1917 es una revista altamirista. Esto no corresponde sólo a su ubicación geográfica – Buenos Aires, Argentina – sino, más bien, a su ubicación temporal.
La lucha política de la clase obrera internacional no puede resumirse en un par de párrafos pero ha tenido momentos decisivos. De alguna forma, la revolución bolchevique de octubre de 1917 sacudió a las organizaciones obreras de todo el mundo porque las obligó a posicionarse ya no en defensa de una ideología (e incluso tampoco en sus reivindicaciones materiales) sino en la realización concreta de la dictadura del proletariado. En Argentina, la deliberación al respecto barrió a los timoratos. De organizaciones de una clase social relativamente anárquica las transformó en impulsoras del poder para una clase social mundialmente consolidada.
La revolución bolchevique hizo nacer a los populismos nacionalistas como forma de suspensión de un periodo de ascenso de la democracia proletaria. En Argentina: Yrigoyen, Perón. De esta forma, luego del primer tercio del Siglo XX las posiciones políticas de las organizaciones obreras se transformaron, de alguna manera, en defensivas. No sólo defensivas en cuanto debieron resistir la disolución general de la organización capitalista mediante la guerra mundial o el nazismo sino ante la presión nacional por su disolución.
Al altamirismo lo distingue un sólo elemento: la comprensión histórica de la necesidad del partido obrero. El partido obrero, a su vez, debe ser comprendido en una doble variable. Por un lado, como evolución (relativamente) natural de los acontecimientos sociales. Esta es, de alguna forma, la herencia hegeliana que pervive en el materialismo dialéctico. Pero las ideas no son platónicas, esto es, independientes de la intervención subjetiva, de sus protagonistas, de los hombres que hacen (no a la historia) sino al partido.
El partido es así la forma de intervención en la realización de la dinámica general de la historia. Sólo el partido es capaz de intervenir en la semiótica de los fenómenos sociales e intervenir en esa difícil relación entre el lenguaje y los eventos reales. Esta es la función social del periódico del partido. Dejando de lado la especulación filosófica emerge la lucha política ante los eventos. La comprensión semiótica hace a la forma de la acción.
De alguna forma, en el cordobazo argentino de 1969 se concentraron todas estas variables. No hay estallido sin acción previa y no hay forma de la acción en el caos teórico. El periódico hace las veces de construcción material de la idea, en aquel caso, darle fisonomía y comprensión de sí al proletariado. La homogeneidad lingüística de la clase obrera la abroquela en los eventos del momento pero también los trasciende y le permite su perduración a lo largo del tiempo.
Sólo de esta manera, luego de la derrotas setentistas, podrá volver a emerger la lucha por el partido obrero y consolidarse en los momentos de “caos”. La forma del partido obrero le devuelve identidad al piquetero de los noventa, rompe la palabrería de la “modernidad líquida” y devuelve la evolución de la historia eyectada – fundamentalmente – por la beligerancia de las clases sociales.
Si es ahora sí por volver a la Argentina, al altamirismo reciente lo distingue la conformación del Frente de Izquierda en el año 2011 y, sobre todo, su esfuerzo por su no desintegración. Sólo la fuerza del partido podía contener el peso nacionalista que recaía sobre sus espaldas y ofrecerle a la clase obrera un salto político cualitativo que lo diferenció del resto del mundo, en particular, de la obsecuencia populista en América Latina. El ascenso hacia la victoria electoral en Salta Capital (hasta ahora, el único antecedente histórico de un partido independiente en ganar una localidad de semejante relevancia) no podría haber existido sin el movimiento que, centralizado, emergió hacia vectores diversos del país. Aún hoy, con tanta agua corrida bajo el puente, la farsa izquierdista vive del impulso de aquel pasado (políticamente) lejano y (temporalmente) cercano. Mariano Ferreyra, por caso, fue un hombre de partido.
Tampoco en pocos párrafos es factible una historia de la evolución de la crisis mundial y menos de su forma bélica, pero sin dudas que la misma es un tatuaje en el pecho del altamirismo. La guerra mundial es la forma sintetizada (aunque parezca lo contrario) de la lucha en la fábrica contra el patrón, a la vez que manifiesta ante los ojos del mundo la forma de la catástrofe. Es, si se quiere, la continuidad de la explotación capitalista “por otros medios”. Es, también, la manifestación de la competencia desacralizada de la burguesía. Es por esto que el altamirismo se caracteriza por su matiz científico, siendo la ciencia la capacidad de observar la totalidad de los fenómenos en todas sus variantes (micro y macroscópicas). Un partido obrero es así también una expresión de la guerra mundial, porque lo es por su negativa, de la misma manera que la oscuridad representa la falta la luz.
La expulsión de Jorge Altamira del Partido Obrero en el año 2019, si se quiere, puede verse como una manifestación de la evolución bélica, incluso aunque el leyente nos grite en este momento los mayores insultos. Representa la forma de ataque personal contra la evolución natural de la política, una maniobra típica de la política de guerra. Políticamente, a los atacantes le ha sucedido a lo que al atacante burgués: festeja brevemente el impacto del misil pero rápidamente sufre las consecuencias económicas de producirlo. Preserva el aparato estatal a costa de la disolución general del mercado; preserva el aparato del partido a costa de la disolución general del material político en el que (y con el que) recluta.
1917 es una revista altamirista, incluso aunque sus editores hayan sido vapuleados por el periódico actualmente dirigido por Jorge Altamira (Política Obrera) e infameados sin posibilidad de defensa. Quien escribe el presente ensayo, jamás en su vida ha tenido la posibilida de dirigirse personalmente al militante en cuestión (JA). Al contrario, la consciencia histórica que ofrece el método altamirista (y acá no hay ningún personalismo, piénsese, por ejemplo, en el método cartesiano) lo ha impulsado a su creación.
Si en personas se concentran grandes fenómenos, si en Lionel Messi ha vivido la historia del fútbol argentino, 1917 se asume marxista, leninista, trotskista y jorgealtamirista.
Maxi Laplagne
