El vendedor de espejos | Acto I

Escribe Maxi Laplagne

San Telmo el lugar fue
escogido por quien espejos vendía
para plantar, al fin
bandera de  libertad.

 Anónima su fama es
mas los tiempos los conoce de memoria.

Acto I – La feria de San Telmo

Sudando por la carga que el peso de los marcos de hierro le oprime en la espalda, dobla por la Calle Defensa camino al bajo. Una feria exhibe allí artesanías donde varias estatuillas muestran algunas lágrimas de soledad.

Vender espejos, dice a sí mismo, es una excusa, una forma de encausar las leyes de la historia. Se piensa como la semilla de lo nuevo en Buenos Aires. No es que haya sido alguna vez muy porteño pero, sí, conoce la jodita. Se enamoró de la ciudad del Caos. En el quilombo, encuentra armonía.

No se le cruza por la cabeza un puesto fijo. “Al comprador se lo va a buscar”, explica a su auditorio. Los feriantes de San Telmo aman escuchar sus consejos, dícese que es capaz de vender espejos a cualquiera. Reivindica su pasado judío aunque no lo ha podido comprobar del todo. A un hombre con tanto recorrido los antepasados se le olvidan en el baúl de los recuerdos.

Un mes probando estrategias de marketing corre. Dice vender espejos que muestran profundos deseos. Nito, herrero conocido de su pueblo, diseña los marcos.

La venta es un éxito, crecen sus ahorros pero olvida algo importante: la posible reacción de los clientes. Entre la multitud de la feria lo espera allí mismo un padre enfadado porque las ilusiones de su niña el vendedor arruinó. Espejo al hombro y niña cargada a la pierna el siempre furioso Señor Levingston se acerca a quien espejos vende:

He vuelto a San Telmo porque usted ha herido los sentimientos de Milena. Ha dicho que a ella el espejo los deseos profundos mostraría mas, en cambio, el reflejo sólo muestra pesadillas. Todo mi niña lo ve incendiado en el reflejo. Su casa, su jardín, su tapabocas… todo arde”.

Como por flechas disparadas, arquéanse las cejas del sorprendido vendedor:

-Señor Levingston, no se preocupe… yo se lo solucionaré. Sólo déjeme ver… – (hablaba lento para poder pensar al mismo tiempo y computar tantas respuestas posibles) –. (…) Eso, sí, sí, señor, sólo déjeme revisar el espejo.

Bolsillo adentro guarda un destornillador que mete con la mano entre los vidrios del espejo y traspásalo como si lo sólido no fuese un empedimento para la materia. Ajusta una tuerca y sonríe:

-“Listo, señor, mire su niña el espejo ahora”.

Padre mira y pide a niña que mire. Donde antes ardían llamas, ahora unicornios de colores ve:

-“Le agradezco señor vendedor de espejos – saluda congraciado el señor Levingston. – Ahora sí veo que mi niña ve sus más profundos deseos”.