A la derecha golpista se la enfrenta con la huelga general


El nuevo cepo significa para el gobierno el reconocimiento del fracaso. Todos sus planes se han disuelto en el aire. Si hace unos meses soñaban con hacer campaña electoral 2021 explotando los logros de la cuarentena, ahora la curva crece más que en Brasil. Mientras los trabajadores hacemos esfuerzos desmesurados contra la peste y varios médicos mueren en hospitales sin recursos, el gobierno le rifó el país a los especuladores financieros. 

El precio dolarizado del combustible es la otra curva en ascenso que se trasladará a los productos de primera necesidad. Mientras los chacareros irán a una guerra por la cotización de sus silobolsas, millones se verán obligados vivir de bolsones de comida. 

Si Falabella, Nike y Adidas se van del país es porque consideran que “aquí rigen leyes laborales del año `45”. Los capitalistas no pueden permitir que en pleno 2020 existan convenios laborales que garantizan jornadas de ocho horas, vacaciones y aguinaldo. Le exigen a los administradores políticos del Estado que garanticen condiciones de semi esclavitud para extraer plusvalía en la Argentina. Pretenden aplicar el modelo laboral de Mercado Libre en todas las ramas mediante el “diálogo” con los sindicatos. Es decir que en cada lugar de trabajo del país se prepara una guerra contra la burocracia sindical que negociará convenios colectivos a espaldas de los trabajadores. 

Si es necesario para reestructurar la economía capitalista en disolución, un sector avanzará en un golpe de estado pero que, entre luchas populares crecientes y una policía que gana treinta mil pesos, podría desatar un 2001 con fines inciertos. Esto sin contar que no existe ninguna variante política opositora con autoridad para hacer un golpe de estado y avanzar de forma histórica contra las masas. Políticamente, la clase capitalista se encuentra atrincherada. Su sistema de dominación social mediante obreros que se limitan a trabajar y consumir se encuentra en impasse en todo el planeta. Las huelgas estallan en los lugares más recónditos del mundo.  

Volviendo a la Rosada, las opciones que se barajan por arriba son varias: que se vaya Guzmán y otro ministro desdoble oficialmente el dólar o devalúe, que se vaya Cristina y se conforme un gobierno de coalición o incluso que Cristina asuma el control de la situación. Todas variantes que durarán un suspiro. Es decir que la etapa se resume en los siguiente términos para la clase obrera: luchar contra la gestión capitalista del gobierno kirchnerista sin dejar de observar con atención y denunciar con vehemencia las avanzadas golpistas. 

Un gobierno y una burocracia sindical que han defendido y operado por el remate nacional a los acreedores mientras les debe bonos salariales a los médicos serán hostiles a cualquier método de lucha obrera a la vez que carecerán de autoridad y recursos para su contención. Como en Bolivia, la lucha contra cualquier forma que adopte un golpe quedará en mano de la organización obrera. Como la lucha defensiva contra un golpe significa literalmente colocar el poder en el centro de la escena, en estas condiciones, una primera cadena de huelgas desencadenaría una batalla general que plantearía en términos objetivos la postulación de la clase obrera como alternativa real de poder para conquistar las reivindicaciones que se gesten en el mismo proceso. La defensa se convierte en ofensiva y la crisis en gobierno revolucionario. La dialéctica de la lucha de clases incluye, y no excluye, los mecanismos formales de la ciencia.

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