Plantamos bandera

Sobre la convocatoria en Parque Lezama hacia una Asamblea Nacional de Trabajadores

Rememorar aquí la Asamblea Nacional de Trabajadores, por un lado, es un acierto y, por otro, un error de método. Es verdad que se trata del mayor proceso de organización autónoma políticamente consciente de las masas de la historia contemporánea. Abriéndose camino desde los puentes cortados en La Matanza, quienes tomaron la iniciativa de organizar a los desocupados de la Argentina bajo un mismo programa dieron en el nervio de las tendencias políticas que recorrían a la Argentina. Del movimiento obrero, los trabajadores trajeron la experiencia de la democracia sindical para enfrentar despidos. Los piqueteros abrieron el diálogo a todas las voces, al contrario de los intelectuales que se resguardaban en las revistas universitarias para repetir que, en las asambleas populares, había que dejar afuera a los partidos de izquierda. La deliberación creciente entre los piqueteros nutrió a los partidos a la vez que los partidos se nutrían de la experiencia concreta de las masas.  Entonces, sí: reivindicar la asamblea nacional de trabajadores cumple un rol central en la estrategia histórica del proletariado nacional. Pero no, no representa a la ANT una agrupación de partidos desconectado del estado real del flujo de la clase social a la que pretende acaudillar. La ANT fue posible porque en las calles el desocupado cortó rutas, paralizó Cutral Có, desafió a la burocracia eclesiástica salteña y a fuerza de creatividad se ganó la simpatía de trabajadores y hasta pequeños burgueses cuyo Champagne de los noventa era reemplazado por acciones en créditos para el trueque de la Bernaleza. Que sean las masas las que crean sus organismos no quiere decir que la vanguardia pueda convocarlas desesperadamente a recrearlos. Así, sin representar objetivamente la naturaleza social de la ANT, este primer paso en el Parque Lezama sirve para plantar una bandera histórica de los oprimidos de la Argentina en el medio de una crisis descomunal de todo el sistema capitalista.

Comprender el debate sobre la organización democrática autónoma de las masas es esencial para abordar la historia argentina. En nombre de las masas, ejércitos burgueses se han sublevado a lo largo de toda nuestra historia llevando a los trabajadores que los acompañaron a la derrota. Un grupo de porteños se subleva en mayo de 1810 y ante el caos colonial instaura un régimen nacional apoyando en el optimismo de las puebladas que festejaban el primer gobierno patrio mientras Cornelio Saavedra preparaba, por arriba, el acaparamiento del monopolio de todos los impuestos del pueblo. Mientras nuestros compañeros celebraban su primera jornada del día internacional de los trabajadores en Plaza de Mayo, un puñado de universitarios ex ministros de guerra en el genocidio contra el Paraguay se sublevó en 1890 aislado de las masas para acabar derrotado al primer enfrentamiento contra el régimen roquista. Un grupo de burócratas se apoderó en 1945 de los hilos de la CGT para desviar la crisis política que ponía en jaque todo el régimen político militar de la Argentina en la realización de elecciones sin obreros en las listas. Y no sólo grupos aislados de pequeños burgueses nos llevaron a la derrota en 1955, sino que también desorientaron a las masas durante los setenta para terminar entregando compañeros a la triple A.

No es que el método defina la orientación, sino que el método utilizado expresa la clase social a la que se representa. No es lo mismo llamar a conformar soviets que imitar su existencia. Quien inventa ficciones, por lo general, simplemente lo hace porque carece de paciencia para que la realidad la supere. En Argentina, existe, efectivamente, la tendencia a la creación de organismos democráticos de las masas y, justamente, de lo que trata la etapa actual es de saber distinguir, en cada lugar, cuál es la palanca que mueve las fuerzas centrípetas que llevan a su creación. En Cutral Có no fue la lucha por conquistar una asamblea de trabajadores lo que desencadenó las necesidades históricas, sino la falta del plato de comida. Un programa de transición al poder indica como un simple axioma que solamente la transformación revolucionaria de la producción nacional puede erradicar el hambre. En dos pasos, los problemas concretos de cada barrio se concentran en objetivos políticos históricos. De los que se trata es que el revolucionario se cargue con todas las herramientas necesarias para explicarlo una y otra vez.

En medio de una crisis que trastoca los principios elementales con los que la humanidad fue educada desde la Modernidad, cada problema individual abre un abanico universal. Cada crisis particular pone en debate a todo el régimen social. La lucha contra la presencialidad se transforma en pocas palabras en el debate acerca del rol de la escuela capitalista, una guardería para que los padres puedan ser explotados. La huelga en el Puerto del Paraná desequilibra los precios de la bolsa de Chicago y pone en debate todo el régimen laboral del campo argentino. Cada nuevo muerto de Coronavirus pone en jaque a todo un régimen social que ha decidido abandonar la lucha para erradicarlo, que somete al personal de salud a la muerte, que intenta ocultar los nombres de los docentes fallecidos. La deliberación imparable entre la clase obrera gestará ella misma las condiciones para la conformación de soviets. Nosotros no somos un soviet, pero estamos allí con la bandera levantada para recordar que la crisis capitalista no se resolverá en los términos de las tablas de contaduría sino en los del argentinazo. Se trata, entonces, de comenzar a organizar nuestra tarea militante a gran escala. Desde ese punto de vista, esta convocatoria es un gran acierto.

1917

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