Escribe Cata Flexer

En la última semana, la atención del mundo se ha enfocado en La India. Con 400.000 contagios y 3500 muertes el 1ro de mayo, se cumplió una semana de números récord, que, sin embargo, son sólo la punta del iceberg. 

Los enfermos se acumulan en las afueras de los hospitales, donde se han improvisado camas en las calles adyacentes. Los centros médicos se han quedado sin oxígeno. Los muertos se acumulan, y al no poder ser enterrados o cremados, se improvisan “crematorios” en los estacionamientos, al punto que ya hay falta de madera para hacer las piras funerarias. La mayoría de las muertes sin embargo ocurren antes de recibir atención médica, por lo cual no son registradas como producto de la pandemia. Se calcula que los números reales son, mínimo, el triple. 

India ya ha dado a luz su propia variante, la B1617, de la cual sabemos poco, ya que el seguimiento de las distintas variables en el país es mínimo, pero ya ha sido detectada en 22 países y se estima que es más contagiosa. En un artículo publicado en Nature (la mayor revista científica del mundo) el Dr. Gupta señala que la mutación es la naturaleza de los virus, justamente para continuar reproduciéndose, y que, por esta misma naturaleza, pueden nacer variables más contagiosas, así como algunas pueden llegar evadir la inmunidad adquirida por una infección previa o por la inoculación. Este es justamente el peligro al que se expone el mundo ante una escalada del virus en la India, así como lo fue en Brasil: la concentración de los contagios es caldo de cultivo para nuevas cepas. 

Con 1400 millones de habitantes, el estado Indio contiene a una sexta parte de la población mundial, y lejos del lugar que se le asigna como ejemplo de crecimiento, la India es un país de infinita pobreza y hacinamiento. Los científicos y la oposición denuncian al gobierno de Modi por no tomar medidas a pesar de conocer el peligro de la nueva cepa. Mientras en 2020 el “pico” del primer brote tuvo unos 93000 contagios, con una cuarentena estricta que incluso dejó a miles de trabajadores urbanos y rurales temporales viajando miles de kilómetros a pie para volver a sus aldeas, recién a mediados de abril, con cientos de miles de contagios por día se tomaron las primeras medidas a nivel regional, al tiempo que llueven las denuncias de ocultamiento de casos y víctimas. A su vez, durante el mes de marzo el propio Modi organizó actos multitudinarios de campaña electoral y la celebración masiva del Kumbh Mela, una festividad hinduista. 

La política fascista de Modi no se queda allí. En 2014 Modi llegó al poder derrotando al histórico Congreso Indio, el partido dominado por la familia Nehru-Gandhi, que domina la política nacional desde la independencia ( gobernó 54 de los últimos 73 años). Modi fue durante veinte años militante de una organización paramilitar hinduista. Su partido, el BJP, impulsa una política integrista de hinduízación del estado y reforzamiento de las castas. A finales de 2020 se produjeron masivas movilizaciones contra una nueva ley que dificulta la obtención de la ciudadanía para migrantes musulmanes, la principal minoría religiosa de la India. Más importante aún, lleva adelante un plan de liberalización de la economía, habiendo aprobado en 2020 una reforma laboral que da vía libre a nuevas formas de precarización, y una reforma agraria que eliminó el control de precios en los mercados, condenando a un campesinado ya miserable a perder sus tierras, lo que llevó a movilizaciones históricas de campesinos que rodearon Nueva Delhi, la capital, en enero de este año, que fue reprimida a sangre y fuego. La India es una feria barata de mano de obra para el imperialismo. Hoy, por supuesto, el primer ministro rechaza cualquier tipo de medida de prevención. 

Paradójicamente, India es el mayor productor de vacunas del mundo. Allí se produce la vacuna de AstraZeneca (versión conocida como Covishield), la Sputnik V, y una vacuna propia llamada Covaxin. El estallido de este masivo brote en el país supone un peligro para la provisión mundial de vacunas, razón por la que distintas potencias han enviado ayuda a la India, aterrorizadas de que una crisis allí pueda repercutir localmente. La ayuda, claro, no es desinteresada y no oculta tampoco la preocupación por un estallido social que abarcaría a todo un subcontinente y a casi el 20% de la población mundial.

La India es uno de los nuevos epicentros de una catástrofe sanitaria. Las masas obreras y campesinas deben expulsar a Modi y todas las castas gobernantes del poder.