Dos argentinas se enfrentan a diario, por un lado, aquella que revisa cada mañana las cotizaciones del bitcoin y otra, real y masiva, que espera con ansias el depósito de la tarjeta alimentar.

La política de asistencia social se ha transformado en la base de un régimen político en decadencia. Hace falta esforzarse por comprender su verdadero significado. Mientras los Kicillof de América Latina se jactan de que los planes sociales representan la “inclusión social”, en realidad, son la expresión de la concentración cada vez más potenciada de la riqueza. En términos históricos, el asistencialismo representa un retroceso a sistemas de producción previos al capitalismo pues parte de la base de que una porción gigante de la población no podrá ejercer ni su derecho básico a ser explotado. Fue la política, por ejemplo, que ejerció el imperio romano en su decadencia, dieciséis siglos atrás. En aquellos tiempos, la estatización de la iglesia y el culto católico respondieron a la necesidad del Estado de distribuir “caridad” a la que la población se veía obligada a asistir porque el escaso desarrollo de las fuerzas productivas limitaba las posibilidades de los proletarios de poder especializarse en algún trabajo particular. Enfermos por el lujo y la guerra, los patricios romanos fueron incapaces de apostar al progreso técnico de la agricultura que daría de comer a la gran masa.

Pero épocas en las cuales la química moderna ha hecho progresar la agricultura y la ganadería a niveles impensados tan sólo cien años atrás, sólo pueden volver a establecer un régimen de caridad si es que las bases que lo sustentan han colapsado. Por ejemplo, a la vez que la tarjeta alimentar le garantiza a los grandes monopolios de la alimentación que todos los fondos distribuidos por el Estado irán a parar a sus cajas, el capital en su conjunto paga un costo carísimo: tiende lentamente a negar la libertad individual de cada ser humano de invertir su dinero en la forma en que se le antoje destruyéndose así la base que hizo crecer al sistema capitalista: la expansión comercial. Las grandes empresas (Coto, Carrefour, Unilever, Wallmart) festejan la centralización de la distribución al costo de disminuir las capacidades productivas generales del sistema que ellos mismos sustentan. Se trata del mismo esquema que se repite en todas las ramas, sobre todo, con las vacunas. Los mercados mundiales caen porque los casos vuelven a subir pero, aun así, se reniega de la liberación de las patentes o se llega al caso de países como el nuestro que por acuerdos con las grandes potencias se niegan a fabricar una vacuna propia.

De esta forma, la política de asistencia social pasa a transformarse en una política consciente del imperialismo por destruir las fuerzas productivas de las naciones atrasadas (y no tanto). Los gobiernos nacionales toman el despotismo internacional por las astas y le aplican su dosis de crueldad patronal. Es el caso de los Grabois y compañía que pretenden avanzar todavía más en la reglamentación del trabajo ultra precario, prestándole desocupados a las grandes empresas de la construcción que explotan al obrero sin trabajo a cambio de un plan social. La agudización de la pobreza durante la pandemia ha envalentonado al gran capital que pretende salir de la crisis retomando regímenes de semi esclavitud, ahora, en una sociedad dónde la masa de la población ha sido despojada de los recursos naturales que ofrecía el campo en la antigüedad, los manantiales de agua o los bosques. Serán protagonistas de la crisis, otra vez, las tomas de terrenos. Lo anticipan los contingentes infinitos de piqueteros movilizados a diario, dispuestos, en su momento, a acampar frente a los Ministerios a temperaturas bajo cero.

En general, la izquierda argentina se ha demostrado incapaz de explicitar el fenómeno social al que asiste el mundo: una transformación de las relaciones sociales de producción que coloca a la humanidad en una época de transición. Ha abandonado el análisis minucioso del sistema de producción vigente reemplazándolo por los vaivenes del magazine político en el que los gobernantes de turno se disfrazan de colores para ocultar los procesos sociales que le subyacen. De esta forma, le vetan a los sindicatos clasistas la posibilidad de tener una política clara frente a cuestiones cruciales como el salario, el cuál jamás ha sido analizado por el marxismo como una ecuación aritmética sino como la expresión física de las relaciones de explotación (el SUTNA festeja su aumento pero no llama al resto de la clase obrera a organizarse). La caída general del salario que atraviesa el proletariado internacional es la manifestación del proceso de concentración del capital e, incluso, de las presiones militares (cuando Gestamp se levantó contra los despidos realizados para incorporar personal a más bajo salario, el gobierno de Sergio Berni desplegó toda su maquinaria policial en defensa de la empresa Yanqui, lo mismo que el SMATA y toda la burocracia sindical). La transición política ha despertado movimientos revolucionarios a lo largo y ancho del mundo entero. No es casualidad que la Palestina se levante de la misma manera que lo hizo contra el despotismo romano en su ocaso. La revolución de Octubre de 1917 apenas si ha iniciado un proceso de transformaciones sociales que lograron ser adormecidas por los misiles y las bombas nucleares pero que la peste y el trauma histórico que genera han vuelto a enervar.

El delcañismo asiste a las elecciones con un esquema clásico, una especie de reciclaje del Frepaso noventista que se presentaba como el descarte frente al “agotamiento de peronistas y radicales”. Una especie de “ideas agotadas” como si las ideas fuesen entes concretos. La izquierda platónica es incapaz de comprender los realineamientos políticos porque no los ve como la expresión de los realineamientos imperialistas. La crisis de cotización del bitcoin no es más que ello. El Big Pharma – pero no sólo, sino cartelizado con los grandes bancos del mundo, Sillicon Valey y los pooles del litio (Tesla) y el petróleo (Chevron) – se ven imposibilitados de concentrar el mercado mundial bajo los costos burocráticos de la circulación monetaria tradicional. Para el proletariado, el problema del Bitcoin no es su virtualidad sino, justamente, la apropiación de los recursos virtuales por parte del gran Capital. Los criptoactivistas (Milei) militan por la extinción del Banco Central y, si es posible, de la libertad elemental al emprendimiento pequeño burgués por fuera de sus activos (eso y no otra cosa hacen las empresas de Criptomonedas). Que el imperialismo está partido hasta en su política financiera lo manifiesta que hasta el FMI piensa emitir su propia moneda, es decir, crear su propio proceso de circulación y acumulación originario. Asistimos a la transición del sistema capitalista hacia su desenlace, “por izquierda” o “por derecha”, es decir, la etapa es de revoluciones internacionales y guerras civiles nacionales y continentales. La “clase media” (si existiese) se derrumba y la burguesía nacional pierde sus fundamentos de ser. Antes de que Trotsky desarrollara el concepto de “bonapartismo”, el socialismo francés del Siglo XIX había acuñado la caracterización de gobiernos “cesaristas”, árbitros políticos entre el proletariado originario despojado de sus medios de vida y los grandes oligarcas. Sólo hace falta ir un poco más allá de los esquemas para encontrar en la escena la representación significativa de los Juan Domingo Biden o los Cristina Fernández de Larreta. Se trata de fenómenos políticos transicionales que responden a los movimientos de las relaciones de producción. El imperialismo cumple su destino cuando se niega a sí mismo unificando en un gran polo de explotación la producción internacional. En fin, Estados Unidos ha sido desde su nacimiento el hijo bastardo del Capital, su auge y su declinación.

La caracterización superficial de la política lleva a los solanistas a etiquetar cada etapa política según otro esquema básico: habría períodos de reflujo, períodos de planchazos, etapas de inflexión y otras de breve ascenso de las luchas. Se trata de una falta de respeto a la ciencia histórica (en general, ni si quiera marxista) que no comprende las dinámicas de los movimientos revolucionarios de acuerdo a las cuotas de combatividad que haya pagado el pueblo durante una determinada cantidad de tiempo sino que comprende la dinámica social que los empuja, engendra y estimula. Hasta el propio Halperín Donghi – que de clasista no tenía un pelo – comprendió con claridad que la Revolución de 1810 manifestó entre los porteños la decadencia del régimen colonial y que su conexión combativa no se encontraba dos o tres meses atrás sino un lustro, en la resistencia contra las invasiones inglesas. Las grandes gestas obreras de las últimas dos décadas, todas ellas bajo la mecha encendida del argentinazo, son las que apuntalan la resistencia que muestran médicos, enfermeros, docentes y desocupados que conmueven a los medios de comunicación, ellos sí, ignorantes frente al fenómeno que ven ante sus ojos. Siguiendo la analogía de Mayo, lo que en 1806 se había manifestado en el plano del combate en el `10 alcanzó su cenit político. El verdadero morenismo – el de Mariano – comprendió sin doscientos años de materialismo dialéctico lo que el Chipi Castillo no puede ver en el 2021.

La incapacidad de analizar la continuidad histórica del movimiento obrero cega a los fitusistas de ver la tendencia histórica que lo domina. El hecho negar el carácter histórico de las clases sociales, sin embargo, no es nuevo ni en la Argentina. En la teoría criolla fueron los “Economistas de Izquierda” de Claudio Katz los defensores de la tesis del espontaneísmo de las masas. Para justificar su esquema en el 2001 buscaron fundamentos en premisas falsas de la historia universal. Agitaron, por ejemplo, el trabajo del historiador Carlos Astarita en el que explícitamente niega que los campesinos de la Edad Media “hayan tenido alguna vez consciencia de clase” (dixit.). Una especie de: “la humanidad fue en una época así y ahora es asá”. Astarita concluye ello de no haber encontrado en mil años de historia ninguna lucha concreta por el poder entre el campo del medio evo lo cual (además de negar el trabajo magnífico de Engels sobre la guerra campesina en Alemania) hace un corte definitivo entre el mundo antiguo y la modernidad, tal cual construyeron la historia los “modernos”, en nuestro país, los Romero. En realidad, la Edad Media fue para los explotados de Europa un período de transición en el que creo sus propias comunidades, sus villas campesinas que funcionaron de contrapeso al poder central de los señores. Cuando el sistema feudal declinó consecuencia de la incapacidad técnica y científica de hacer frente a las grandes pestes (sobre todo la Peste Negra) la villa campesina se transformó en el organismo de doble poder de las insurrecciones campesinas, sobre todo en 1381. El soviet, no en tanto organismo de la Rusia del Siglo XX, sino como germen del poder de los oprimidos es una tendencia, primero, de la historia universal y, segundo, de las grandes épocas revolucionarias. En vez de adentrarse en los fenómenos para adoctrinarlos, guiarlos y observar su direccionalidad, la izquierda ataca las autoconvocatorias que emergen en la Argentina porque ve en ellas la chispa antiburocrática que arrasaría sus métodos burocráticos. En fin, por encima de las relaciones económicas lo que hace vibrar las tendencias políticas son las exigencias democráticas y su práctica. Mariano Moreno se desesperó luego de Mayo por difundir entre las masas el Contrato Social de Jean Jaques Rosseau, lo que le valió la persecución y el posterior asesinato por parte del Directorio. Desde sus orígenes, las tendencias revolucionarias en la Argentina se dividen entre la democracia y la censura, la inafamia estatal o el anarquismo, las coordinadoras o la dictadura militar, las asambleas populares o los sindicatos de Moyano.

Finalmente, quizá el gran aporte del marxismo a la historia antigua haya venido por parte de GEM de Ste Croix, que seguramente Juanelo García jamás leyó. Demostró con minuciosidad que la caída del imperio romano no fue una cuestión metafísica sino la consecuencia de dos siglos de bacuadas, esto es, levantamientos populares entre las provincias romanas en apoyo a los invasores germanos. Sometido al despotismo, “los colonos del campo veían en los látigos del invasor un mejor castigo que los escorpiones de Augusto”. Ante el imperio, la masa se apoyaba en el mejor déspota, convertido más tarde en señor feudal. La decadencia del imperialismo, por su parte, lo ha dividido en infinitas naciones e intereses diversos, la penetración capitalista en China y Rusia, sobre todo, han potenciado el costado colonial de los antiguos regímenes orientales. Más que Mao Zedong o Lenin, Putin y Xi Xiping representan la enervación nacional de los viejos despotismos zaristas o monarquías chinas, ahora, travestidos detrás de las conquistas de las grandes revoluciones proletarias (y presionados por ellos). Allí sí, ningún sector de la izquierda ha sido capaz de observar con atención la penetración del Kremlin en América Latina, en particular en Chile, moviendo las fichas desde el primer momento para poner a disposición su capacidad experta en disolver al movimiento obrero organizado. Esa incapacidad le ha valido a la Cuarta Internacional la marginalización (al menos momentánea) en la Revolución. Una tarea elemental de la campaña electoral de la izquierda es transformarse en una tribuna de doctrina, agitación y propaganda revolucionaria para todo el continente. Hay que tomar postura urgente para las ejecutivas chilenas. La victoria del Partido Comunista traspasa automáticamente la lucha por el poder de este lado del mostrador. Recordemos que Lenin convocaba a los mencheviques a tomar el control del Palacio de Invierno cuando todavía los bolches no llegaban a su auge entre el pueblo.

Desde este punto de vista general – denso pero imprescindible para abordar la etapa-, las elecciones no podrán aislarse de las estructuras que rigen a la sociedad por más esfuerzo que hagan los gobernantes que, recuérdese, coquetearon hasta el final con su suspensión. De lo que se trata es de que  la deliberación política pueda potenciar la conciencia general de las masas, justamente el miedo que corroe a las fuerzas del Frente de Izquierda. El ascenso electoral no manifiesta la llegada al poder del proletariado pero lo reviste de un instrumento de agitación potente.

Las declaraciones de Néstor Pitrola rechazando ir a internas deben ser leídas, en términos futbolísticos, como cagazo. La popularización de un programa de poder entre la masa obrera pulverizaría en días a la dirección del Partido Obrero y hasta lo podría hacer perder las PASO, si es que los fenómenos sociales se aceleran como sucedió con Pedro Castillo en Perú.

Esta es la política que defiende 1917 de cara a la Conferencia Electoral de la Tendencia del Partido Obrero.

Escribió Maxi Laplagne