Sólo el movimiento obrero derrotará la objeción de conciencia

12/12/2020 | 11:00 hs

Lo que ha hecho el gobierno nacional es una trampa, una traición sin escrúpulos al movimiento de lucha. Habían pasado doce meses, el gobierno se derrumbaba y la ley de aborto no aparecía porque en ningún momento tuvieron intenciones de avanzar contra el régimen eclesiástico. Habían festejado el primero de mayo de la cuarentena del 2020 con la cúpula de la iglesia católica y la pastoral evangélica que, meses después, les celebraron el desalojo en Guernica defendiendo la propiedad privada. Y sí, si desde 1492 la iglesia se ha apoderado de porciones infinitas de nuestra tierra. Recién en noviembre el gobierno «se acordó» del aborto pero, eso sí, acordando que las clínicas y la iglesia van a poder seguir defendiendo la propiedad privada de su consciencia pudiendo ser las mismas instituciones que lucran con el aborto clandestino las que decidirán si una mujer puede o no puede interrumpir su embarazo. Otra propiedad que se ha defendido es la del padre varón sobre las niñas de 13 a 16 años embarazadas, siendo que, como se cansaron de decir, «la revolución era de las hijas» y no de los progenitores.

Del día a la noche el gobierno tiró el fardo intentando marginalizar a los socialistas que, por supuesto, rechazaremos la injerencia del capital en los derechos femeninos, esto es, que sus instituciones tengan la última palabra a la hora de realizar abortos. La trampa que intentó Alberto Fernández es muy simple ¿qué? ¿vamos a salir a rechazar la ley y posicionarnos del lado de los celestes fascistas? ¿Nos vamos a aislar del movimiento al que intentan convencer de que festeje como «si acá no hubiese pasado nada»? ¡Por su puesto que no! ¡Y se lo demostramos en las calles no sólo bancando la vigilia sino explicando con paciencia a cada compañera la necesidad imperiosa de rechazar la objeción de conciencia!

Con el engaño, el gobierno piensa que sale despeinado de una batalla que, en realidad, recién empezó. Pero la verdad es que, tarde o temprano, saldrán perdiendo, ya sea porque de aprobarse la ley tal como está las rebeliones estallarán incansablemente contra los oscurantistas que se apoyen en la objeción de conciencia para negarse a hacer abortos o porque, de tanta entrega a la iglesia, el clero acabe, otra vez, levantando cabeza y hasta ganando la posición en el senado. De tanta rosca que le dieron al proyecto quizá los tornillos de la Corte Suprema le terminen falseando los derechos a las mujeres, ¡otra vez! Basta solamente leer los diarios de hoy. Mientras que la tapa (!) de La Nación dice que los votos ya están, todas las notas de Clarín dicen que no.

¿Cómo leer la tapa del diario de los Mitre? De dos maneras: por un lado, «quédense tranquilas, chicas, que ya está todo cocinado y ni se les ocurra seguir luchando» y, por otro, «(a los celestes) bueno, también tengamos cuidado que puede ser cierto que salga». La realidad es que en un país (y un continente) donde la normalidad son la crisis, los golpes de estado y las rebeliones populares, nada está cerrado.

Lo más importante, entonces, es aprender de las lecciones del 2018 y sumarles las nuevas tareas. Después de la aprobación en diputados, el régimen hizo hasta lo imposible para que la rebelión que transitaba las calles de Buenos Aires no se meta en los lugares de trabajo y los principales representantes del celeste pasaron a ser los verdes de la CGT. Una huelga general el día de la votación en el senado hubiese dado vuelta la tortilla.

Por su parte, sólo el movimiento obrero organizado puede tener la autoridad suficiente para dar de baja la objeción de conciencia porque emergería como un verdadero reclamo popular y no como la bambalina de un debate de revista. Como nunca antes el movimiento de mujeres se fusionará con la clase obrera y allí, sí, no habrá trampas posibles. El rechazo a la objeción de conciencia, claro, implica un debate contra toda la lógica del capital porque representa el debate entre los intereses colectivos que se oponen muy a menudo a los intereses individuales gestados en la educación capitalista. De esa manera el debate abre las puertas, de nuevo, al rol político del Estado y, si bien los socialistas defendemos en última instancia la extinción del estado capitalista, de forma transicional somos partícipes de la expulsión de la iglesia de todos sus designios, es decir, dejar de financiar todos los credos y expropiar todos los bienes que adquirieron a lo largo de quinientos años de dominación política conjunta.

En fin, el 2020 acaba como comenzó, poniendo en debate los tópicos históricos del movimiento obrero frente a un sistema que cruje y aún no se ha tomado el tiempo suficiente para hacer el duelo frente al ya millón de obreros muertos por COVID en el mundo.

Urge una campaña enérgica en PUERTAS DE FÁBRICAS, hospitales, escuelas, comercios y sindicatos por la legalidad del aborto sin objeciones de conciencia y libre para mujeres de todas las edades.

1917

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