El mundo después de febrero del `22

En abstracto, el conjunto de los números naturales carece de límites. En cambio, la matemática de las cosas acota sus sistemas por la máxima o por la mínima. El infinito carece de racionalidad.

Tasas chinas

Martin Wolf – columnista del Financial Times – caracterizó hace un mes como un “COVID financiero” el resultado de los últimos movimientos internacionales. Como conclusión a su diagnóstico, establece que desde ahora “los contratos de deuda deben hacerse más flexibles de lo que son” o que incluso “se debería evaluar el caso de deudas que no deben ser cobradas […] a riesgo de un agravamiento de la amenaza de inestabilidad social y política”.

Para prestar atención a la manera en que los estados del mundo han refinanciado su deuda luego de marzo de 2020, el FMI ha publicado un informe en el que detalla la forma en que los diferentes estados nacionales han abordado los pagos. En doce meses, la reserva federal estadounidense – “a riesgo de una salida masiva” – compró el equivalente al 16 por ciento del Producto Bruto Interno correspondiente a fondos soberanos, lo cual demuestra que la crisis de deuda no es sólo cuestión del tercer mundo. Sin embargo, tras este movimiento, la deuda yankee creció a niveles históricos en vez de baja.

En el caso de América Latina, “la situación ha llegado a un límite”, ya que los Estados no sólo se ven obligados a refinanciar bonos de deuda sino directamente a la compra de capitales privados. De acuerdo al mismo informe “en el año 2020, mediante su Banco Central, Chile compró el 5 por ciento de su PBI en capitales privados”.

El fenómeno es el siguiente: una serie continua de quiebres de empresas cuyos accionistas – en vez de salir de la circulación financiera al dejar de producir – reciben subsidios para especular en su nombre. En el planeta circulan valores monetarios nunca antes pensados y todos ellos financiados a tasas de interés en ascenso. El capital financiero lanza una política de crédito a cambio de reformar el mercado de trabajo. Sin una transformación mundial de la forma en que se genera ganancia la propia circulación capitalista corre el riesgo de desaparecer.

Colocar como punto de inflexión a la pandemia es en este caso correcto pero no suficiente. La política mundial de guerra es desde hace un siglo el método por excelencia de modificación de las relaciones sociales. De alguna manera, la revolución de octubre de 1917 no fue más que la respuesta defensiva al intento de tirar por la borda la jornada laboral de ocho horas que se impuso gradualmente desde 1905, lo cual expresó el apoyo de Inglaterra, Francia, Holanda, Alemania y los Estados Unidos, primero, al intento de golpe de Kornilov y, después, al desarrollo del ejército blanco que hizo sucumbir a la Unión Soviética en la economía de guerra, el hambre y la pestilencia. Socializada la producción gracias a la victoria del ejército revolucionario, la historia mundial se transforma en el intento de detener la expansión del proceso soviético por el mundo o de meter mano en las economías socialistas.

El ascenso tardío de la burocracia stalinista es, sobre todas las cosas, la historia de los acuerdos con el imperialismo y su penetración en la economía soviética. En el mes de febrero, el propio Joseph Stiglitz incitó a los inversores mundiales a “apreciar las maravillas logradas por la revolución de Lenin”. La entrega del mercado centralizado y cooperativo por parte de las sucesivas camarillas de la Nomenklatura – incluso con ganancias filtradas por la burocracia – aceleró en apenas tres décadas ganancias siderales para el mercado mundial. El atraso heredado del zarismo y del raquitismo de la burguesía rusa, se pagó con un mercado abierto a la importación de alimentos. Pero sobre todo, el mercado mundial se vio beneficiado por un excedente por el que jamás invirtió, los progresos que en Inglaterra habían costado cuatro siglos de hollín y vapor en Manchester, San Petersburgo los edificó en cuatro décadas. La burocracia acumuló reservas inauditas de oro en el Banco de Londres que le valieron a la bolsa como liquidez para sus propias transacciones. El estado obrero sudaba fronteras adentro para sostener la economía fronteras afuera.

De Stalin a Kruschev, de Yeltsin a Putín, de la URRS a Rusia, la transformación ha sido gradual hasta convertirse en cualitativa. Sin embargo, como gobiernos ellos mismos que traccionan entre las grandes masas – su historia – y los intereses capitalistas, el edificio de las conquistas soviéticas pudo, sí, ser injertado en el mercado mundial y cotizado en la bolsa de valores pero nunca desmontado. Por decirlo de alguna manera, mientras que la edificación capitalista de China ha sido receptiva a la explotación de su mano de obra y recursos naturales, la Rusia de Putín ha sido rematada en el mercado de acciones y en las fugas offshore de capitales. De acuerdo al New York Times, en la Rusia de Putín a quien al asumir consideró “un gran dirigente con quien es posible negociar”, se realizaban transacciones internacionales de quinientos mil dólares por minuto.

Pero aún en su etapa de finanzas inteligentes, para el capital rige la ley capitalista de acuerdo a la cual toda ganancia necesita ser orientada a la producción si pretende capitalizarse. Los recursos naturales rusos y ucranianos se han transformado en un campo de batalla por su explotación industrial. Ayer mismo un columnista de Clarín llamó a bajar un poco el tono de los ataques al presidente ruso, recordando que “la apuesta mundial de Putín es plenamente capitalista” y colocando como ejemplo la convocatoria adjudicada por un grupo accionista de los Emiratos Árabes para explotar los desarrollos industriales en Siberia donde (sic.) “el aumento de la temperatura provocado por el cambio climático ha beneficiado extraordinariamente a Rusia con una disminución del más de cincuenta por ciento de los fríos en Siberia y el Ártico”. El traslado de mano de obra a lo que fue gulag en el Siglo XX sólo puede representar la movilización de mano de obra semi esclava.

El fin último de la guerra es la elevación de la tasa de ganancia capitalista, la cual se eleva mediante una mayor extracción de plusvalía. La ganancia sólo puede ser elevada de dos formas tras la legislación internacional de la jornada laboral de ocho horas, una – digamos – “legal” que consiste en la reducción del costo de la fuerza de trabajo mediante el abaratamiento de su costo de vida y otra, digamos, – de guerra – que se puede expresar de varias maneras: la destrucción de fuerzas productivas o el simple reviente de las relaciones laborales mediante la anulación de los contratos de trabajo legales y su reemplazo por el mercado laboral en negro, lo cual los economistas denominan la “uberización” de la economía mundial. El caso de China es central para comprender este fenómeno que siempre se presenta de manera combinada. Por ejemplo, la relación de la calidad de la mercancía china en comparación con la alemana es de 10/100 de acuerdo al Mercado Mundial para componentes electrónicos pero a su vez Foxconn City-  ubicada en la localidad china de Sehnzshem -es la fábrica más grande del mundo con 450 mil trabajadores que producen las piezas de IPhone y PlayStation. En el caso del plástico – el mercado del juguete es uno de los más grandes del planeta – o de la alimentación, la situación se repite. El estado chino solo aplica medidas de control de calidad a la producción estatizada mientras que el resto de las empresas ofrecen un servicio tercerizado de control que el comprador puede pagar o no antes de comprar.  La calidad de las piezas y el trabajo artesanal que pudo haber existido sobre los componentes son reemplazados por una masa infinita de mercancías que han bajado mundialmente los parámetros de calidad y, por ende, de vida obrera. La mecánica artificial inteligente que podría haber revolucionado el mundo lo hunde en la chatarra. Sumado a ello, en otro caso, un obrero de mantenimiento de la planta de aviones Boeing ubicada en Washington posee un salario de 42 mil dólares anuales mientras que el mismo trabajo para la misma empresa en Shangai no alcanza los diez mil.

Sin embargo, y aquí el punto crucial, por monumentales que sean los números de la producción capitalista, la penetración en las viejos territorios socializados o simplemente campesinos hace menos de media década ha alcanzado una contradicción insoslayable. La propia industria estadounidense se encuentra en su tercer año consecutivo de caída en picada. La restauración capitalista en China había sido pensada como la apertura de un mercado de mil cuatroscientos millones de consumidores y no como un acrecentador infinito de la oferta. O bien China es el comprador o bien es la fábrica del mundo. “A o B”. Para ser la factoría, sus salarios deben mantenerse entre los más bajos del planeta, lo cual ha generado una caída pronunciada del consumo, por ejemplo, de hierro para la construcción de viviendas y electrodomésticos. Durante diez años se utilizó en China el mismo cemento que durante un Siglo en los Estados Unidos, en edificios que caen de precio o simplemente se abandonan como consecuencia de la huida de los acreedores hacia nuevas acciones. Las fábricas de acero yanquis y europeas que circundan la China se abarrotan de materia prima imposible de vender. La ecuación sólo se resuelve mediante una guerra desmesurada a las condiciones de vida de la clase obrera mundial; reducción de salarios. La OTAN y Putín chocan por la apropiación del beneficio de la reestructuración internacional que plantea la crisis mundial. Desde los Monstesco y los Capuleto que la burguesía vive a costas de destruirse entre sí.

El rublo

110 personas controlan el 35 por ciento de los activos financieros en poder de los hogares rusos. De acuerdo a la investigación de la Global Ilegal Finances, 881 mil millones de dólares fueron fugados de Rusia entre los años 2002 y 2011. La centralización de las acciones ha hecho que sólo los rubros digitados por la oligarquía disfrute de inversiones y desarrollo. La agricultura – siendo que el campo es el sector más descentralizado aún hoy de la economía rusa – ha disminuido un cincuenta por ciento su producción desde la caída del muro de Berlín, representando hoy tan solo el 4,5 % del total ruso. La industria de bienes ha disminuido un 20% desde el año 1991 e incluso la fabricación de armamento militar nacional ha caído en las últimas décadas. El 45% del mercado ruso corresponde a transacciones financieras. Es un país que ha sido asediado por la gira de dividendos, los pagos al Fondo Monetario, los créditos del Banco Mundial y el mercado negro de giros. La oligarquía rusa hace años está por demás dolarizada en sus arcas.

El régimen de Putin intenta desmembrar la vida de la masa obrera mediante la desintegración de su economía nacional. El salario mínimo es de 157 dólares. De alguna manera, la masa rusa sobrevive a base de viejas conquistas y las manos vacías, el intento de penetración actual de la OTAN apunta a completar el esquema. La población rusa hace más de cien años goza de servicios energéticos gratuitos, salud y educación pero trabajadores que la sostienen sobre la base de la miseria. La destrucción de la economía rural ha llevado – antes del inicio de la guerra – el precio de la harina a casi mil rublos el kilo (7/3/2022, 1 rublo = 1 peso argentino).

Como en el mundo entero, el proceso inflacionario y consecuentemente devaluatorio de la moneda posee un doble rasgo – por dentro – el fenómeno real es la amortización de la industria, su desgaste reemplazado por el mercado financiero y su consecuente abaratamiento; el cual debe ser recuperado mediante el precio de mercado al consumidor. La inflación de esta manera no es un fenómeno meramente económico, sino la naturaleza del sistema de acumulación capitalista y la expresión de su decadencia. Como nunca antes la lucha por el empleo y el salario ha emergido en la cuna de los soviets. En medio de una guerra, la lucha huelguística adquiere características de insurrección.

La crisis austríaca de 1859

Aunque suficientemente estudiada por los economistas, la crisis de liquidez de la monarquía austriaca de mitades del Siglo XIX nunca fue abordado en sus expresiones políticas. Se trata del primer estado en anular la acuñación de metal como medio de pago y circulación monetaria. La medida activó las alarmas del Banco de Londres que comenzaba a recibir reveces en todo el planeta, pues su cotización lentamente dejaba de transformarse en el centro de gravedad de la economía mundial.

La decisión de la banca austríaca se desencadena frente a un proceso de “sobrecirculación”, es decir, la emisión había sido mucho mayor de lo que la demanda era capaz de absorber. Hilferding, que estudió la crisis de forma maravillosamente detallada, sin embargo, la analiza para dar vueltas en el círculo de acuerdo al cual el valor de la moneda, en este caso los florines, hacían tan sólo las veces de expresión de la circulación monetaria y que entonces, cito, “si el Estado prusiano quería impedir la devaluación de su valuta, para ello sólo necesitaba abolir la acuñación libre de plata”. Para peor, “la circulación puede medirse de forma objetiva mediante un examen matemático”. Se trata de un análisis contable para un hecho histórico, esto es, el inicio de la competencia financiera por la cotización de la moneda cuyos vaivenes, sí, se manifiestan semióticamente en la mercancía circulante pero dependen sobre todo de las condiciones nacionales para que los salarios absorban el consumo. El giro hacia una moneda de “mayor cotización” significó la licuación del salario de la clase obrera que diez años antes había puesto en jaque a la monarquía. Los trabajadores ahora se veían privados de dinero metálico.

La del florín austríaco es de esta manera la primera gran experiencia de corrida hacia una moneda mediante el mismo esquema que repetirán los Países Bajos en el año 1873 y que Estados Unidos acelerará en el mundo entero para imponer el dólar como valor mundial de circulación. La corrida de un valor a otro es la escuela de los actuales metafísicos de la criptomonedas.

Bitcoin

El economista que pretenda estudiar en su minuciodidad el fenómeno del bitcoin debe estar preparado para la angustia, más aún que la generada por Carlos Marx cuando descubrió el vacío sustancial del dinero, tan colorido en sus expresiones pero tan poco real en su materialidad. Las Criptomonedas no son el reemplazo del dinero sino, en todo caso, una mercancía digital a ser comprada por dinero y carente de fuerza productiva, costosísima en valores ambientales.

Sin embargo, la digitalización de la billetera ha encontrado una atracción descomunal para los inversores ya que dentro del vacío, sí, cumple un objetivo histórico del modo de producción capitalista que es acelerar la circulación monetaria. “El cada vez peor negocio que resulta un plazo fijo en dólares – reza un artículo de El Cronista del 15 de febrero – se contrapone a la efectiva inversión en Criptomonedas”. La escuela austríaca de la corrida es la universidad capitalista.

El ideal del bitcoin es convertirse en un método de pago, como ha declarado el presidente de El Salvador donde ésta ya ha sido oficializada por el Estado – y, como consecuencia, en un instrumento de manipulación del salario por parte explícita de los grandes accionistas y tenedores de criptos. El capital financiero prepara un éxodo internacional de control sobre su capital.

Como se ve, todo el análisis gira en una misma dirección, un acrecentamiento acelerado de la concentración de la ganancia capitalista que desencadena una competencia inaudita por su manipulación, la cual en el plano que analizamos ya se ha expresado con la creación de más de dos decenas de Criptomonedas en circulación solo en la República Argentina. Vale decir que durante el mes de Noviembre, la FED comenzó a emitir un pozo mensual dedicado exclusivamente a la compra (¿o debemos decir cotización?) del Bitcoin.

En diciembre, Xi Xiping prohibió el uso de bitcoin en China, lo mismo que Putin el 17 de febrero de 2022.

El mercado de armas

Pero sea cual sea el valor de la cotización de determinada moneda, en fin, es el movimiento de los músculos el que agrega valor a la mercancía y toda crisis sigue representando el giro de capitales hacia sectores determinados que lo capitalizan en detrimento de la calidad de vida. De esta forma nos cuenta The Guardian que el grupo de armamentos Rheimetal acaba de contratar a tres mil empleados que se suman a los decenas de miles de empleados del mercado alemán de armas para las cuales el canciller Olaf Schölz acaba de destinar cien mil millones de dólares. La compañía aumentó la producción de municiones para tanques de cuarenta a doscientos cuarenta mil. En Francia, las acciones de la armamentística Thales han subido 12% en una semana. Los aviones de asalto Dassault, 8%. No se sí viene al caso pero el redactor del artículo se sonríe al recordar que los partidos verdes que acaban de hacer elecciones descomunales en Bélgica y Alemania aprobaron estas medidas. Es una política consciente de todo el régimen capitalista internacional.

Los accionistas mundiales han dejado saber que giran definitivamente hacia una economía de guerra mediante una combinación que ya recorre todos los diarios financieros: “los inversores abandonan los bonos más innovadores por acciones clásicas como la alimentación, el gas, el petróleo y las armas”. Este giro ha dejado patas para arriba a mercados de todo el mundo. En el caso argentino, por ejemplo, han caído las cotizaciones de todos los bonos en dólares, siendo la caída mucho más pronunciada en bonos de largo plazo. La razón es simple: Argentina ni produce armas ni goza de la producción de trigo que supo gozar hace un siglo ya que la cosecha ha girado en su gran mayoría hacia la soja. El mismo esquema se repite en toda la periferia.

En Rusia, el mercado de armas tampoco es una buena noticia para las masas – por supuesto – porque siquiera su producción continúa estatizada sino que la misma pertenece a accionistas que cotizan en las bolsas rusas y neoyorquinas. Incluso el mercado de destrucción de fuerzas productivas ha sido privatizado.

La corrida hacia el mercado de armas es la expresión más brutal del debacle de todo un sistema social. Se pagará con una crisis de alimentación, educación y cultura en el mundo entero mientras Hong Kong acaba de declarar el alerta por la explosión de casos locales de Covid 19.

La peste

Otro de los informes que giran del Fondo Monetario en su flamante portal relata acerca del “peligro inminente” – sí, pero no de un estallido de casos sino “que pueden implicar los cierres a la economía como los que aún se sostienen a lo largo del Asia”.

Es evidente que la pandemia aceleró varios pasos la consciencia mundial porque unificó a la humanidad bajo lo que denominaban “un enemigo invisible”. La imposición del método de la cuarentena a lo largo del mundo fue la consecuencia del reclamo internacional de la clase obrera que se negó a dejar su vida y, por ende, dio señales de la comprensión de la incompatibilidad entre la estructura del sistema de explotación laboral y su desarrollo vital.

La burguesía rechazó la cuarentena no sólo porque implicaba un parate a la producción sino porque optó la inversión en un mercado del coronavirus permanente. En palabras de Marcelo Figueiras, dueño de Richmond Argentina que compró la patente para producir la Sputnik V (a pesar de que nunca se produjo ni una) “la construcción de una planta latinoamericana de vacunas solo valía la pena si la vacuna se siguiese produciendo”. La política de la medicina permanente ante la peste es la política financiera del capital de todo el último siglo, como lo es con el HIV. Jamás se ha puesto en debate entre la prensa mundial el problema de la erradicación final del Coronavirus.

Como todo mercado, el del COVID gestó también una guerra descomunal por su apropiación y no solo de vacunas. En la prensa argentina, por ejemplo, una campaña extravagante de Fake News se ha lanzado contra la utilización del barbijo de producción nacional, a la vez que el embajador yanqui Marc Stanley dio a conocer que la empresa M3 comenzaría a producir barbijos N95 en la provincia de Buenos Aires. Durante los días más arduos de la pandemia, aviones han sido asaltados con barbijos y respiradores por parte de ejércitos nacionales.

A su vez, la peste fue el momento propicio para el subsidio de billones de dólares, primero, de Donald Trump y luego de Joe Biden. Al injertarse en una economía en quiebra y al superar los números del dinero nacional circulante, la emisión de la FED hizo las veces de centralización del capital en los beneficiarios del subsidio y, por ende, una nueva etapa histórica en la consumación del imperialismo. De la estructura del régimen estadounidense ha surgido el propio Deep State que se ha apoderado del monopolio de la inteligencia artificial capaz de acelerar los tiempos de producción y, por ende, de subir la tasa de ganancia internacional a costa de la destrucción masiva de fuerza laboral. La guerra y la peste son una identidad.

La revolución

Quienes llaman tercera guerra mundial al periodo abierto desde febrero tan solo buscan etiquetar un proceso de desintegración profundo de las relaciones de explotación capitalista. Más bien, se trata de la continuidad de una época de guerras y revoluciones.

El primer efecto de la guerra es la angustia existencial entre las masas despojadas de su vida rutinaria, de su deseo y de su voluntad. Por ende, se inicia un proceso masivo de esfuerzos y deliberación política. La guerra se combina en América Latina con un proceso de rebeliones que aún no cerró, por ejemplo, la asunción de Boric en Chile pondrá en discusión el rol de la burguesía nacional en la política internacional. En Argentina, el acuerdo con el FMI ya es comúnmente admitido que no garantizará ningún tiempo de prosperidad porque el desfalco industrial y agrícola de las últimas décadas ha generado una huida general de los bonos nacionales. El proceso se reproduce a su manera en Europa que aún no ha cerrado el levantamiento griego del 2012 o las huelgas iniciadas a partir de la pandemia.

En general, la izquierda con representación parlamentaria llega sin representación popular, sin capacidad de movilización autónoma, sin discurso combativo ni mucho menos militar. En cambio, sí se manifiesta en el arte y la cultura de masas movimientos heterogéneos que elevan determinados derechos, ni hablar de los movimientos femeninos que recorren el mundo entero. Entre los sindicatos del mundo entero, sí, las nuevas camadas conforman listas opositoras o van al choque con burocracias de todos colores. En Estados Unidos, sobre todas las cosas, la política imperial de Biden tendrá su expresión de ataque profundo a las masas negras y latinas que desencadenará, otra vez, un movimiento de masas mientras las fuerzas armadas yanquis se jugarán el plato fuerte del otro lado del Atlántico. En fin, se trata de explotar la desintegración militar y política del capital para denunciar a sus regímenes y hacerse del poder político mediante asambleas populares, soviets, sindicatos, partidos. Se trata de dejar en claro el carácter capitalista de los bandos en guerra, de rechazar la guerra en nombre de la paz y de conquistar la paz mediante la revolución violenta.

Maxi Laplagne