¿Por qué luchar por la jornada de trabajo?

Existen determinadas corrientes al interior del academia que durante la última década han sostenido que, debido a la enorme victoria popular del neoliberalismo que empuja a las masas a la adicción al consumo de mercancías, ya en ningún país de América Latina las luchas del movimiento obrero tienen como objetivo la reducción de la jornada laboral sino que todas ellas tienen como objetivo el aumento de salario. El obrero, dicen, lucha para poder consumir más. La victoria del capitalismo sería total. 

Pero tranquilo, trabajador. Los academicistas de la universidad suelen tergiversar la historia ellos sí, a sueldo. Los obreros en la actualidad no sólo luchan por reducir su jornada de trabajo sino que hasta la conquistan. No es casualidad que esta tesis haya intentado divulgarse luego de que los obreros del subte de nuestro país hayan impuesto en la legislatura de la Ciudad, luego de meses y meses de huelgas, reuniones y movilizaciones, la oficialización de que su jornada laboral no podía durar más de seis horas sin que se toque su salario anterior. Es decir que toda la teoría de los academicistas es falsa desde el vamos. 


Quizá la historia de las sociedades sea la historia de la lucha por el tiempo libre. Se contraponen dos visiones de la libertad: la de los patrones que defiendan la libertad para explotar y la de los obreros la de vivir. En nombre de la libertad de acumular riquezas los primeros capitalistas ingleses acumularon incalculables sumas de oro explotando niños menores de doce años. Fue sólo la lucha obrera, primero, la que logró que los menores de edad no puedan ser esclavizados en las fábricas y, luego, que la jornada laboral no sea de sol a sol. Así como los obreros del subte en Argentina, en Inglaterra fueron los ferroviarios quienes conquistaron la primera gran reducción de la jornada de 10 a 12 horas. ¿Cómo? Con huelgas, siempre con huelgas. 

Pero de huelgas las luchas obreras se transformaron en revoluciones y las revoluciones impusieron que la jornada laboral tenga que ser legalmente de ocho horas. La más clara experiencia, claro, fue el octubre ruso de 1917. La lucha por la reducción de la jornada laboral transformó la historia posterior del mundo.


Negar que los obreros luchamos por nuestra jornada de trabajo es casi negar el conjunto de la historia universal y, sobre todo, es negar que los obreros queramos ser libres. 


Si este número del periódico está dedicado a la lucha de las enfermeras por sus seis horas no es por un capricho editorial. Es un reclamo que lleva años de desarrollo en los hospitales donde se ven las caras enfermeras que tienen dos o hasta tres cargos en distintos hospitales haciendo que su vida sea un agobio. Es el mismo agobio, claro, de los obreros que dejan su vida en las fábricas, en los comercios, en los taxis, en los ubers, en su bicicleta. Y el coronavirus ha recrudecido esta situación al límite.


La crisis económica es también una crisis política. Casi que ambos son dos aspectos de una misma cuestión. Es, además, la misma crisis que sacude a las masas de todo el mundo poniendo en el centro de la escena gobiernos corruptos como el de Israel. Mientras el pueblo se moviliza de a miles en todo América Latina y el Estado capitalista argentino camina por la cuerda floja hay que aferrarse con los dientes a reducir la jornada laboral sin que se afecten los salarios. La victoria de las enfermeras será la victoria de todos los obreros, que no queden dudas. De la fuerza vital que da la lucha obrera surgirán los gobiernos proletarios que cambiarán al mundo.

Maximiliano Laplagne

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