Mariátegui sobre el poeta César Vallejo

Escribe Gary Rivas Plata

Cesar Vallejo nace en Perú, en el departamento de la Libertad el 16 de Marzo de 1892 y muere en París el 15 de Abril de 1938. Es uno de los poetas y escritores peruanos mas importante de principios del sxx. En palabras de José Carlos Mariátegui – fundador del movimiento marxista en el Perú – es caracterizado como un autor indigenista, al igual que Eduardo Varcárcel y José María Argüedas. También es considerado como un escritor que entra en el marco de una literatura a fin a los intereses del movimiento marxista a partir del nuevo tratamiento que hace del sentimiento indígena, un sector nativo bastante golpeado por la desigualdad social de clase.

Mariátegui ofrece una serie de caracterizaciones de la poesía del autor en su Libro Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana. Nos dice por ejemplo que en Vallejo se encuentra sentimiento indígena, en oposición al artificial dualismo de esencia y forma, propio de las reglas que aparecen en la rima y la métrica clásica. Nos dice también que el sentimiento indígena es una empresa metafísica. A mi parecer, quizás lo está diciendo en el intento de Vallejo por dar a conocer el dolor de ese sentimiento.

Son variadas las caracterizaciones que ofrece Mariátegui pero simplificando un poco, líneas mas adelante, después de afirmar que Vallejo expresa un estado de ánimo, nos habla de la nostalgia de ese sentimiento. Cómo crítico literario, Mariátegui sostiene que hay en Vallejo un giro vernáculo, en cuanto a la expresión tan íntima que esconde el autor a la hora de escribir sus versos, superando el lenguaje de la literatura clásica de ese momento, de modo que la elección de sus palabras corresponden a un carácter nuevo en la literatura misma. Y caracteriza esta nostalgia diciendo que es una protesta sentimental o una protesta metafísica. Nostalgia de exilio, nostalgia de ausencia. Entre los versos que cita está el siguiente:

He almorzado solo ahora, y no he tenido madre,
ni súplica, ni sírvete, ni agua,
ni padre que en el facundo ofertorio
de los choclos, pregunte para su tardanza
de imagen, por los broches mayores del sonido.

(xxviii – Trilce)

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