Luego del fiasco con la producción “nacional” de la vacuna de AstraZeneca (que a pesar de producir el principio activo para más de diez millones de dosis en el país aún no entregó una sola vacuna) llegó el turno de otro empresario nac&pop para un nuevo capítulo en la producción local. El laboratorio Richmond ha firmado un acuerdo con el Fondo Ruso de Inversión Directa para producir la vacuna rusa Sputnik V en la Argentina. Esto, y el financiamiento estatal, es todo lo nacional del proyecto que Guzmán acordó con Putin en Moscú.

La vacuna moscovita ya se produce o tiene acuerdos para producirse en la India, Kazajstán, Corea del Sur, los Emiratos Árabes, Turquía, Italia y Bielorrusia. En vez de eliminar la patente, como hubieran hecho los científicos soviéticos que fundaron el laboratorio Gamaleya, Putín abre franquicias de su vacuna por todo el mundo. Aprendió más del señor Mc Donald´s que de de Yuri Gagarin. 

Que la producción o una parte de ella se realice en el país no nos dice nada de su destino, lo que ya sucede con AstraZeneca. Para expandir su producción, los laboratorios alquilan sus patentes y tecnología, luego, hacen negocios como cualquier otro capitalista. Si es por guiarse por la actualidad, los precios de la carne suben porque aumenta el precio del maíz que alimenta al ganado y, por supuesto, en vez de quejarse, los chacareros festejan que pueden exportar en dólares. 

La India, el epicentro mundial de la pandemia, es el primer productor internacional de vacunas.Se las reparten entre las grandes potencias y someten al pueblo indio a la miseria y la enfermedad. De paso, explotan los recursos naturales y humanos a precios de miseria. 

Los laboratorios saben que las vacunas representarán un negocio formidable, al menos, durante los próximos años. Es posible que la vacunación contra el COVID se transforme en periódica o que deban ir adaptándose a las mutaciones del virus. Las inversiones capitalistas internacionales viran a un sistema para lucrar con el coronavirus a largo plazo en vez de erradicarlo, tal cual lo hacen los laboratorios con el HIV. Si los profesionales de la salud denunciaban que los hospitales pasaban de grandes centros de investigación a camas de atención de Coronavirus, así también la economía capitalista toda se ordena de acuerdo a los vaivenes de la pandemia. 

En nuestro caso, el Estado financia laboratorios privados que luego, si así lo deciden, le venderán vacunas. No ha habido, en cambio, un peso para la investigación realmente nacional, aquella que lleva adelante el propio sistema científico argentino. Hasta el “revolucionario barbijo del CONICET” fue entregado a una empresa textil para lucrar con su producción. Qué queda entonces para la producción de vacunas a escala. 

La catástrofe humanitaria a la que asistimos necesita de la mayor cooperación internacional para llegar rápidamente a nuevas fórmulas y una producción aún mayor, todo lo contrario a lo que sucede en el mundo capitalista que se dice a sí mismo en una guerra comercial. Países infectados hasta los tuétanos se dan el gusto de rechazar vacunas por ser rusas o cubanas, ni se les cruza por la cabeza la necesidad de unir al ser humano para erradicar el virus, lo cual implicaría una transformación hasta ideológica de la sociedad. 

La liberación de las patentes, o al menos su propiedad por parte de los estados, es el primer paso. El propio Biden coquetea con la liberación de las patentes lo que, así formulado, es una abstracción. Para producir la vacuna es necesario todo el equipamiento técnico de los laboratorios, personal científico capacitado y la logística necesaria. Pero más aún, para erradicar el coronavirus es necesario una transformación de la producción técnica y científica del mundo que los mismos laboratorios se niegan a realizar porque ellos se adaptan a las circunstancias para lucrar en vez de revolucionar las condiciones en las que se produce.