las habían solicitado para cuidar a nuestros hijos. A las fábricas, está clarísimo, la vacuna todavía no llegó… aunque Duhalde, Massa y su familia ya recibieron la Sputnik V.

Todo el peso de la pandemia recayó en la clase obrera. Fuimos los trabajadores quienes seguíamos en las calles en plena cuarentena garantizando la producción de alimentos, vestimenta, tecnología y todo lo que consume el pueblo argentino. Los empresarios, desde sus casas, apenas si prendían la PC para contabilizar las ganancias y, aunque la producción no paraba un segundo, recibir subsidios multimillonarios que les ahorraban pagar los sueldos. Con los subsidios, lo peor, es que no impulsaron la compra de nuevas maquinarias para abrir puestos de trabajo, no, ¡la invirtieron toda la bolsa! Se llenaron de leliqs, bonos de canje, dólares y criptomonedas, mientras nosotros no llegábamos a fin de mes.

El gobierno fue y sigue siendo el primer cómplice de los empresarios que nos mandaron al muere. Se llenaron la boca hablando de cuidados mientras abrían hasta los bingos y casinos de todo el país. Que los funcionarios del Estado sean los primeros que se vacunaron es una declaración de guerra al pueblo pues confiesan que nuestras vidas se la pasan por las bolas. Es lo que ha pasado en todo el mundo. Quinientos mil muertos en Estados Unidos, mayormente obreros, negros y latinos.

Lo más importante, entonces, para los obreros es que lleguemos a conclusiones precisas. La oposición macrista, los principales vaciadores de hospitales, ahora querrán escalar posiciones avalados en la catástrofe del gobierno. Pero no, los trabajadores tenemos claro que acá, lo que se vino abajo, no es sólo un gobierno, sino todo un sistema en el que las ganancias millonarias se han impuesto al cuidado de la vida del pueblo. Aferrados a la crisis que se discute por arriba, es hora de que los trabajadores nos politicemos, tomemos la palabra, la acción y nos hagamos dueños de nuestra propia vida. En cada fábrica, organicemos reuniones en las que dejemos en claro que sin vacunas habrá que volver necesariamente a la cuarentena. Que si quieren que sigamos trabajando, entonces nuestro salario tiene que ser todavía mayor que la inflación, ¿o quieren que nos bajen las defensas por no poder acceder a la alimentación de calidad? Si se rompen los protocolos, nos reunimos y les decimos que sólo vamos a seguir trabajando si se respetan las reglas que nosotros imponemos. El hecho de que se hayan vacunado los gobernantes en una confesión de la gravedad real del virus. Si despiden compañeros, hacemos piquetes en la puerta y tomamos la fábrica. Tomando el control de los lugares de trabajo nos estamos formando para que luego los propios compañeros puedan mostrarse ante el resto de los trabajadores como los verdaderos «funcioanarios» capaces de hacerse cargo del poder y, así, cuando nos pregunten «pero sí estos se van, ¿quienes van a gobernar?» les respondemos «nosotros, los trabajadores».

Ha llegado la hora de una venganza histórica.

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