Reflexiones sobre la educación capitalista en pandemia

Escribe Tomás Bombachi

Paulo Freire, un emblemático pedagogo brasileño, decía que la crisis no es propia de la educación, sino que es la crisis del sistema socioeconómico en el cual estamos insertos, y esto se refleja en la educación. Podemos afirmar que estamos en medios de tres pandemias: la médica (virus, contagios, muertes), la económica (que está golpeando y seguirá haciéndolo) y educativa (escuelas cerradas, sueldos congelados, bonos que no llegan, alumnos y alumnas sin acceso a internet).

Queda a la vista que la educación es la mayor deuda de este país. Se estima un 45% de abandono escolar. La confrontación a esta crisis educativa no es pedagógica, sino política. Es la clase política la que decide por la educación. El motivo principal de haber llegado al estado donde la cultura y la educación sólo tienen valor simbólico y no material, donde el presente significa valorar el capital cultural frente a la precariedad estructural, fueron los largos años del alevoso desfinanciamiento a la educación, perpetuados en las elecciones de la clase política que elige sobre el país. Si la argentina no produce conocimiento cultural, es una decisión política.

Durante la pandemia no se hizo nada por la educación. La deserción fue masiva en el sector primario y secundario. Que algunos/as hayan continuado los estudios fue posible por las acciones individuales, tanto del cuerpo estudiantil como del cuerpo docente. Sus propias herramientas de trabajo, su casa, internet, tiempo de corrección y preparación de clases no arancelado.

Durante la pandemia el gobierno fue fiel representante de las empresas privadas de telecomunicaciones. Les garantizó monetizar el monopolio de todo el giro tecnológico que implicó la pandemia en el mundo educativo, ni se le cruzó por la cabeza estatizar los servicios de teléfono e internet.

¿Y su hubieran liberado la conexión en las zonas más precarias? ¿Y si hubieran designado un celular por familia para garantizar la continuidad escolar? Tampoco se pensó en el cuerpo docente: el primer protocolo de la Ciudad de Buenos Aires por la vuelta al aula fue totalmente rechazado.

La pandemia dejó en claro varias cosas. Una de ellas es la gestión capitalista del sistema educativo que pone en funcionamiento una expulsión cada vez más aguda de las clases más desfavorecidas. El contexto económico inestable y sin planes económicos rígidos para proyectar un futuro también restringe la posibilidad de elección del estudiantado: con sueldos preocupantemente bajos en la docencia y el escaso financiamiento para becas de investigación, resulta muy difícil inclinarse a estudiar una carrera universitaria ¿Por qué en un país no hay políticas sistémicas reales y productivas de beca o subsidios de estudio? La educación capitalista, de esta forma, legitima el privilegio de las clases altas y pudientes.

En todo el mundo y en nuestro país de la mano del ministro massista de educación Nicolás Trotta la gestión capitalista de la pandemia fue utilizada para atacar encubiertamente la educación pública. Se gestó la idea de que la educación privada pudo mantener las clases virtuales durante los últimos seis meses mientras que las complejidades de la educación pública estuvieron a la vista. Esto es falso por dos razones: la educación pública cayó en picada porque no se puso un peso para su desarrollo digital en pandemia y la educación privada fue sostenida sobre la base de la hiperexplotación al cuerpo docentes.

Podemos pensarlo desde otra óptica: ¿cuánto vale comprar un libro nuevo? Las editoriales que se destacan por sus maravillosas traducciones, introducciones críticas y calidad editorial, como Colihue, Fondo de cultura Económica o Gorla, un libro nuevo no baja de los $1000. ¿Es posible pensar subsidios para libros escolares y académicos, sabiendo que gran parte de la deserción escolar es producto de la imposibilidad de comprar apuntes, útiles y libros de estudio? La desigualdad económica, en tanto división de clases, produce que el futuro educativo no sea el mismo: el hijo o la hija de un/a obrero/a tiene menos posibilidades de acceder a la universidad. La desventaja educativa está planteada según el origen social, económico y geográfico.

La cuestión no se agota acá: lxs estudiantes heredan saberes y “buenos gustos” para la vida académica si vienen de padres y madres académicos o graduados. Desde cualquier terreno que se los mida, aquello estudiantes tienen conocimientos muchos más ricos y más extendidos cuando su origen y origen socio-económico es más alto. ¿Estamos diciendo con esto que la gente de estratos socio-económicos bajos no puede acceder a la universidad? No. Estamos diciendo que las probabilidades son menores y, si las ignoramos, seguirán así. Un sistema educativo de esta forma sólo ayuda a perpetuar la jerarquía y el privilegio de las clases pudientes. Para los individuos provenientes de sectores más desfavorecidos, la educación es el único camino de acceso a la cultura y de crecer dentro del mundo laboral. La democratización del acceso a la cultura es uno de los objetivos principales de y para la clase obrera.

La salida de la crisis de esta pandemia mundial sin lugar a dudas tiene un camino comunal, de cooperación y de solidaridad: ¿No dejó en claro esta pandemia que es necesario un vasto sistema de salud efectivo, gratuito y que alcance a todxs? ¿No dejó en claro ya la pandemia la urgencia de optar por espacios verdes y, por una vez en la historia, dejar con las ganas a los grupos inmobiliarios que quieren construir mega-torres pasando por alto las necesidades ambientales y ecológicas? Basta de negocios para pocos, basta de arreglos entre el Estado y los sectores privilegiados.

La realidad no es así, la realidad está así. Es necesario pensar la actualidad del sistema capitalista: ¿qué tan frágil tiene que estar para que el mercado mundial fuese desmoronado por un virus? Parece, y efectivamente lo es, que la forma normal de funcionar que tiene este sistema es proponiendo crisis y pandemias. Hace falta una solidaridad plena y una respuesta coordinada a nivel mundial porque la gestión capitalista de la educación se ha mostrado como un fracaso para los enormes desafíos que afronta la humanidad. Hay que pensar nuevas formas del comunismo. Un nuevo fantasma aparece en el horizonte.

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