Escribe Maxi Laplagne

En la actual edición de 1917, el lector se encontrará con varios artículos destinados al análisis de la crisis económica mundial que atraviesa el capitalismo en todas sus esferas, desde la retracción internacional de la industria hasta la batalla desaforada entre los lobos que acuñan en las bolsas financieras de todo el planeta. El objetivo de todos ellos es demostrar en términos científicos la catástrofe que se sigue de la administración política burguesa ya no sólo de la economía sino de (casi) todos los hilos de la sociedad.

No por sí misma, pero sí en tanto generadora de efectos históricos, la pandemia del coronavirus ha acelerado de forma descomunal la tendencia al colapso de toda la sociedad capitalista, una tendencia que ya había presentado en décadas y siglos previos variantes regionales pero que, ahora, se expresará en términos absolutamente globales. Por sí misma, la crisis empujará a un enfrentamiento inédito entre dos sectores de la humanidad, el de que vive de su trabajo y el que vive del trabajo ajeno. Esto porque la burguesía intentará avanzar en reformas estructurales del modo de producción capitalista, avanzando contra condiciones laborales conquistadas con luchas monumentales a lo largo de la historia. Una de ellas, la jornada laboral que, por primera vez la revolución rusa había llevado a ocho horas diarias, había tenido varios antecedentes previos en todo Europa, en Inglaterra y, sobre todo, en la gloriosa comuna parisina de 1871 que avanzó en leyes de reglamentación laboral para obreros del mundo entero. Desde este punto de vista, buscando por ejemplo oficializar la jornada de doce horas como ya se practica en varias fábricas del mundo o la reducción salarial, la actual etapa pone ante los ojos de la humanidad todo su pasado histórico, sus hitos, sus victorias y sus derrotas.

La Comuna surge ella misma como iniciativa de los obreros, artesanos y campesinos explotados de París como continuidad de una tradición de lucha revolucionaria heredera de los «verdaderos principios de 1789, la igualdad, libertad y fraternidad» pero, también, como iniciativa frente al colapso político de un régimen acabado por las guerras y los enfrentamientos profundos entre burguesías europeas que iniciaban su etapa de expansión imperialista mediante la guerra contra el resto de las naciones. Siendo el colapso el momento de mayor desorganización de la sociedad capitalista, la respuesta concreta a ello representa qué orientación social adquirirá el gobierno que surja, espontanea pero también históricamente, de la tendencia al colapso. Y surgen allí dos métodos opuestos: ante la desorganización general de la sociedad, los trabajadores optaron por consolidar una sociedad comunal democráticamente organizada en el que las medidas tomadas partían de la deliberación popular y el desarrollo económica se subsumió a los requerimientos de la gran mayoría, compatibilizando el progreso industrial con la vida digna de ser vivida. En cambio, del lado de enfrente, la gran burguesía francesa optó por boicotear la Comuna en consonancia con los capitalistas de todo el mundo, masacrar a los comuneros y dar reinicio a la circulación originaria del capital entre la sociedad, esto es, la distribución de mercancías atadas a un patrón de venta enmarcado en el dinero por ellos mismos distribuidos y obtenido mediante la explotación del pueblo. Obsérvese lo análogo del asunto en relación a la pandemia: ante el colapso financiera internacional, los capitalistas de todo el mundo se han lanzado a la impresión desmedida de billetes, el reviente generalizado de cuarentenas en nombre de la economía y contra la vida y todo ello con el objetivo de defender la circulación monetaria y el consumo que le permitan acaparar ganancias millonarias depositadas en forma de valores ficticios en los bancos, las cuevas de seguridad y hasta en la web mediante moneda virtual.

150 años no son nada. Larga vida a los comuneros de París.