La fiesta del poli

Escribe Salomón

En la casa la mayoría ya estaban un poco tomados. Su viejo, que se había garantizado su propia bebida, un Jameson de ochocientos pesos, y Coti, que había llegado temprano y ya se había tomado como seis cervezas, eran vanguardia en este punto. La mayoría tomaba las latas que Ariel había comprado a la tarde, salvo algunos pocos que habían llevado Fernet y Gancia. Había decidido festejar a lo grande, después del fiasco del cumpleaños anterior. Romina le había cortado la noche anterior a su cumpleaños, después de que él le pegara un manotazo en una discusión por coquetear con chicas en redes.

“Voy, llego tipo 2 :)” decía el mensaje que Ariel había estado esperando con la ansiedad de un niño en navidad. Le gustaba, pero además les había mostrado las fotos de Tinder a sus amigos y les había presumido que era “una fija”. No la encontraba especialmente linda pero tenía buenas tetas, o al menos eso parecía en las fotos. Esta tal Luly le había dicho que le calentaban los polis, así que tenía que estar todo bien.

“Loco, perdoná me siento para el culo. Que tengas feliz cumple. Si la wacha no va en la semana agarramos unas trolas”. Cristian no iba a ir pero no importaba. El amigo y colega no le fallaba nunca y en un rato iba a llegar la chica del Tinder. Ariel se sumó a la charla de los amigos de la secundaria. Hablaban del capítulo de una serie: soldados con un chip en la cabeza creían que familias subalternas eran zombis. Ariel no miraba ciencia ficción, miraba a River, la UFC, Policías en acción. Romina le había hecho ver una serie de vikingos y le había gustado. Pensaba que si enseñaran así historia no se la hubiese llevado casi todos los años. Creía que si se hubiera interesado más en el estudio, a lo mejor hubiera podido dedicarse a otra cosa, trabajar en una oficina como habían hecho sus amigos, ir a afters, salir con compañeras de laburo. Podría haber hecho algo que lo separara del viejo, de esa misma voz autoritaria que todavía tenía como el día en que le pegó en frente de todos en la escuela. Pero ser policía tenía lo suyo. Tenía un arma, y a minas como esta Luly eso las calentaba. Al viejo le daban el diario y pizza gratis. Cuando el viejo le tiraba la bronca y no le prestaba el auto igual podía viajar gratis en bondi.

“Estoy afuera” le mandó Luly. Fue a abrirle, nervioso. Estaba bien, un vestido negro que mostraba un poco las tetas pero que no era de puta. La saludó con un beso y la hizo pasar.

−Qué bueno que viniste −le dijo algo tímido.

−Qué bueno que me invitaste – su cara era inexpresiva, como si no fuera importante que estuviera ahí.

−¿Querés tomar algo? ¿Birra?

−Dale –dijo ella.

La presentó con los amigos, que la saludaron como a una amiga más. El viejo no le prestó atención, estaba ya bastante borracho. Ariel lo miró, se sintió como en un deja-vu, el viejo borracho como el día que cortó con Romina. Cómo olvidarlo… el viejo le había partido una botella en la cabeza a la madre de Ariel. El chico había querido intervenir antes de que pasara algo, pero el viejo lo había amenazado y Ariel se terminó yendo, impotente a la autoridad, para culparse luego y decirse que nunca, nunca lo iba a perdonar. A diferencia de él con Romina, sus padres siguieron juntos, no era la primera vez que pasaba algo así. Después no hizo ninguna fiesta y se emborrachó con Cristian en un boliche en San Martín. Le tocó el culo a una chica que pasaba y el novio salió a increparlo. Ariel lo dejó en el suelo y lo hubiera matado a golpes si Cristian no lo paraba.

Pero ahora todo iba a estar bien. La madre le demostró demasiado cariño a Luly, como si fuera una novia, incomodando a Ariel. Una ronda de tequilazos clamó por el cumpleañero, y logró sacarse a su madre de encima. Le hicieron tomar uno, dos, tres, y sintió que se había excedido. Pusieron “Despacito”, subieron el volumen y todo el mundo se puso a bailar. No sabía de dónde había salido tanta gente y le pareció que había bastantes que no conocía. Parecía una fiesta de cuando estaba en secundaria. Temió por lo que pudiera decir el viejo pero estaba tan borracho que no parecía importarle.

No había tiempo que perder, le dijo a Luly que le mostraría el patio. No era gran cosa, una pelopincho mediana y algunas plantas, pero aunque hubiera algunos invitados fumando ahí tenían más intimidad.

−Estás más buena en persona −fue lo único que se le ocurrió decir.

−Vos también −le dijo ella después de reír complacida.

La puso contra la pared y la besó con toda su calentura. Ella respondió con la misma o más calentura que él. Las manos de Ariel pasaron de la cintura al culo y las de ella fueron directo a la pija, que ya estaba dura como una piedra. Ariel le sacó la mano por miedo a que lo vieran y la llevó a su habitación. Pero su pieza había sido elegida para guardar mochilas y abrigos, y la gente entraba y salía constantemente. Además, Coti estaba inconsciente sobre la cama y un vómito espeso le hacía compañía.

Tenía que pedirle el auto al viejo, no le quedaba otra. Aunque ya estaba completamente borracho no parecía de mal humor, así que seguro accedería.

−Ni en pedo, tomatelá −le respondió enseguida, con un tono sobrio que sorprendió a Ariel.

No estaba preparado para esa respuesta y el viejo parecía decidido. Ariel hervía de bronca y pensó en robarle las llaves, pero no sabía siquiera donde las tenía.

−Es para dejarla a Luly que se siente mal, por favor.

−No me interesa. Estás borracho, no podés manejar, me chupa un huevo que te quieras coger a la puta esa. No me rompás las pelotas.

Ariel no se aguantó y le reventó una piña en la cara con todas sus fuerzas. Era la primera vez que le pegaba. Se sintió bien.

−¡Pendejo de mierda! −exclamó el padre mientras se levantaba de su silla, que se abalanzó hacia Ariel con toda la cara roja, pero enseguida intervinieron y los separaron− ¡Te voy a sacar de la policía! ¡Vas a ver con quién te metiste! ¡Pendejo del orto después te voy a agarrar!

Los invitados vieron a un Ariel irreconocible en su expresión de odio. Se fue a su pieza sin mirar a nadie. Desde el living se escucharon ruido de golpes desde la habitación, como si Ariel estuviera rompiendo sus cosas. El viejo hizo algunos comentarios en voz baja, hablando solo, terminó su vaso de whisky y se fue para su pieza por las escaleras. Ariel volvió a aparecer enseguida, al tiempo que se ponía un chaleco antibalas. La madre fue la única que llegó a reaccionar e intentar pararlo, pero con solo un disparo alcanzó al viejo por la espalda, que cayó desplomado.

Ariel tiró el arma al suelo. Ya no sonaba la música. Miró alrededor y toda la fiesta lo estaba mirando. Pero ¿qué podían entender ellos?