Ni con el papa, ni con Lukashenko

Escribe Maxi Laplagne

La tergiversación política acerca de las declaraciones del papa en supuesta defensa de la unión civil homosexual o del simple derecho de elección deben ser leídas como lo que son: la intervención directa del imperialismo en la crisis revolucionaria que azota Bielorrusia. No se trata, claro, sólo de Bielorrusia, sino del temor a que la reacción popular se expanda, primero, a Moscú y, luego, a Europa y el mundo entero.

El papa y los medios que lo apañan buscan intentar colocarse del lado de los derechos democráticos conociendo que Lukashenko es famoso, entre otras barbaridades, por declarar que “es preferible ser dictador que gay”. La persecusión hacia las minorías en Europa del Este es la regla. El propio Putin ha formado campos de concentración contra homosexuales. Esta política, claro, ha sido la marca de agua en el plano ideológico de la restauración capitalista, la cual requiere de la mayor presión posible contra la libertad de conciencia de los obreros. En el país de mayor tradición revolucionaria del planeta, las libertades sexuales serían el camino de ida a las libertades políticas de las grandes masas.

Del otro lado, la oposición democrática bielorrusa encabezada por Svetlana Alexievich acaba de ser premiada por el mismo jurado que otorga los premios nobel por su lucha “en defensa de la libertad de conciencia”. La candidata de la Unión Europa, ya varias veces respaldada por Merkel, intenta colarse como la defensora de los derechos democráticos contra la dictadura de su país. El documental en que el papa remarca su defensa a los derechos LGTB será presentado en Alemania, mientras Merkel prepara la ley de sacerdocio femenino en la iglesia católica. El vaticano y la Unión Europea pretenden ganar a las masas de Europa del Este de su lado, es decir, el de la restauración del capital y la guerra contra el pueblo ruso.

Pero ni el papa ni Merkel son realmente capaces de defender los derechos LGTB. En primer lugar, porque son defensores acérrimos de la producción capitalista que necesita la reproducción de la estructura familiar para seguir produciendo. Ni en Alemania, ni en Italia, ni en la nativa Argentina de Bergoglio la masa obrera disfruta realmente de derechos de liberación sexual. Al contrario, las mujeres transexuales son socialmente castigadas y destinadas a la prostitución, mientras su esperanza de vida no supera los cuarenta años. Pero tampoco cesa la discriminación, sobre todo, impulsada por el capital entre el proletariado, el cual debe estar severamente orientado por los patrones culturales del capital si pretende, por ejemplo, conseguir empleo en una fábrica. En todo caso, si logra conseguirlo, será por su propia inventiva y capacidades, pero no por respeto social. Merkel ha gobernado y lo seguirá haciendo de la mano de los principios elementales de la iglesia católica. En la Argentina del papa, de paso, el aborto sigue siendo ilegal gracias a los votos peronistas en el senado.

Rechacemos la demagogia del vaticano y la Unión Europea pero tengamos en claro que la crisis social que emana de la administración capitalista sobre el coronavirus estallará con pueblos sublevados alrededor de todo el mundo y será su misma lucha la que además de exigir el pan de cada día los llevará a poner entre sus prioridades la lucha por la más absoluta libertad social, política y sexual. Los derechos LGTB forman parte del programa revolucionario de la clase obrera mundial. Apoderarse de ellos será el mayor golpe a los dictadores autoritarios como Lukashenko y los dictadores democráticos como Merkel. Vivan los obreros gays y las obreras lesbianas de Bielorrusia.

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