¿Se debe romper el Partido Obrero? | 16/2/19

Aristóteles, Cicerón y los analistas del discurso contemporáneos coinciden en definir como “retóricas” a las preguntas cuyo objetivo radica en asentar de antemano la respuesta. “¿En qué idioma querés que te lo diga?” le pregunta la madre que sólo sabe español a su hijo de cuatro años. “¿Corresponde una escisión en el PO?” le pregunta Lipcovich a los militantes constructores de un partido revolucionario, quienes enfrentan día a día las presiones sociales que ello implica.

Lipcovich sabe que nadie le va a responder: “Sí, Alejandro, es necesaria una escisión”. Allí entonces la trampa: las preguntas retóricas esconden un significado de fondo diferente al de su literalidad. La madre, en realidad, le está avisando a su hijo que está cansada de decirle siempre lo mismo y que éste no le haga caso. La pregunta de Lipcovich, por su parte, esconde la extorsión hacia los compañeros que enfrentan la política burocrática y la desorientación de la mayoría del Comité Central: “si criticas, vas a romper el partido”. Y sin embargo, obsérvese que el señor Lipcovich, ex miembro de la dirección nacional y ex presidente de la FUBA, es el primero en referirse a una escisión. Cualquier psicoanalista encuentra aquí un acto fallido. Los marxistas intentamos darle un marco de clase a todos los actos, incluso los equívocos.

Para empezar, el texto extorsivo de Lipcovich tiene un error cronológico básico. No sabemos si por intención o por ignorancia afirma que de la ruptura de la II Internacional partirán las premisas para la Revolución de Octubre. Esto es tan simple de corregir como googlear: la Revolución de Octubre es en 1917 y la III Internacional se funda en 1919. Lipcovich, que no se tomó ni el trabajo de corroborar este dato en la web, demuestra que fruto de sus concepciones políticas es capaz de decir varias barbaridades. Así, empezamos a captar que a Lipcovich le es imposible comprender el carácter de clase de las rupturas de las organizaciones revolucionarias y sus debates internos. No hay ruptura sin un contexto social y político que la empuje. La III Internacional es fruto de una combinación de factores sociales que tienen como base el estado de ánimo de las masas y su repercusión en la vanguardia obrera. Nacerá de la experiencia bolchevique en Rusia, del ascenso revolucionario y su posterior derrota en Alemania, de la tendencia en toda Europa a la insurgencia de la clase obrera y, sobre todo, de la bancarrota política y teórica de la socialdemocracia. Lipcovich, en cambio, omite cualquier referencia al contexto político actual.

Los errores de Lipcovich se vuelven más profundos a medida que uno avanza en su texto. Con absoluta pedantería hace una diferenciación entre lo que denomina “verdaderas escisiones” en la historia del marxismo y “escisiones como farsa”. Dentro de las primeras, ubica las rupturas de la Internacional y la separasión entre bolcheviques y mencheviques de 1903. Dentro de las segundas, solamente a las rupturas del morenismo, las cuales todas ellas habrían tenido la misma característica: el egoísmo y el capricho de algún miembro del MAS. Prepara con un salto de trampolín el pase de factura: si el Partido Obrero se rompe va a ser por el capricho de Ramal y Altamira.

Antes de pasar a este punto nodal nos corresponde desmentir la burda afirmación de Lipcovich: contra lo que dice sin fundamentar, incluso aquellas rupturas que a priori se presentan como fruto del capricho individual, tienen su explicación política.

Sería tedioso detenernos en todas las rupturas del trotskismo en la historia argentina sobre las cuales Osvaldo Coggiola escribió un riguroso trabajo. Pero sí, en cambio, basta con afirmar que contra lo que presupone Lipcovich, el Partido Obrero ha estudiado con minuciosidad estas rupturas en las páginas de Prensa Obrera. De esta forma, en vez de afirmar que la formación de la Tendencia Bolchevique Internacionalista en 1988, posteriormente corporizada como PTS, se trataba del capricho individual de sus miembros, la conformación del PTS comprobó en aquel año la caracterización del Partido Obrero en relación al carácter democratizante, electoralista, burocrático y derechoso que asumía en aquel entonces la dirección del MAS. El PTS surge como una ruptura política por izquierda a su dirección exigiendo “solidaridad con las luchas internacionales” y denunciando el “nacional trotskismo del MAS”. Sin dejar de remarcar los límites políticos del incipiente PTS, así lo hemos celebrado en las páginas de Prensa Obrera y lo propio hizo Altamira en su libro La estrategia de la izquierda en la Argentina. Por su parte, hemos demostrado el carácter político del silencio del MAS frente a esta ruptura, el cual “ha preferido la vía de la escisión porque necesita más que nunca conservar todo el control organizativo capaz de asegurarle la aplicación de una política electorera” (Altamira, 1989). Clasificar de “farsa” a todas las rupturas de la historia del marxismo argentino es una verdadera truchadaque esconde los objetivos fundamentales del señor Lipcovich.

Con toda su introducción, Lipcovich intenta sentar las premisas (que ya se probaron falsas) para demostrar que el Partido Obrero atraviesa un proceso de ruptura “como farsa” similar a los del morenismo, es decir, que no tiene ningún carácter revolucionario de principio; estoaunque varias de las rupturas del MAS sí lo hayan tenido y él lo niegue. Como decíamos más arriba, Lipcovichbuscadefender que Altamira y Ramal intentan romper el partido por un capricho. A partir de este capricho se habrían puesto a trabajar en la “construcción de un programa que fundamente su razón de ser” (sic.). Así, las más de mil quinientas notas publicadas por Jorge en la historia de Política y Prensa Obrera, sus esfuerzos de delimitación con todos los movimientos y partidos de la historia política argentina, sus trabajos en la clandestinidad, la lucha de Marcelo Ramal por organizar al movimiento de derechos humanos contra la dictadura militar, sus esfuerzos por poner su escaño a disposición de la lucha por la vivienda digna en la Capital, se borra toda, absolutamente toda la trayectoria política proletaria y revolucionaria de estos dos “caprichosos” que ahora pretenden romper el Partido Obrero por su puro narcisismo. Algo huele mal.

Para Lipcovich la prueba letal de que no hay ningún debate de principio entre la mayoría y la minoría del Comité Central es que los debates son “cambiantes” (sic). Sería en todo caso aburrido – con la importancia que Pablo Rieznik le otorgaba al divertimento en política – dar vueltas siempre sobre un mismo punto. Y sin embargo, su afirmación es otra vez falsa y ahora contradictoria en sus propios términos. Luego de decir que los debates son “cambiantes” y que eso demuestra su caprichosidad define en ¡tres renglones! todos los debates que desde el año 2016 se han dado no sólo en el Comité Central sino, y esto de forma fundamental, en círculos de todo el país. Los debates “cambian” pero los logra resumir en una oración. De vuelta algo suena mal.

Por supuesto que varios de estos debates no fueron reflejados en el Boletín Interno y que hasta hace unos años tenían un carácter incipiente, pues incluso los partidos más profesionalizados necesitan procesar sus discusiones y divergencias en un tiempo prudente. Así y todo, por el boletín interno han pasado decenas de estos debates con protagonistas de todo el país escribiendo en relación a sus divergencias con la estrategia política elegida por la dirección nacional, sobre todo, desde la llegada del macrismo al poder. Sin embargo, debemos decir que Lipcovich ha hecho un resumen a su entender de cinco años de debates estratégicos que sólo se basa en una de las críticas a la dirección: la adaptación al parlamentarismo y su consecuente burocratismo. Que esto sea cierto, Alejandro, no quiere decir que sea lo único. Un resumen incompleto es otra farsa mal intencionada.

Detengámonos nosotros sobre el carácter “cambiante” que según Lipcovich desestima los debates porque él no dice absolutamente nada al respecto más que el adjetivo. No sabemos si se trata de una crítica política, moral, científico o qué. Entonces nos toca tomar la iniciativa: digamos que cualquier debate político digno de durar algunos años merece ser “cambiante”. El Partido Obrero no podría basar su estrategia política en criticar durante diez años consecutivos la reprivatización kirchnerista de YPF sino más bien conviene modificar la crítica de acuerdo a los hechos cotidianos. La crítica, de esta manera, cambia. Y sin embargo, sostiene una delimitación política de fondo, en el caso de YPF, con la burguesía nacionalista.

En relación a los debates “cambiantes” del Comité Central, cualquiera que lea detenidamente y preste atención a las discusiones puede captar que a pesar de los cambios subyace una crítica de fondo a la dirección nacional: la falta de una visión y su consecuente estrategia de conjunto para intervenir en la crisis de régimen que se desata en la Argentina y América Latina. La burocratización, la adaptación al electoralismo, la falta de delimitación con el PTS y todas las variantes que nombra Lipcovich son efectos accesorios de esta críticade primer orden. De aquí se deriva que una de las discusiones centrales de la etapa consista en la importancia de la agitación (y no sólo la propaganda) de la Asamblea Constituyente. Pero cuando Lipcovich ve que se acerca a este tema dice literalmente: “no quiero meterme en la consideración sobre su pertinencia o no de su agitación en la crisis actual”. Es decir que decide atacar a la minoría pero sin hacerse cargo del tema más importante en discusión. En el barrio a eso le decimos tirar la piedra y esconder la mano.

Sin embargo, Lipcovich decide meterse en otros asuntos que sí parecen importarle en relación a la Asamblea Constituyente. A su corto entender, el problema del debate se resume así: “la minoría dice que si el Partido no adapta la consigna de la asamblea constituyente el partido está adaptado al régimen”. ¡Qué pedantería para resumir una posición tan desarrollada en la historia de nuestro partido! Libros enteros tirados a la basura, sobre todo Asamblea Constituyente, ¿qué debe hacer la izquierda? ¿Realmente alguién puede creer que Jorge Altamira aplica ese formalismo tan básico para dar un debate al interior del Partido que fundó, defendió en la clandestinidad y por el cual militó más de cincuenta años? Sin embargo, para no caer en remarcar la importancia del rol dirigente de Jorge Altamira que tanto molesta a la dirección pasemos a profundizar.

El problema de la asamblea constituyente, Alejandro, no es que la mayoría del Comité Central se niegue a establecerla como consigna central de agitación, sino que la poca “iniciativa estratégica” que le queda a la burguesía nacional para escapar a la crisis de la que no puede huir hace más de treinta años en la argentina empuja a la necesidad de una reforma política integral, pues – como se demuestra en que el año 2018 haya sido el año con menor acción parlamentaria en la historia democrática del país – la burguesía ya no puede gobernar como lo venía haciendo. La crisis política, en su sentido estricto, adquiere un matiz central en la etapa y frente a ella al Partido Obrero le queda la posibilidad de observar los hechos para luego lamentarse de la derrota junto a la clase obrera o tomar él mismo la iniciativa que le otorgue al proletariado la posibilidad de intervenir en la crisis política que en Europa ya tiene color amarillo y chaleco. La asamblea constituyente en el momento en el que las masas aún no emergen en la escena política de forma definitiva educa a la clase obrera en la necesidad de una comprensión política de conjunto frente a la acuciante crisis en la que más de mil obreros reciben la carta documento de despido por semana. En este caso le decimos al obrero: “¿Sabe cómo terminar con esta crisis? Gobernando usted mismo junto a su clase en una asamblea constituyente”. De allí que negar la centralidad de la consigna deriva en una adaptación al régimen que busca las mil y unas maneras de esconder su propia crisis política.

El problema de la consigna adquiere un carácter urgente. Es que, durante una rebelión popular consumada y coordinadoras obreras renacidas (no digo gestadas porque el año ya ´75 las vio nacer masivamente) la consigna adquiriría otro carácter, en ese caso, el de oponerse al hecho consumado de que las masas ya están luchando en sus propios organismos. Buscaríamos en ese caso otra variante de intervención que empuje al proletariado a su consciencia por el poder “despidiendo con honores” (Altamira 2019, sic.) a la asamblea constituyente. Pero hoy, febrero de 2019, es necesario establecer la consigna constituyente en términos políticos de forma central. Esto a Lipcovich le parece algo menor. Sin embargo, lo contrario – el rechazo a la consigna – es una adaptación al régimen pseudo democrático que busca las mil y unas maneras de esconder su crisis política. Tan bien la esconde que hasta a la dirección del Partido Obrero le cuesta encontrarla. Mediante la convocatoria a una constituyente obrera queremos transformar el régimen pseudo democrático en uno realmente democrático y, por ende, destruir el Estado capitalista dando pie a un nuevo régimen político: la dictadura del proletariado. Estos procesos ya se viven de manera incipiente en América Latina con la revolución boliviana y cubanas como principios emergentes. En la Argentina de las coordinadoras fabriles del ´75 y la asamblea nacional de trabajadores del 2001: ¿Vamos a cortar nosotros el hilo dialéctico de la historia?

Ya con esto sería suficiente para para admitir el carácter estratégico de los debates entre la minoría y la mayoría de la dirección que, por otra parte, es un debate entre varios sectores de las bases del partido y sus direcciones intermedias. Pero Lipcovich quiere profundizar aún más. Para ello recurre otra vez a la supuesta simpleza de todos los asuntos y afirma que el problema de si la burguesía posee o no la iniciativa política – en particular en América Latina – es un problema menor que resolvemos mirando un “Altamira Responde”. Claro, desde un punto de vista teórico, todo problema es menor y sólo afectará al interés más o menos certero de un lector u otro. Los problemas, en cambio, adquieren su matiz estratégico en la práctica y en la simple formalidad de que si un partido posee una posición teórica desacertada en relación a su estrategia política general, entonces puede ver pasar cualquier tipo de crisis por sus ojos sin intervenir o, casi peor, llegar tarde.

El derrotero teórico de cincuenta años de historia del PO, cien del leninismo y doscientos del marxismo al afirmar que la burguesía aún posee las condiciones para imponerse políticamente a su piacere sin la intervención de las masas o sin dejarle la iniciativa a la izquierda revoluionaria es otra consecuencia del paño en los ojos que implica el electoralismo burdo y berreta. Desde que las fuerzas productivas han encontrado un límite insuperable en su crecimiento y la tasa de ganancia capitalista sólo puede ser elevada en su plano “constante” y no “variable” la burguesía ha perdido su capacidad de tomar la iniciativa y proyectar su poder político. La democracia más formal del mundo vio nacer en sus filas a Trump tras la derrota de Berny Sanders mientras se desploman sus inversiones como consecuencia del capital ficticio acumulado y el abaratamiento del valor trabajo que implica su dominación imperialista en el globo terráqueo. Afirmar que América Latina se exceptúe de la crisis yanqui, como se deriva de las tesis de Giachelo, es una barbaridad que sólo quien aspira a despolitizar un partido obrero y reemplazarlo por slogans marquetineros para ganar votos puede llevar a cabo. Pero peor aún, la falta de una táctica y la ignorancia política como la que manifiestan los escritos de Pablo Giachelo, Juan García y Gabriel Solano hacen que durante tres meses de profunda crisis, movilizaciones de masas en el Conurbano, una rebelión universitaria, una huelga docente de semanas y una histórica intervención del movimiento femenino, el Partido Obrero no haya pasado de pedir en el parlamento y en algunos pocos medios de comunicación un juicio político y una consulta popular vinculante ¿Ve Lipcovich cómo en la práctica las cuestiones estratégicas adquieren un matiz catastrófico?

Según Lipcovich, la minoría intenta “apropiarse del catastrofismo”, y para ello intenta una formulación ¡en cuatro renglones! sobre lo que él entiende como la verdadera concepción marxista del catastrofismo y que unificaría a todo el partido. Según este maravilloso poder de síntesis todo el catastrofismo se reduce a que en el capitalismo “lo que persiste son los desequilibrios y no los equilibrios” y que “la burguesía intenta encubrirlo con fachadas” (sic.). Punto. Eso es todo el catastrofismo que elimina las diferencias entre Ramal, Altamira, Solano, Pitrola y hasta podríamos decir Nicolás del Caño pero también Lilita Carrió y José Luis Espert. Con la pluma de Lipcovich, ¿para qué fueron necesarios más de mil cálculos de Marx en el tomo III de El Capital para medir la tasa de ganancia? ¿Para qué escribió Lenin contra el menchevismo anunciando la “catastrofe que nos amenaza” y ni que hablar de El Imperialismo? ¿Y Pablo Rieznik? ¿Para qué gastó tanto tiempo en explicar que lo más importante de la teoría catastrofista es explicar que, justamente, de los enormes desequilibrios del capital surgen las potencialidades de la revolución pero que para ello lo más importante es la educación política de la vanguardia del proletariado? Es decir que, según la tesis que nuestro partido defiende desde su fundación, el catastrofismo no es una mera descripción política económica de los hechos, sino fundamentalmente la intervención revolucionaria del Partido entre la clase obrera.

Esto significa que, para reivindicarse catastrofista en los términos que lo entiende el Partido Obrero cuando la catastrofe se manifiesta de la forma en que lo hace en Argentina, con casi un cincuenta por ciento de pobreza y una miseria social desgarradora, lo más importante es intervenir ¿cómo? con una estrategia política ¿y cuál es la estrategia política adecuada para la etapa? la lucha por una asamblea constituyente impulsada por la clase obrera. Las teorías, estimado Lipcovich, no se apropian: se defienden en la práctica. Así, por más que un médico se autoconvenza de su darwinismo, dejará de serlo cuando rece a Dios por la salud de su paciente. Lo que sucede en este caso es que Lipcovich reivindica un catastrofismo teórico en vez de práctico. La misma crítica llevaba a cabo Rosa Luxemburgo contra la dirección socialdemócrata alemana que suscribía a los textos de Marx pero actuaba para aplastar al proletariado y la revolución.

Tras hacer, ahora sí, referencia a En defensa del catastrofismo (texto que Rieznik utiliza para defender el ataque de Claudio Katz a Jorge Altamira), Lipcovich pasa a afirmar que no hay muestras de que Gabriel Solano haya abandonado el catastrofismo. En realidad, lo que debería hacer Lipcovich es leer a Gabriel Solano y sacar las conclusiones por su cuenta. Pero es evidente que necesita ayuda. Le recomendamos la referencia a un año de boletines internos en los que Solano tilda a sus propios compañeros de “fatalistas” porque exigían la iniciativa política de la dirección del partido en el que militan. Y esto mientras nadie le decía a Solano “che, se está gestando la revolución” sino más bien “che, es importante preparar al partido estrategicamente ante la crisis política que se está desatando”. Pero quizá ya los leyó, y entonces le recomendamos que lo reinterprete a la luz de los hechos para luego entender las críticas de la minoría y de las bases del Partido en todo el país. Esto le puede ser útilpara dejar de afirmar que criticar a Solano es decir que este se alejó de la perspectiva revolucionaria. Esto es o una afirmación por su propia cuenta u otro acto fallido que, sin embargo, es falso. Nadie que critica a Solano dice que éste haya abandonado sus ganas de hacer la revolución, de la misma manera que no pensamos que ningún militante del PTS haya abandonado su afán por un mundo mejor. Lo que decimos, Alejandro, es que las acciones de Solano y de la dirección son equivocadas para llevar el partido a la revolución ¿hace falta más claridad? Siguiendo el pensamiento pedante y lineal de Lipcovich, por ejemplo, deberíamos afirmar que cuando Lenin votó en soledad (!) por la necesidad de la revolución obrera porque entendía el desfalco de su partido en el mes de Abril del ‘17 pensaba que todo su partido ya no deseaba la revolución. Lipcovich confunde deseo con hecho y al no ver los hechos tampoco puede dar cuenta real de la crisis partidaria más que, de nuevo, hechandole la culpa a Altamira. Veamos.

Contradiciendo todo lo anterior, Lipcovich finaliza su texto afirmando que existe una crisis en el Partido Obrero, es decir, que de premisas falsas alcanza una conclusión verdadera, algo que la lógica formal permite. Y allí, cuando tiene la oportunidad de volver a sus cabales otra vez yerra y ahora sí aparece la extorsión propiamente dicha. Es que, en su entender, al no haber diferencias de principios entre los sectores en disputa, entonces hay que dejar de “perder el tiempo” (sic.). Podemos interpretar el mensaje de la siguiente manera: “Si vos, Marcelo Ramal, dirigente histórico del PO, pensás que hay diferencias de principios con la dirección, yo te digo que no son así que mejor callate y no nos hagas perder el tiempo”. Si Marcelo y Jorge se han tomado enorme cantidad de tiempo en intentar explicarle a la militancia lo profundamente programáticas que son las diferencias que anidan al interior del Partido Obrero, en dos páginas Lipcovich le pide que se callen para preservar la unidad del Partido ¡cuando ninguno de los dos hizo mención jamás a la ruptura! Lo de Lipcovich es un despropósito que no se puede permitir: cualquier compañero que piense que tenga diferencias políticas, ya sean de principios, de táctica, de método o de cualquier tipo tiene que ser alentado a desarrollarlas a su vez que la dirección se tiene que dar los métodos para superarlas. Pero el problema acá no es que se esté gestando una ruptura que nadie infiere ni desea más que Lipcovich, sino que asistimos al agotamiento de una dirección que no puede responder a las crecientes demandas de la clase obrera.

Omitiendo esta cuestión, Lipcovich se pone a buscar causas para la crisis de Partido. Como todo lo que analiza intenta simplificarlo al absurdo, intentando tapar el sol con una mano. Todo el problema lo resume así: “Altamira dirigía todos los hilos del partido en el pasado, como ahora ya no lo hace está molesto porque el partido funciona perfecto” o al menos “da la impresión de funcionar mejor” (sic.). Entonces ¿hay o no hay crisis? Estamos frente a otro despropósito e incomprensión absoluta de la realidad material que atraviesa a un partido obrero.

Ninguna organización, en tanto los componentes de esta sean humanos, puede estar excenta de la crisis fundamental que atraviesa a la humanidad: la dirección del proletariado. Es evidente que la dirección del Partido Obrero procesauna manifestación de esta crisis y sus causas no pueden ser explicadas por meros episodios circunstanciales. Por caso, si Altamira defendiese las críticas de la mayoría, la base igualmente se hubiese levantado contra sus posiciones, lo que se demuestre en las decenas de compañeros que apoyan por su propio cuenta el documento alternativo al congreso. La explicación de la crisis de dirección debe ser dada en términos de clase, trabajo en el que será importante profundizar en otros escritos de mayor espacio. Por lo pronto, es muy simple de observar que el sector estudiantil pequeño burgués que dirigió durante varios años la FUBA ha logrado una enorme mayoría en el Comité Central en desmedro de sectores proletarios o desocupados. Este sector piensa la política en términos administrativos a la vez que la obtención de decenas de rentas del Estado por algunas victorias electorales ha conformado un enorme aparato de militantes que viven parasitariamente del Partido. Así, nos encontramos con compañeros que jamás militaron sin una renta política siendo responsables de frentes obreros, compañeros que afirman que su militancia es “trabajar en las redes sociales”, en “la secretaria de medios”, en cualquier otra “secretaría” y un sin fin de casos que han transformado al aparato del partido en un esquema burocrático con enormes compromisos materiales. Si a ello se le suma la enorme crisis que atraviesan todos los aparatos de contención del país (los sindicatos, la escuela, los punteros, el PJ, la UCR) y los enormes desaciertos (por ahora llamemoslos así con la esperanza de que sean remendados) políticos de la dirección tenemos las premisas para dar cuenta de un proceso de burocratización que las bases del Partido Obrero deberá enfrentar si pretenden construir un partido obrero.

El mismo proceso subyace en todos los partidos de izquierda, incluso en los más pequeños. La base del PTS reclama contra la política ultra electoralista de su partido que hace unos años se presentaba como obrerista a la vez que la base de “Poder Popular” se levanta contra los acuerdos por arriba de sus dirigentes con la burocracia sindical. El silencio de la dirección de nuestro partido sobre la crisis del PTS sólo muestra que hablar al respecto implicaría confesar el desprestigio que sufre entre nuestras filas la propia dirección. En otras palabras, sería asumir la propia crisis, algo a lo que el solanismo teme como a la peste. De todo esto Lipcovich no dice una palabra. Explica todo por la vejez de Altamira tal cual lo hizo Miriam Bregman durante la campaña electoral del 2015. Por su parte, Trotsky fue muy duro contra sus propios compañeros de la oposición de izquierda que intentaban explicar la burocratización del partido bolchevique por la mera muerte de Lenin, es decir, una circunstancia personal y eventual. No sólo el proceso había iniciado antes, sino que las raíces sociales de la Rusia atrasada implicaban esta posiblidad. La Argentina de los puteros, los corruptos de la AFA y los pedófilos que dirigen la CGT tiene un germen burocrático enorme que debemos combatir.

Lipcovich dice que los compañeros que hacen públicas en sus redes sociales las diferencias con la mayoría del Comité Central son “sectarios” y le irrita que hablen de “burocracia”. Esto es otra provocación. Como todo el resto del texto sólo funciona para hacerlos callar. Todo compañero es libre de decir absolutamente lo que quiere en el medio que quiera. Pensar con su propia cabeza y defender públicamente sus opiniones es la base fundamental para cualquier revolucionario. Lo contrario, esconder las diferencias, es el método de las sectas de las que no nos enteramos sus diferencias porque su repercusión en la vida de la clase obrera es nula.

En último lugar, Lipcovich hace una referencia con un juego de palabras muy pedante al referirse a “las mayorías” y “las minorías”. Dice que los revolucionarios no siempre estamos con las minorías, sino que a veces estamos con las mayorías, como en el caso de una fábrica votando mayoritariamente por la ocupación. De esta manera, no se entiende si pretende atacar a la minoría o simplemente busca transformarla en mayoría. “La minoría”, por su parte, busca orientar y dirigir al Partido Obrero en otra dirección. Esto para que no se repitan las situaciones a las que él hace referencia: mientras la mayoría de los obreros de AGR Clarín, incluidos nuestros compañeros, pretendía continuar la lucha bloqueando la puerta a la fábrica, la dirección del Partido hacía lo imposible por desanimar a los compañeros y poner todo su blanco en la campaña electoral.Contra el egoísmo pequeño burgués, la clase obrera argentina necesita un partido y el PO debe candidatearse para dirigirla. Quien no vea esa posibilidad no comprende el alcance histórico de un partido que enfrentó dictaduras y democracias en un continente oprimido por el imperialismo.

Fuera Macri, los gobernadores y el FMI. Por una asamblea constituyente libre y soberana.

Maximiliano Laplagne – 16/02/19

14 comentarios

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[…] El documento de la tendencia afirma que la mesa de control habría fracasado en intentar probar «vínculos irregulares» con Marcelo Ramal, algo que, en primer lugar y desde un punto de vista general es falso pero que, sobre todo, establece y define como «irregular» que un compañero se relacione conmigo. Es la caracterización que se le ha aplicado a la compañera Cata Flexer quien por luchar incansablemente por la conformación de la tendencia fue suspendida del partido un mes antes de la expulsión general de los 1200 militantes pero a quien también se la expulsó de todos los organismos de la tendencia sin otra objeción que sus relaciones «irregulares» (o sí, que «Maxi Laplagne es un foquista», dixit). Luego, si decía que en términos generales sea falso el hecho de que no existan vínculos con Marcelo Ramal es porque soy militante del partido hace ya casi catorce años en los cuales me desempeñe como consejero directivo en la universidad, presidente de mi centro de estudiantes, delegado del SUTEBA, además de que al interior del partido desarrollé con total compromiso responsabilidades de todo tipo, incluso estando en el equipo de dirección nacional de las elecciones que en el año 2015 lo llevaron a Ramal a legislatura porteña. Es decir que mis posiciones están en estrecha relación con el partido obrero y para ello no hace falta que existan vínculos carnales sino simplemente que se acepte mi existencia, la que es irrefutable al desarrollo de los eventos políticos porque desde hace tres años me he tomado el trabajo minucioso de intentar caracterizar paso a paso la etapa revolucionaria que vivimos aún bajo la prohibición de las dos tendencias del partido de dar a conocer mis posiciones. Tales posiciones, como se sabe, se encuentran en mi blog o en esta página. Jamás, nunca, en ningún momento, tuve intereses distintos a los políticos generales del socialismo en ninguno de mis aportes. He decidido también compartir el texto «del espionaje» para que se vea que se trata de POLÍTICA y de ninguna manera de ataques personales a ninguna persona: ¿Se debe romper el Partido Obrero? […]

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