La cartelería (no tan) barata de Ramal y Viglieca

Sin quererlo, la actual campaña electoral se ha convertido en histórica y no justamente por sus virtudes. La debacle política se ha instalado en los medios de comunicación. Si se observa bien, hasta la televisión lo ha notado y la última semana de campaña cerrará con especialistas rondando los medios de comunicación sobre el pasado de los spots, tiempos en que existía algún tipo de creatividad en el arte de hacer política. La debacle publicitaria es la consecuencia de un régimen desintegrado, incapaz de incrustarse entre la masa y de elevar su creatividad. Esa tarea, se suponía, correspondía a la izquierda. En particular, la tendencia del Partido Obrero, o al menos sus dirigentes, se lanzaron a una campaña presentándose como los voceros de los intereses proletarios y los agitadores de la catástrofe social, todo ello en nombre de toda una gran tendencia que recorre el país, la cual se había planteado como objetivo instalar el problema del poder político bajo la convocatoria a una asamblea constituyente.

Cada vez que soy crítico de la dirección de la tendencia a la que pertenezco por identidad de programa y por trayectoria militante, diferencio entre los partidos del régimen, con recursos infinitos para hacer publicidad, a los cuales se les ha sumado la izquierda que gracias a determinados escaños obtenidos en los últimos años construyó una caja sostenida por una burocracia que dedica todos los recursos materiales de diputaciones en hacer campaña electoral berreta, con mega carteles luminosos en las autopistas remarcando la sonrisa (aunque Solano parece siempre estar descompuesto en escena) de algún candidato, carente de consignas, ya no digo revolucionarias, ni si quiera feministas. El Frente de Izquierda arrastrará votos como consecuencia de la crisis, pero ha dejado pasar la posibilidad de convertirse a partir de la campaña electoral en un partido de masas. Un tren que pasa cada muchos años y que, dejado pasar, repercutirá en el crecimiento de listas fachistas, una primera expresión de la agudización de la Guerra Civil en los Estados Unidos, en Brasil y de la grieta que se abre entre la clase obrera y la burguesía argentina.

En ese marco de debacle absoluta, nunca se planteó la concreción de una gran elección de nuestra tendencia recién nacida, cuyo logro ha sido presentarse a elecciones, sí, ¡pero para agitar consignas revolucionarias! Por su puesto que para un partido ello es dificil de definir, no existen recetas, justamente, de lo que se trata es de abrir el abanico. Desde este periódico hace ocho meses que pujamos por darle una dinámica revolucionaria a la campaña electoral pero simplemente se nos ha omitido, una simple expresión de lo que ha sido toda la campaña electoral de la Capital, reducida a la agitación del nombre ya quemado de Marcelo Ramal y de una candidata de la que no se conoce ningún texto programático, ninguna construcción clasista, ninguna trayectoria revolucionaria de ningún tipo. No digo que no pueda tenerla, simplemente que a los fines electorales su único rol ha sido el de acompañar al candidato principal en algunas recorridas, es decir, se miente una línea femenina con candidatas mujeres pero se la subsume a las espaldas del señor. Ni para innovar han servido los hacedores de medios de Política Obrera, vale recordar, los mismos que tardaron meses en agitar la constituyente contra Macri, que llegaron completamente tarde a la crisis del 2018 y que se posicionaron por la tendencia del Partido recién cuando las grandes movilizaciones del Conurbano habían desaparecido.  Una campaña electoral dirigida por cuadros que no son cuadros resulta en un fracaso.

Detrás de los problemas estéticos rigen los problemas políticos. En la Capital, el movimiento obrero no existe en la campaña electoral, de hecho, no existen las clases sociales. No ha existido el mínimo esfuerzo por caracterizar el rol de la burguesía en la Ciudad de Buenos Aires y de qué manera sus partidos representan intereses opuestos. Sin analizar a fondo el problema de la educación privada en la Ciudad es imposible ir hacia una crítica del gobierno de Larreta y menos que menos de los radicales, vendedores seriales de cursos de posgrados millonarios, de subsidios a la iglesia católica, del cierre de cursos, de la anulación de vacantes, de los recortes presupuestarios consecutivos a la Universidad. Menos aún ha existido un detalle del rol del pseudo kirchnerismo de Santoro, representante de los grandes cartels inmobiliarios que anticipan una Argentina completamente sometida a los grandes financistas como el Banco Interamericano de Desarrollo o el propio IRSA. Altamira dijo en La Nación que si tuviese plata, en vez de gigantografías, haría una universidad obrera, cuando la verdad es que no hace falta ser millonario para impulsar la formación entre la clase obrera y sí, en cambio, se han gastado todos los recursos en afiches y volantes que no han llamado la atención de ningún obrero. Se podrían haber afichando los mismos espacios hablando del Coronavirus, tan desarrollado programáticamente en Política Obrera, pero no, para el votante que no sigue de cerca los problemas, tanto Ramal como Viglieca han omitido, como todo el arco político, la existencia de la mayor pandemia de la historia universal reciente.

Toda la estética de la tendencia ha sido tomada de viejas campañas, las mismas que resultaron en el electoralismo feroz. El propio Ramal no aprendió de su experiencia o qué decir de Julián Asiner, también candidato, que tuvieron que luchar contra sus propios instintos pequeño burgueses para romper con el solanismo. Lo que es todavía más extraño es la falta absoluta de una campaña por los derechos femeninos, justo ellos, los grandes defensores de la moral feminista. La mujer directamente ha sido ocultada de la campaña como sujeto histórico de la Argentina reciente. Al contrario, se ha levantado un vocerío feroz entre la militancia contra Tatiana Fernández, la candidata jóven del Frente de Izquierda que hace un papel más que destacado en los medios porque entre una campaña repleta de mierda pseudo liberal vuelve a levantar las banderas del aborto legal. Por supuesto que ha carecido de un programa para la mujer proletaria, pero este menos ha sido el caso de la tendencia.

En cuanto a las villas, la campaña parece hecha por Grabois, se levanta a su población sólo por el hecho de su humildad, es decir, una campaña de discriminación absoluta en vez de pujar por la unidad de la masas desocupada y extrajera con el movimiento obrero organizado. Pero claro que éste último tampoco existe como sujeto histórico, véase la ausencia de los obreros de Fel Fort, la vanguardia indudable contra el aperturismo de Larreta y compañía. Se ha tratado de reemplazar ello por un video en el subte dónde, en realidad, tan sólo se desarrollan posiciones de una agrupación y no se convoca a la masa del subte a deliberar sobre la crisis política. En todo caso, además, ¡los afiches de Ramal y Vigileca deberían haber denunciado la existencia de asbesto en el Subte!

A esta altura, pasar las PASO sería un milagro. Por supuesto que es lo de menos, ni ganar las elecciones de octubre garantizaría un avance para el proletariado si no es que los diputados conquistados están a la altura de las circunstancias. Sin embargo, también es verdad que los resultados electorales no sólo se expresan en números, sino en crecimiento político e influencia y, en mi opinión, más que envalentonar a los luchadores, la campaña de la tendencia los ha retrotraído, lo cual se expresa en una campaña que se ha pinchado en  las últimas semanas, justo cuando hacía falta un salto revolucionario para instalarse entre el pueblo, justo cuando hacía falta un sacrificio descomunal por parte de los socialistas. Quedará entonces luchar por el milagro los días que quedan para luego poner las barbas en remojo y poner toda la carne al asador de un país que se mostrará políticamente disgregado y sumido en la barbarie política, artística, científica y espiritual.

Lo más virtuoso de esta crítica es desarrollarla en tiempo real.

Maxi Laplagne