Escribe Cata Flexer

Fuego en los bosques patagónicos. En el Amazonas. En el delta. Inundaciones devastadoras en los grandes centros urbanos. Tormentas de nieve que congelan Europa, y sequías atroces que incendian Australia. Es la combinación apocalíptica entre la devastación de los ecosistemas naturales para la producción agro-industrial y el cambio climático. La temperatura del planeta se eleva producto de la aceleración del efecto invernadero. En China y Japón, los sectores adinerados visitan retiros alejados de la ciudad para respirar aire puro, o compran oxígeno embotellado. 

Charles Darwin fue el primero en descubrir que plantas, animales y hombres sin distinción somos producto de la interacción con el ambiente. De un plumazo desterró la idea del mundo creado por Dios a merced del Hombre pues cada especie desarrolla su existencia por separado. La humanidad, como especie, ha seguido su propio camino evolutivo y a su  la lenta selección natural le ha sumado el desarrollo de la cultura. De esta manera, los homo sapiens no se extinguieron durante las glaciaciones porque tuvieron su propia protección natural (cueros, pelos) pero, sobre todo, porque habían aprendido a controlar el fuego, cazar y usar los cueros para protegerse del frío. 

Siglos de desarrollo llevaron al hombre a pensarse por fuera de la naturaleza, en especial en la tradición y filosofía del cristianismo que enaltecía el alma y deploraba la materia. La revolución industrial de la burguesía originaria permitió comprender las leyes de la interacción del hombre y su medio al mismo tiempo que la industrialización hizo estragos con el ambiente.

En la concepción de Marx, los modos de producción implican también una forma de relación con el medio ambiente. ¿Puede acaso pensarse en un feudalismo sin rotación de cultivos, barbecho y grandes roturaciones? ¿Es posible separar las grandes sociedades “hidráulicas” del control de los ríos y la invención de los diques, canales y sistemas de regadío? ¿Podrían las culturas andinas organizar circulación no mercantil sin el “archipiélago vertical? 

En términos históricos, nada está más alejado de la realidad de la utopía del retorno a la naturaleza promulgada por el ecologismo burgués. Europa perdió sus bosques en manos de los campesinos y señores medievales, mientras que la fértil mesopotamia asiática es hoy un desierto. ¿Acaso el cultivo de roza (la quema periódica de bosques) era más ecológica que el monocultivo? 

Por el contrario, es la ciencia moderna, el desarrollo industrial y químico aplicado al campo, la que permitiría obtener alimentos sin destruir el suelo. La defensa pequeña burguesa de la producción “orgánica” es en realidad el despilfarro del suelo y la defensa del latifundio sin explotar mientras millones mueren de inanición en el mundo, cuando existen ya técnicas para retener la fertilidad y producir en el mismo terreno muchísimo más. La producción “transgénica” lejos de ser sinónimo de uso indiscriminado de pesticidas, es la posibilidad de multiplicar el rendimiento e incluso los componentes nutritivos del cultivo. Y sino recordemos el descubrimiento, hace ya sesenta años, del trigo enano, con el que se evitó la pérdida de cosechas por algo tan simple como el quiebre de los tallos por el viento.

Todo el desarrollo de la ciencia y la tecnología, sin embargo, está condicionado en el capitalismo a la lógica de la acumulación de capital. Los nuevos procesos no se aplicarán (y en última instancia no pasarán tampoco del plano especulativo ante la falta de fondos para su desarrollo) de no ser redituables económicamente. Así como la concentración del capital sienta las bases para la socialización de la producción y el fin de la explotación del hombre por el hombre, la ciencia debe ser liberada del corsé del capital para desarrollar todo su potencial, y esto vale también para el desarrollo de tecnología “limpia”. El “capitalismo verde” que propugna Ángela Merkel no es más que la continuidad de la anarquía productiva modificando las materias primas de explotación. Así, los “verdes” contaminan los glaciares de agua extrayendo litio para autos a batería. 

Si el liberalismo moderno había llegado al poder, también, para erradicar las pestes heredadas de la Edad Media, los capitalistas contemporáneos de Wall Street han fallado a sus principios de origen pues no sólo han devastado el medio ambiente sino que han lanzado a la humanidad explotada a sufrir sus consecuencias. Las acciones de la bolsa de Nueva York crecen mientras hospitales del mundo entero atienden COVID sin respiradores. Los VIP del planeta se han vacunado pero para los pobres del mundo rige la patente capitalista de las vacunas yanquis pero también de la Sputnik V. Eliminar la patente de la vacunación significa romper la lógica productiva del capital y, como tal, revolucionar las relaciones sociales de producción. 

Como en todos los ámbitos de la vida social y material de la humanidad, el capitalismo hoy es el freno a cualquier desarrollo evolutivo. La destrucción del medio ambiente debe ser combatida con la conciencia de que estamos frente a la vieja dicotomía de socialismo o barbarie.