¡APRUEBO!

Escriben Martina Kleijzer y Maxi Laplagne |

A horas de iniciarse la votación, la tendencia masiva que recorre las calles, los medios y, sobre todo, los lugares de trabajo, es la aprobación de la convocatoria de una convención constitucional íntegramente elegida por el pueblo chileno. Si el día transcurre sin fraude y manipulación de la información acabaremos con un estrepitoso pronunciamiento político por la salida inmediata de Piñera del gobierno y la convocatoria a una convención constituyente que deberá hacerse cargo del poder.

Pero ello en teoría. El plebiscito debe ser observado por los trabajadores de América Latina desde todas sus vertientes, es decir, como victoria de la rebelión popular que desde octubre trastocó la vida cotidiana de Chile pero también como recurso extremo de salvación ya no del régimen meramente pinochetista sino de las relaciones de producción capitalistas e incluso de la dominación imperialista en todo el continente. Desde Noviembre los hilos del plebiscito han sido maniatados por el sector del parlamento (no necesariamente de izquierda) que consideró la realización del proceso constituyente como la forma de contener las energías y la deliberación revolucionaria de las masas. Desde el momento cero el plebiscito ha tenido el objetivo de hacer de contrapeso a las asambleas populares, los cabildos abiertos y la organización independiente de la primera línea y los sanitaristas populares porque la burguesía chilena interpretó al instante que su desarrollo real reproduciría con el correr de la rebelión a los cordones industriales que en los setenta se pusieron al hombro la lucha, incluso armada, contra los primeros intentos golpistas del ejército contra el gobierno popular. El lastre del proceso constituyente intenta crear entre la conciencia de las masas que el regimen capitalista aún es capaz de ordenar democráticamente los hilos de la nación. Una ilusión, debemos decir, que durará un suspiro.

A su vez el plebiscito es una conquista histórica de la revolución. Desde octubre a noviembre del 2019 en que el mismo fue convocado las movilizaciones contaron en algunos casos con dos millones de participantes, casi el 50% de la población total de Santiago de Chile. Fue en las mismas movilizaciones que el movimiento obrero logró colar sus reivindicaciones y métodos propios porque de hecho el primer documento formal exigiendo la convocatoria de una constituyente soberana partió de los combativos portuarios de Valparaíso y se extendió luego a sindicatos de todo el país. Una vez convocado el plebiscito en noviembre las movilizaciones no cesaron ni un sólo día y al contrario de lo que esperaba el gobierno las reivindicaciones concretas que debería votar la constituyente se transformaron en la fuerza de la revolución: no más AFP (con su primera victoria en pandemia), no más SENAME, desintegración, juicio y castigo a los Carabineros, educación pública y de calidad. La resolución del parlamento tampoco pudo frenar la organización popular a favor de la recuperación mapuche de tierras o las brigadas populares contra el narcotráfico como en Valparaíso. En este punto debemos darle la razón al Partido Comunista de Chile que desde noviembre gritaba a los cuatro vientos que el plebiscito sería insuficiente para contener la fuerza revolucionaria de las masas, posición que lo llevó a apoyar con las dos manos no la aplicación de la cuarentena en marzo sino, directamente, la aplicación del estado de sitio. Que ahora el PC haya virado a la demagogia absoluta sobre la “nueva constitución” habla por sí mismo de las contradicciones del plebiscito y, por supuesto, de los intereses políticos de la dirección del PC aliada del régimen pinochetista.

Debemos aclarar lo siguiente: las formalidades del régimen político no modificarán un ápice el calvario de la explotación capitalista si sus transformaciones no van de la mano de la más amplia deliberación por parte de la clase obrera. Que, como se espera, la victoria sea por una convención cien por ciento electa significa un punto de partida histórico hacia la organización política de nuestra clase. Las elecciones deberán ser utilizadas como tribuna de agitación y reagrupamiento de las masas revolucionarias lo que, llevado hasta al final, pondrá por su misma cuenta ante la vista del pueblo las contradicciones entre un proceso atado simplemente a las formalidades de la organización política y, de fondo, el ordenamiento de la producción capitalista. La clase obrera deberá abordar la próxima etapa del proceso con un programa propio realmente radicalizado, dejando en claro que la constituyente debe hacerse cargo del mismo, esto es, nacionalización de los recursos naturales bajo gestión obrera, nacionalización de la banca y el comercio exterior, nacionalización de todo el sistema de salud orientado desde ya mismo a erradicar el coronavirus y nacionalización del sistema educativo privatizado. Será la misma fuerza del programa la que polarizará el debate constitucional entre explotados y explotadores y, finalmente, dejará en claro los límites formales del proceso constituyente que serán reemplazados por la máxima democracia impuesta por las organizaciones obreras, esto es, el camino a una asamblea constituyente libre y soberana. Es decir que la revolución chilena pasará después de la jornada de hoy a una etapa superior donde los campos políticos en disputa comenzarán a tener sus márgenes decididamente establecidos.

En último lugar no nos queda más que abrazar con la mayor de las energías revolucionarias al pueblo chileno que se ha mostrado, indudablemente, como la vanguardia política y moral ya no sólo de América Latina sino del mundo entero. Con esa misma fuerza decimos: APRUEBO CONVENCIÓN CONSTITUCIONAL, FUERA PIÑERA, ASAMBLEA CONSTITUYENTE LIBRE Y SOBERANA.

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