Escribe Maxi Laplagne

Nota de tapa de 1917 Nº 20

Existe en las ciencias sociales una discusión que lleva décadas. Había quienes decían que “las máquinas iban a reemplazar al hombre”, lo cual demostraba “que los obreros no son una clase absolutamente necesaria para la sociedad”. Del otro, los obreros les decían que, por más máquinas que sumen a la fábrica, su trabajo era irremplazable. 

Ahora, el mundo parece haberse puesto patas para arriba. Son los mismos fabricantes de tecnología los que piden que por favor no haya restricciones porque sin mano de obra van a la quiebra. Y el obrero le responde: cómo es que no aprovechaste todo este tiempo para desarrollar la tecnología necesaria para fabricar en cuarentena.

La tendencia del capital ha acumular maquinaria en detrimento del personal es una constante. En Rigolleau de Berazategui, sólo por dar un ejemplo, actualmente trescientas personas hacen el trabajo que hacían casi dos mil una década atrás. Si el trabajador sigue con atención los medios de comunicación verá lo siguiente: luego de los quince días de suspensión de clases, se intenta hacer una distinción tajante entre la escuela y la fábrica. Pero su distinción es falsa pues, a la hora del contagio, el virus no distingue geografía. Le da igual el aula de quinto grado que el taller de alambrado. 

Que existe producción esencial, la existe. Pero ello debería decidirlo cada asamblea de fábrica. En fin, las golosinas pueden ser consideradas como esenciales por su carácter de alimento pero si nos cuesta la vida de quienes lo fabrican¿No resulta esencial suspender la producción de Bonobones? La esencialidad puede ser resumida a su mínima expresión. El único problema es que reduce las ganancias de los capitalistas. Por ello estamos en una lucha abierta entre la vida y el lucro.

Si y sólo si la asamblea de la fábrica considera que su producción es esencial, entonces, todos los recursos de la medicina del cuidado deben estar a su disposición. La asamblea organiza los protocolos y exige la incorporación necesaria de trabajadores a su planta para poder reducir su riesgo de contagio a la mínima expresión. El trabajador elige sus propios protocolos. Cuando maneja por la calle el trabajador no anda a 200 km/h porque sabe que eso le costaría la vida, ¿por qué entonces se va a regalar a un virus que lo puede matar? 

Es verdad, sí, que determinadas políticas pueden generar inflación. Se cura con el establecimiento de un salario siempre igual al costo de la canasta familiar y la planificación de los recursos con los cuenta la sociedad para erradicar el virus. Por ejemplo, ¿es necesario pagarle al club de París cuando escasean respiradores? ¿Es correcto el regalo de bonos dolarizados a los grandes accionistas mientras es necesario un presupuesto urgente para organizar la educación virtual?

Finalmente, si la producción pasa a ser discutida de acuerdo a las imposiciones del Coronavirus, entonces ello mismo implica un plan de trabajo para la población desocupada pues es evidente que son necesarias millones de construcciones empezando por hospitales pero, sobre todo, vivienda para millones de personas que viven hacinadas en sus hogares. Si alguien queda por fuera del plan económico socialista contra la pandemia, debe ser subsidiado para poder hacer cuarentena, una medida crucial para salvar la vida de millones de argentinos. 

Finalmente, la lucha por la vida no distingue ramo. Unifica a la clase social que vive del trabajo y obligada a contagiarse. Del lado opuesto, unifica a la clase que encubre sus discursos para no admitir que está dispuesta a mandar a su rebaño al muere. Aunque, debe decirse, tanto se espera el capitalista en tiempos de crisis que se le vuelve imposible aliarse a sus propios socios. La sociedad civil se disgrega. La burguesía se enfrenta a la masa inmensamente infinita del proletariado dividida en infinitos bandos. Sólo unifica el odio a los explotados y sólo así divide tajantemente a la sociedad en explotados y explotadores.

La sociedad se agrieta hasta un punto insoportable en que los límites de la paciencia histórica de los explotados desborda. Intenta primero un camino racional (asambleas, reuniones, coordinadoras) pero toma luego tanta efervescencia que el agua del río de la rebelión rompe todos los diques que lo contienen, incluso los que se había creado ella misma. Los dominadores dan un paso atrás y los explotados avanzan en la toma del poder dando inicio a la guerra civil nacional que sólo acaba bajo una revolución internacional del proletariado. 

Cierre de toda fábrica no esencial
Reparto de las horas de trabajo esenciales
Protocolos aprobados por asamblea
Salario igual a la canasta familiar
Subsidio a todas las familias desocupadas