¿Qué es el movimiento piquetero? | Luis Oviedo

El movimiento piquetero es la creación más genuina de la clase obrera y de las masas explotadas argentinas en los últimos veinticinco años. Como toda creación obrera, debió ganar su derecho a la existencia en una lucha tenaz contra las instituciones del Estado, desde el Ejecutivo, el Parlamento y la Justicia -que lo reprimieron, y lo reprimen, con saña- hasta la Iglesia, los partidos patronales y la burocracia de los sindicatos (integrada al Estado). Nace de una necesidad vital para la masa trabajadora (y no sólo de los desocupados en particular): la lucha contra el desempleo, que con el menemo-cavallismo adquirió dimensiones de catástrofe, ante el absoluto abandono de los desocupados y de sus reivindicaciones por parte de la burocracia oficial de los sindicatos.

En la medida en que «organiza a los desorganizados», el movimiento piquetero es, en sí mismo, un freno al intento de la burguesía de atomizar a la clase obrera a través del desempleo. En ese proceso de organización jugó un papel decisivo un experimentado y combativo activismo obrero que, como consecuencia de los despidos y la persecución patronal, había quedado fuera de las fábricas, de las obras y de los yacimientos.

El movimiento piquetero ha sido el protagonista excluyente de las grandes luchas populares que han conmovido a la Argentina en los últimos seis años, que han volteado ministros y gobiernos, que han movilizado a cientos de miles de trabajadores y explotados, que han revolucionado la vida interna de los sindicatos y que han promovido a una nueva generación de dirigentes obreros y populares. Las grandes puebladas, los cortes de ruta de los desocupados y hasta las mayores luchas sindicales de los últimos años se han desarrollado con la oposición de las direcciones oficiales de los sindicatos e, incluso, en gran parte, fuera de los propios sindicatos dominados por la burocracia. En el cuadro del furioso ataque a las condiciones de vida y de trabajo de las masas lanzado por los capitalistas y sus gobiernos, el movimiento piquetero es el único que puede exhibir conquistas y victorias. La burocracia oficial de los sindicatos sólo puede mostrar retrocesos, liquidación de conquistas históricas y las peores derrotas -las que se producen sin lucha- que desmoralizan a los trabajadores y fortalecen a sus enemigos.

El piquete y el corte de ruta son el esfuerzo por hacer prevalecer la voluntad colectiva de la clase obrera y de los explotados por sobre la de la burguesía, cuya explotación social asume la forma de ‘derechos individuales’ (violentados por el piquete). “Mientras haya desocupación, las rutas serán nuestras” advertía una declaración ‘navideña’ de los piqueteros de Varela-Berazategui a fines de 1997.1 El piquete constituye un instrumento de educación política para la masa porque desnuda la ficción de la ‘democracia’ como el reino abstracto de los ‘derechos y garantías’ de ‘ciudadanos’ iguales ante la ley: el régimen político y el orden jurídico garantizan efectivamente el derecho del capitalista a explotar a los trabajadores y a despedirlos cuando le viene en gana, pero no garantizan el ‘derecho al trabajo’ a millones de desocupados; sólo el piquete -es decir la acción coactiva y colectiva de los explotados- puede garantizar ese derecho en la práctica.

La clase obrera está históricamente determinada; aunque sea obligada a retroceder, sus experiencias de lucha, sus conquistas organizativas y programáticas no desaparecen; forman parte del sustrato de su memoria y de su conciencia colectiva. Es natural, entonces, que el movimiento piquetero renovara, bajo nuevas condiciones, la tradición histórica de la clase obrera argentina: entronca con los piquetes anarquistas y socialistas de principios de siglo, de la Semana Roja de 1909, de la Semana Trágica de 1919 y de la Patagonia Rebelde, masacrada por los De la Rúa de la época; con los grandes piquetes de huelga de la Década Infame y con los combativos piquetes obreros de la época de la dictadura ‘Libertadora’ y del gobierno de Frondizi, y con los Cordobazos, Rosariazos, Tucumanazos y las grandes puebladas de fines de los ’60 y comienzos de los ’70. Los piquetes forman parte de la tradición obrera argentina desde hace más de cien años. Han regresado bajo nuevas circunstancias, no sólo como organización de los desocupados para quebrar la dictadura patronal que le niega al trabajador el único derecho verdadero que le asiste bajo el capitalismo, el derecho a ser explotado, sino también como organización que une al desempleado con el ocupado en una lucha común por el trabajo y por el salario. Esta ha sido la función de los piquetes en los grandes paros generales de los últimos años.

Donde con más claridad se ha visto esta fusión entre el movimiento piquetero y los trabajadores ocupados es en el norte de Salta, donde el piquete logró la incorporación de trabajadores a las obras, quebró el infame convenio de la UOCRA y cortó las rutas en reclamo de aumento de salarios. “No es casual que una parte de los piqueteros que están a la cabeza de la organización en el Norte sean trabajadores ypefianos que han perdido el trabajo pero no la conciencia de la necesidad de su propia organización, de la acción directa frente a un régimen de fuerza y de coacción contra los trabajadores y de una lucha común con todos los que viven de su trabajo. Los delegados de ayer en el SUPE hoy toman lista rigurosamente en las asambleas y en las movilizaciones para educar en una organización de características militantes y de clase”.2 Por eso, sólo una observación superficial del movimiento piquetero, en su exterioridad, justifica afirmar que “(los cortes de ruta) cuestionan el punto de vista tradicional de la clase obrera industrial como el sujeto más importante de la lucha de clases”.3 La fusión entre el trabajador ocupado y el desocupado es, en definitiva, la pueblada y la Asamblea Popular.

El movimiento piquetero comienza a organizarse a comienzos de 1995, en la época en que se preparaba la reelección de Menem, bajo la forma de comisiones de desocupados en el ámbito municipal (o incluso a nivel barrial), en particular en Neuquén. Su desarrollo está indisolublemente ligado al derrumbe del peronismo. “El hecho significativo es que la gente que todavía en el ’95 votó por Menem es la protagonista fundamental de los cortes de ruta. Las corrientes peronistas que se fueron del menemismo en el ’89 no son las que cortaron las rutas; los que cortan las rutas fueron los que todavía en 1995 votaron por Menem, los que todavía creían que alguien del peronismo los podía sacar de la debacle. Por eso la brutalidad de los cortes de ruta; la reacción de la gente está en proporción directa al tamaño de su decepción y a la brusquedad de su desilusión”.

En los años de ascenso de la Alianza (mediados de 1997 a fines de 1999), el movimiento fue parcialmente confiscado por los partidos y tendencias que actuaban en su nombre, el Frepaso y la CTA. Pero la Alianza -de la cual la CTA se consideraba su “pata sindical”- era, por su propia naturaleza, antipiquetera. Surgió a mediados de 1997, después de los Cutralcazos y el primer Tartagalazo, según lo explicó el propio Alfonsín, “para canalizar la protesta”, es decir para abortar las posibilidades de su desarrollo independiente. La central “alternativa” se esforzó por cooptar a una parte de las direcciones de los movimientos que habían surgido y subordinarlas políticamente a la Alianza e integrarlas al Estado. La “confianza” en el “progresismo” e incluso la cooptación de ciertas direcciones del movimiento de desocupados por parte de una fuerza política esencialmente antipiquetera desarmó políticamente a esos movimientos, los desnaturalizó y hasta los llevó a su disolución.

Con el vertiginoso fracaso del “progresismo” aliancista, el movimiento piquetero vuelve al primer plano, pero ahora con una inusitada proyección política nacional. Es mucho más que “una forma de protesta contra las políticas de estabilización”.6 Había pasado del movimiento puramente reivindicativo y de reclamo de asistencialismo social, a formular programas políticos que levantaban reivindicaciones históricas de la nación atrasada (como la reestatización de YPF) y que planteaban en perspectiva, la transformación social de la Argentina e, incluso, el gobierno de los trabajadores.7 El movimiento piquetero había pasado de los cortes de ruta aislados a la huelga general y al plan de lucha nacional. Había pasado de organizar a los desocupados a incorporar activamente a sectores obreros industriales. Junto a estas transformaciones, el movimiento piquetero había procedido de una manera sistemática a la selección y reselección de sus cuadros y dirigentes a través de la experiencia de la lucha de masas y de la lucha política. Casi ninguno de quienes están hoy a la cabeza del movimiento piquetero tenía una participación dirigente en sus inicios. El ejemplo más claro de esta selección sistemática es el de los piqueteros de Tartagal y Mosconi: los compañeros que hoy están al frente, aunque estuvieron desde el principio en el movimiento, son la tercera “generación” de dirigentes piqueteros.

El movimiento piquetero reúne a distintos componentes sociales explotados, desde los obreros industriales desocupados que pasaron por la experiencia de la lucha sindical, a una enorme masa empobrecida de los barrios, de jóvenes y de amas de casa, que no ha pasado por la “escuela” de la fábrica y el sindicato. En esta “mezcla” radica su riqueza y su vitalidad pero también su heterogeneidad. Es el movimiento popular más politizado de la Argentina; en su seno actúan las más variadas tendencias políticas, desde un ala revolucionaria -que lucha por la independencia política del movimiento, por la fusión de la lucha de los trabajadores ocupados y desocupados y por la fusión de la lucha reivindicativa y política para darle una salida de conjunto a la clase obrera- hasta una tendencia pequeñoburguesa y burocrática, políticamente subordinada a los políticos burgueses “de izquierda” y partidaria de la integración al Estado. Lógicamente, entre estos dos polos existe una amplia gama de “grises”. En el seno de este movimiento se libra una aguda lucha política, de tendencias, programas y partidos. La creciente proyección política del movimiento piquetero expresa la transformación de la conciencia de una amplia vanguardia obrera y de una fracción de las masas en dirección a la independencia de clase.

El movimiento piquetero se ha transformado en un referente para todos los movimientos de lucha de los explotados de la ciudad y el campo, expresando la tendencia de la clase obrera a convertirse en la dirección de la nación oprimida. En la medida en que aparece como una autoridad política para las masas en lucha frente al Estado, plantea, en perspectiva, el poder de los explotados.El movimiento piquetero argentino tiene, incluso, una proyección internacional. No sólo por el inocultable interés que ha despertado entre partidos e intelectuales de izquierda de todo el mundo este enorme esfuerzo de tendencias, corrientes y militantes por organizar a los desocupados y por las puebladas que ha protagonizado a lo largo de estos seis años contra distintos gobiernos y con distintas direcciones políticas . Este interés se manifiesta en los estudios y análisis que le han dedicado importantes revistas internacionales.

El ejemplo de los desocupados argentinos se ha extendido al Uruguay, donde se ha formado una Unión de Trabajadores Desocupados (UTD) que agrupa nacionalmente a los desempleados y que ha participado como «observadora» en el último Congreso del PIT-CNT, la central sindical uruguaya. En la declaración aprobada en su Convención fundacional -realizada en Fray Bentos, a mediados de 2001- la UTD de Uruguay reivindica expresamente la lucha y la experiencia de los piqueteros argentinos.

Los explotados argentinos no pueden esperar nada de la Alianza o del PJ -o de sus versiones de ocasión, como la Carrió o Farinello- ni de las instituciones del Estado ‘democrático’, excepto más explotación y entrega nacional. Para los explotados argentinos, la salida depende, en una medida sustancial, de la evolución política del movimiento piquetero en el sentido de su plena independencia de clase, de la maduración, el desarrollo y el fortalecimiento de sus tendencias revolucionarias y de su efectiva transformación en un caudillo nacional.

Luis Oviedo | Otoño de 2002

Deja una respuesta