GUERNICA RESISTE

La propiedad de la tierra: de la revolución burguesa a la debacle del capital

Escribe Cata Flexer

1789. Mientras la plebe de París toma la Bastilla y los Estados Generales se convierten en Asamblea Constituyente, se esparce en el campo francés el Gran Miedo. Los campesinos temen que la aristocracia mande mercenarios a arruinar las cosechas, rumor o realidad, es el detonante para que los campesinos se rebelen, tomen la tierra y quemen los castillos, junto a los títulos de propiedad de la nobleza. Es el comienzo de la reforma agraria, medida fundamental de la revolución burguesa. 

La burguesía luchó durante cientos de años contra la propiedad feudal. En transición del feudalismo al capitalismo en Inglaterra, fueron determinantes las revueltas campesinas, especialmente la de 1381, para acabar con la servidumbre, pero rápidamente los campesinos fueron dividiéndose en campesinos ricos y pobres, y estos últimos perdiendo sus tierras en manos de los primeros a través de los enclosures o cercamientos, por los que perdieron el derecho a la propiedad comunal y se convirtieron en proletarios del campo o emigraron a las ciudades. La historia, claro, es contradictoria, porque esta burguesía rural que expropiaba a los campesinos empobrecidos lo hacía para llevar adelante una revolución agraria que multiplicó los rendimientos del campo inglés, una de las condiciones para la revolución industrial.

¡Oh, el progreso! Pero lejos estamos de los albores del capitalismo, en los que la burguesía podía justificar la expropiación de las grandes masas campesinas, la superexplotación de los niños en las fábricas o la matanza de indígenas en América con los grandes avances productivos.

Hoy los grandes capitales acaparan la tierra no para producir sino para no producir. No para habitarla, sino para no habitarla. El monopolio de la tierra  en pocas manos eleva su valor y la hace inaccesible para el pequeño productor en el campo así como para el trabajador que quiere su vivienda en la ciudad y sus periferias (cómo señalamos acá).

La pandemia, como en tantas otras cosas, ha mostrado al extremos los límites del capital, en este caso, la situación habitacional de grandes masas de trabajadores. No es sólo Guernica. En todas las provincias del país hay tomas, así se fue ampliando el radio urbano de la gran mayoría de las ciudades, porque los planes de urbanización no existen. Los servicios llegan después de años de luchas. No es nuevo, pero hoy sale a la luz la masividad y la tenacidad con la que las familias defienden esas parcelas sin cloacas, agua corriente o luz, porque es más que lo que tenían hasta ahora, y por la solidaridad de los vecinos que lejos de rechazar a los ocupantes los apoyan. Saben que su situación no es muy distinta: que en esa casa que su padres o abuelos pudieron construir hace varias décadas ya viven demasiadas generaciones juntas.

En el triunfo de las familias de Guernica se resume, de alguna manera, la salida ya no sólo económica sino humana a la crisis. De un lado, las familias que protagonizaron la ocupación han ido más allá y presentado un proyecto urbanístico completo, con el asesoramiento de cátedras de Arquitectura de la UNLP: la división de las manzanas, la construcción de calles, pero también de espacios deportivos y educativos, es decir, al servicio del pueblo de toda la zona, dando trabajo además a la masa de desocupados entre los ocupantes. Del otro lado, el gobierno busca el desalojo violento y el no tanto (a través de la extorsión), para habilitar el uso de parte de esas tierras (¡de otra parte ni siquiera hay propietario, así que las quieren desalojar para que sea un baldío!) para construir un country con canchas de rugby.

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