Estado de disolución

Escribe Maxi Laplagne

La reciente medida de la emisión de bonos dolarizados por parte del banco central implica el fracaso del mega cepo para contenerlos, a la vez que el mega cepo implicaba el fracaso del gobierno de reacomodar el déficit fiscal luego del pago a los acreedores lo que, de paso, anuncia el fracaso de cualquier acuerdo con el FMI. La crisis no tiene salida en términos financieros porque los números rojos son irreversibles. Los fondos para sanear el déficit fuero rematados a Black Rock o para subsidiar de forma escandalosa a toda la clase capitalista la cual utilizó el dinero de los rescates como el ATP para apostar a la timba financiera. El gobierno ha afrontado la crisis del coronavirus con el objetivo único de solventar el sistema de explotación social. Es decir que el gobierno de los Fernández expresa lo que políticamente el Estado le puede ofrecer a los capitalistas hasta el momento, conociendo al dedillo que las tendencias a las luchas populares e incluso a las revoluciones estallan a kilómetros de Buenos Aires.

De ahora en más viviremos convulsiones políticas de todo tipo. El mínimo escándalo puede desencadenar el estallido del gobierno a la vez que la oposición carece de condiciones para instalar un gobierno golpista (las elecciones del 2021 son legislativas). El intento de intendentes y gobernadores de hacer de Alberto Fernández presidente del Partido Justicialista intenta superar la contradicción entre la necesidad de un gobierno que contenga a las masas pero que a la vez encabece un ataque nunca antes visto contra el pueblo argentino. Como se ha dicho por ahí “se trata de un ajuste tan grande que sólo lo podría hacer un gobierno peronista”. El senado, aquel que vetó definitivamente la ley de aborto, intentará colarse como represente de los intereses nacionales y populares.

Existe entre el pueblo la idea de que la política es un conjunto de ideas que se ejecutan desde el “más allá”. Pero la política vendrá en los próximos días “más acá”. No sólo la miseria crece a niveles descomunales sino que el sistema laboral se ha sostenido en los últimos meses sobre obreros que no tendrán paritarias, premios ni incentivos. En el caso de los trabajadores de la salud, ni vacaciones. Es decir que se ha quebrado la máxima que ha sostenido al capitalismo desde la segunda guerra mundial en adelante: las concesiones materiales para paralizar la lucha de clases. En vez de otorgando aguinaldos, el gobierno celebrara el 17 de octubre del 2020 desde el palacio de la CGT perseguida por la justicia. El peronismo carece de condiciones para hacer peronismo.

La crisis histórica de arriba pone entonces en discusión la organización de los de abajo. Los luchadores asistimos a la crisis más grande de la historia del capital con partidos obreros en disolución, es decir que los voceros de la clase obrera no estarán en la televisión, al menos en la primera etapa. La vanguardia debe tener esto más claro que nunca. El progreso de la lucha depende de su intervención y no de las capacidades del partido. En todo caso, las capacidades del partido dependerán de la intervención desde abajo de sus cuadros. En otros términos: se trata de traspirar la camiseta.

La lucha concreta de la militancia socialista suele ser la menos tenida en cuenta y sin embargo de ella depende todo el desenvolvimiento de nuestros planteos. En determinados momentos la agitación de un gobierno obrero puede resultar desmoralizante pues es evidente que de la intervención en una fábrica, por más buenos resultados que obtenga, no se conquistará el poder. Y sin embargo, debemos decir que con un Estado en disolución el problema del poder se presenta por sí sólo. De lo que se trata, entonces, no es de abandonar el trabajo revolucionario en las fábricas en nombre de consignas generales sino, al contrario, de transformar la lucha de esa determinada fábrica en una lucha general. En este contexto el estallido en cadena de huelgas orientadas por obreros dispuestos a la victoria transformaría de forma inmediata las reivindicaciones parciales en un programa común. Es evidente que los sindicatos clasistas poseen una responsabilidad particular. El SUTNA, por ejemplo, debe lanzarse ya mismo a deliberar la crisis política entre el conjunto de la clase obrera. Lo contrario es correrse del clasismo.

Por lo demás, la etapa es revolucionaria, es decir que por definición impondrá la renovación de los cuadros dirigentes si la situación lo amerita. La responsabilidad, consistencia y perseverancia de cada uno de ellos forjará individualmente a los miembros que deberán agruparse en el partido que constituya el faro revolucionario de la clase obrera. Si bien los estallidos revolucionarios presentan un determinado sesgo de espontaneidad impredecible, la ciencia ha inventado métodos sociales capaces de anteponerse a los hechos de la forma más precisa posible.

En fin, está planteado que las luchas parciales se eleven al plano de generales. Que el desarrollo de la lucha geste organizaciones de lucha y que estas acaben transformándose en organismos que pujen por la dirección de su fábrica, hospital, comercio, escuela o universidad. Su generalización plantea un congreso nacional obrero en camino a una constituyente libre, soberana y con poder sobre la banca, la producción y las fuerzas armadas.

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