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Un programa para derrotar al fascismo | Documento segundo: La cuestión argentina.

Un programa para derrotar al fascismo | Documento segundo: La cuestión argentina.

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Estimados lectores: 

A doscientos dieciseís años de la constitución de la Primera Junta de gobierno, cumplimos con una deuda que nuestro periódico tenía pendiente, la de asestar las bases de nuestro programa para con la Argentina. Por supuesto que para nosotros la política nacional es una expresión de la política global, por lo cual el presente debe leerse como continuidad del primer documento que hemos titulado como “La época del derrumbe”. No pretendemos aquí una larga presentación ya que el texto ha resultado bastante más extenso de lo que pretendíamos. Nos limitamos a convocar a su lectura crítica y militante, con la expectativa de inspirar la fuerza militante del obrero, que es siempre nuestro objetivo. 

Cuando ya habíamos terminado de redactar el presente documento, una serie de noticias auspiciantes vinieron a ocupar el primer lugar de importancia política. Nos referimos, por un lado, a la huelga general boliviana que lleva ya casi diez días de enfrentamientos entre la población y el gobierno derechista, “el fascista del Altiplano” y, por otro, las movilizaciones más grandes en la historia de los Balcanes, en particular en Serbia. Millones de personas ocupan aún en el momento de publicación del presente las calles de Belgrado, su capital. Su componente es netamente obrero porque obreras son sus reivindicaciones, impulsadas por la exigencia de justicia frente a la masacre ferroviaria también más grande en la historia del país por la cual no se ha llevado a nadie aún al banquillo de los acusados. La movilización había sido convocada por estudiantes secundarios pero sobrepasó todos las perspectivas. Las clases medias e incluso soldados del ejército se baten en este momento en barricadas contra la policía nacional. De alguna forma, los eventos a los que nos referimos no hacen más que confirmar la orientación crítica del imperialismo en todas sus corrientes y zonas geográficas, tanto de los intentos yanquis de manipular gobiernos títeres en América Latina como de la Unión Europea que ha vaciado los presupuestos sociales en nombre de la guerra internacional que pelea en Ucrania y extiende al resto del continente. Esta es la perspectiva en la que se debe analizar la cuestión nacional argentina. 

Desde el punto de vista del capital, la noticia más importante que agitan los medios es la incorporación de las grandes tecnológicas al mercado accionario de Wall Street. El periodismo lo manipula como una conquista del mercado mundial. Nada más falso. El ingreso al mercado de acciones es el reconocimiento de las tecnológicas de su estado crítico. Por decirlo de alguna manera, han salido a mendigar fondos para no derrumbarse. Demuestra que las empresas de Inteligencia Artificial no pueden sostenerse bajo su propia égida y requieren de la apuesta de todo el capitalista “tradicional”. Se trata así de la expresión máxima del derrumbe capitalista, la declinación de sus más altas expectativas. También nuestro programa se enmarcaba en el derrumbe generalizado de las empresas capitalistas en general por lo cual más que a corregir, la noticia viene a confirmar lo aquí expuesto. Sin más, presentamos el segundo documento de nuestro intento por constituir un programa para derrotar la experiencia fascista mundial, en este caso, en su formato argentino. 

La cuestión argentina

  1. Concepciones de fondo

La sociedad se encuentra polarizada entre modos de vida contrapuestos: una minoría absoluta construye cascadas artificiales en sus casas de campo mientras que, en las barriadas, las familias se duchan calentando agua en un fuentón. El presidente se pasea por el mundo en avión mientras los trabajadores hacemos colas de una hora para tomar el colectivo o intentar subir al tren. Modos de vida opuestos generan concepciones antagónicas sobre la naturaleza del ser humano. Como toda filosofía, la contraposición actual es hija de su tiempo. 

Pero el programa del fascismo moderno no tiene nada novedoso ni oculto pues no es más que la corporización de los postulados del capitalismo en decadencia. A su vez, los postulados del fascismo argentino no son más que los postulados de la burguesía argentina en declinación. Mientras que en sus inicios el capitalismo revolucionario consideraba a la humanidad en todo su potencial de libertad, en su agonía, ha pasado a considerarlo en un objeto de descarte, un “recurso” en vez de un “ser”. En sus propios principios, los ideales culturales del liberalismo argentino, con su arte refinado, su literatura romántica o su arquitectura parisina han dado lugar al gobierno de las heces sociales, el narcotráfico, el juego y la timba financiera. Si la oligarquía en su época de auge se bañaba en la belleza del Río de la Plata, lo ha transformado en un río pestilente, contaminado, abandonado. 

A diferencia del capitalismo primitivo, en que la sobreexplotación de las clases oprimidas se justificaba en nombre de la evolución técnica de la sociedad, el capital en decadencia exprime la vida del obrero sin optimizar la vida social ni cotidiana; incluso las lleva a su destrucción. Nunca en la historia se ha despilfarrado tanta fuerza de trabajo sin conseguir nada a cambio; ni si quiera para construir las grandes pirámides. Se trabaja jornadas de doce horas diarias para que los gobiernos paguen deudas o financien guerras de alta tecnología mientras la urbanización se derrumba, las tormentas se transforman en alertas de vida, las escuelas se vacían y los hospitales se saturan. A su vez, la estructura de los hogares se viene abajo, sobre todo en plomería, muebles, albañilería, recursos materiales para la educación e higiene en general. 

Cuando la burguesía abolió la servidumbre medieval apuntaba a la enajenación del tiempo de trabajo del obrero, pero la burguesía en decadencia expropia al obrero en todo su ser. La expropiación de la humanidad por parte del capital transforma a las sociedades en bienes de cambio, factibles de ser aniquiladas como remanentes. Es el caso de Gaza, es el objetivo para con Irán y la perspectiva para con Cuba. En la misma tendencia se encuadran los métodos represivos que evolucionan en la Argentina, desde las quemas de ranchos frente a cámara en las tomas de Guernica hasta los protocolos de dispersión contra piquetes. Gobernadores e intendentes de toda la Argentina se aprestan a la fortificación del régimen policial. La Argentina que se constituyó recibiendo inmigrantes ahora busca hostigarlos o desalojarlos de sus barrios. La ciudad pretende desalojar Retiro para incorporarlo a la especulación inmobiliaria.

El programa de contraposición al fascismo inicia por romper la melancolía de períodos históricos en que grandes sectores de la clase obrera podían alcanzar una vida digna en el marco del capital, por ejemplo, el primer peronismo en la Argentina. La burguesía en general ha agotado toda sus etapas de evolución democrática para transformarse en reaccionaria. Sucede que su mismo desarrollo ha sobresaturado el mercado mundial, sobre todo, a partir de las inversiones masivas del imperialismo en el extranjero y la incorporación de China y Rusia al mercado internacional. Necesita ahora reventar el excedente, parasitar mercados o destruir maquinaria ajena. En lo que va del 2026 se ha destruido con bombas más infraestructura internacional de la que se ha desarrollado. Las fuerzas productivas ya no están estancadas sino en profundo retroceso mundial. 

El objetivo del imperialismo, que acompañan todas las burguesías nacionales, es el de ajustar las clavijas sin retocar el estado actual de la ingeniería mundial, por lo cual la única variable de ajuste es la mano de obra, cuya expresión letrada son las contrarreformas laborales que se aprueban sucesivamente en los parlamentos del mundo entero. Las mismas apuntan fundamentalmente a destruir la jornada laboral fija, restituir el trabajo a destajo y derrumbar el salario eliminando el concepto de su equiparación a la canasta de vida familiar. El fascismo internacional es así la reacción contra el programa histórico del proletariado internacional, conquistado a lo largo de un siglo y medio con huelgas y revoluciones. De la misma manera, el fascismo argentino es la reacción contra el programa histórico de la clase obrera nacional, sus tradiciones políticas y su organización.

No hay que engañarse. La inteligencia artificial, en vez de para elevar las capacidades técnicas de la sociedad, es expropiada por el capital como potencial eliminación de mano de obra e incluso como una forma avanzada de los métodos de guerra. En el afán de destruir trabajo el capital se desintegra a sí mismo. En la guerra, desarrolla para destruir. Esto explica el frente de gobierno entre el imperialismo y las grandes tecnológicas pues la tarea histórica del fascismo moderno es evitar la disolución final del capital por medio de la violencia organizada y, así, compatibilizar la producción capitalista – sus cuatro siglos de progresos tecnológicos – con un régimen político precapitalista, monarquista, autoritario y con cadenas de producción planificadas para la guerra. 

No es tarea de la clase obrera frenar la muerte de quien la somete. Ésta cuestión es particularmente intensa en países sometidos al imperialismo, como la Argentina. La disolución del capitalismo mundial golpea primero a sus eslabones más débiles, las burguesías nacionales. Como dueñas de sus países, éstas convocan eventualmente al proletariado a defender de conjunto la “industria nacional”. Pero se trata de una farsa, en concreto, una manipulación política de las masas. Las burguesías nacionales, en la época del capital financiero, poseen todas sus ganancias vinculadas a los vaivenes del mercado bursátil. Extranjera en su propio país, la burguesía argentina se define por ser acreedora de deuda pública. Un cierre de fábrica eventual representa el giro de inversiones hacia la tasa de interés a la espera de nuevas perspectivas de producción que garanticen condiciones de sobreexplotación. Nunca había sido tan reaccionaria la convocatoria de la burguesía nacional a la unidad con la clase obrera, tanto en la fábrica como en la perspectiva política o incluso electoral. 

Observando en profundidad, la particularidad de la etapa es que la clase obrera pasa a representar los intereses de la humanidad, particularmente, porque en la guerra imperialista no tiene nada que ganar y, sí, sus dos siglos de conquistas por perder. Conquistando la jornada laboral de ocho horas, la clase obrera dio a la humanidad la posibilidad de potenciar su creatividad colectiva, socializó la filosofía que se resguardaba en los claustros, revolucionó las artes y democratizó la ciencia. La guerra mundial pone en jaque dos siglos de evolución social. La lucha contra la guerra se combina con la lucha por sus reivindicaciones fundamentales de la clase obrera, porque de la victoria en una depende la otra. No existe la libertad en plena guerra mundial. La guerra se manipula políticamente para impulsar regímenes de excepción cuyo objetivo es aplacar la resistencia de las  masas. Ya sucede en Ucrania, en Rusia, en Medio Oriente, en Venezuela e intentarán que suceda en EEUU. El parlamento argentino, que no ha abierto la boca contra los atropellos mundiales a la “civilidad”, se incorporará tarde o temprano en la misma orientación. 

De la misma manera, la particularidad de la etapa política argentina es que la clase obrera pasa a representar los intereses generales de la Nación. La burguesía se ha declarado explícitamente enemiga de la salud, la educación y hasta de su propia constitución. Se ha derrumbado todo un proyecto histórico de país porque se ha derrumbado la clase social que lo encabezada. Las “bases programáticas de la Argentina” dependen enteramente de la capacidad del proletariado para ponerla en acción. Esto es, necesita gobernar, esto es: la dictadura del proletariado. 

La realización de las perspectivas individuales depende de la evolución social, en particular, de abolir la expropiación del trabajo por parte del capital.  Esta contraposición con el programa fascista es esenciamente revolucionaria. El capital en decadencia destruye las potencialidades del ser humano para lucrar mientras que el ser humano necesita abolir la ley del lucro para evolucionar. 

  1. Crisis de dirección política  

La clase obrera argentina enfrenta un experimento fascista con una dirección sindical incrustada al gobierno que practica el fascismo. Así es imposible triunfar. En cada movilización, cuando la burocracia sindical abandona la plaza, está dando la orden a la policía para reprimir. Le han pasado por la cara una contrarrevolución contra la fuerza de trabajo: anulación de la jornada de ocho horas, anulación de indemnizaciones, habilitación del trabajo a destajo, flexibilización de vacaciones, aumento de horas extras. La dirección de la CGT ha llevado al movimiento obrero argentino a la mayor derrota en su historia. Hay que pasarle la factura. 

La burocracia sindical constituye el tapón fundamental de toda perspectiva revolucionaria de la clase obrera. Hace falta una comprensión histórica de su existencia. A diferencia de las burocracias de otros países cuya característica es el haber devenido en grupos de obreros que parasitan el lugar conquistado por la misma lucha de clases  y resguardan entonces una melancolía socialista entre los trabajadores, la burocracia sindical argentina es una creación del estado para su supervivencia, no la evolución de la clase obrera hacia el burocratismo sino la intervención burocrática del estado entre la clase obrera. Así se explica que los burócratas sean empresarios de sus sindicatos, del turismo, de la salud o de servicios sociales. Los ingresos de cuatro millones de afiliados a los sindicatos argentinos los burócratas los ponen en la bolsa para apropiarse de la renta. Como parte constitutiva del estado capitalista a la burocracia no se la puede reformar, no se le puede exigir mejora, hay que abolirla, “acabarla”. 

La batalla decisiva que el pueblo argentino dio contra el estado quebrado en el año 2001 dio lugar a un gran proceso de enfrentamiento a su pata sindical. Así, luego de algunos años de reflujo habían emergido decenas de comisiones internas combativas que disputaron la dirección de fábricas y escuelas a la burocracia sindical, evolucionando hasta la conquista de sindicatos nacionales, como el caso del neumático. Se cuentan entre ellos sindicatos de choferes como en la línea sesenta, comisiones internas variadas en la alimentación como Terrabusi/Kraft, delegados en la salud, petroleros, aceiteros y cientos de experiencias más. El impulso de la clase obrera por despegarse de las direcciones burocráticas llegó incluso al estudiantado como lo fue el caso de la FUBA. La conquista de los partidos obreros en la universidad rompió cien años de primacía de camarillas militares, radicales y pejotistas. 

En general, todo este sector, que se consideraba a sí mismo “antiburocrático” se acercó a la “izquierda”. Pero en los últimos años la izquierda argentina tomó ella misma los métodos burocráticos. Los métodos políticos, en realidad, expresan orientaciones de fondo: anulación del programa de independencia de la clase obrera, votos a los partidos patronales, rechazo a consignas de poder, rechazo al método de la huelga general y, sobre todo, omisión en general de la época de guerra imperialista y, por ende, de las tendencias revolucionarias que expresa la sociedad. La fuerza popular de este sector había evolucionado políticamente hasta ingresar diputados al parlamento. Pero los parlamentarios de izquierda conformaron ellos mismos su casta, con asesores fijos, sin presentar declaraciones públicas de sus ingresos. En los concejos deliberantes de todo el país la izquierda fue cooptada al método de la obra pública secreta, apoyándola sin publicitar facturas, objetivos, distribución. Así, cuando llegaron momentos decisivos, por ejemplo, el jaque del gobierno macrista, la izquierda actuó en tándem con el parlamento para desarmar la perspectiva de la huelga general. De allí más, se ha transformado en el ala izquierda de la burguesía, incorporándose a la manipulación política de que Argentina posee alternativa para encausar la crisis dentro del marco del régimen social. Así se entienden sus programas nacionalistas, de los cuales se puede extraer la tesis del socialismo en un sólo país. Una utopía reaccionaria. El periodismo oficial los levanta en sus revistas porque sabe que los necesita como máquina de contención. Consultados sobre lo qué harían en caso de ganar las elecciones a partir de los datos de encuestas manipuladas ni se les ocurre plantear la utilización de todo el aparato del Estado para derrotar a la burguesía. 

Así, el acercamiento de las comisiones internas combativas y los sindicatos recuperados a la izquierda les terminó jugando en contra. A quienes combatieron a diente apretado contra la burocracia en la fábrica ahora lo llevan a marchar en la última columna detrás de la CGT. El carácter histórico de la burocratización de la izquierda argentina ha sido el de retrotraer las potencias que había desatado el argentinazo aplacando, en general, a lo más avanzado de la clase obrera. La `izquierda` (siempre entre comillas) desarrolla un papel contrarrevolucionario en la Argentina. El abandono de la ocupación de FATE la equipara a la burocracia sindical. 

Nunca la crisis de dirección de los trabajadores había sido tan profunda, vacía de perspectivas, tan llena de engaños y rencores. La evolución de la lucha contra el gobierno fascista se equipara a la evolución de una nueva etapa para el movimiento obrero, cuya base sustancial es la profundización de los métodos de combate, por un lado, y, por otro, la estructuración de su programa de lucha. 

  1. Fundamentación del programa obrero en la historia argentina 

La cuestión argentina es por excelencia la cuestión revolucionaria si se la observa desde el punto de vista histórico. La guerra de independencia que liberó a las Provincias Unidas se batalló con métodos revolucionarios, tanto en San Lorenzo como en el Norte o en Cuyo. Los gauchos encabezaron la guerra de guerrillas contra los realistas que se vieron imposibilitados de descender desde Lima a Buenos Aires, donde el pueblo en armas había derrotado las invasiones inglesas. En el Alto Perú el agotamiento de la minería gestó la rebelión más profunda de la historia indígena. Los mapuches hacía cien años que le ganaban la guerra a los conquistadores. El pueblo de Montevideo se sublevó contra la reconquista española aunque ello le valió dejar su ciudad para siempre. El 25 de Mayo de 1810 expresó tendencias de fondo que se desarrollaban entre las masas populares, con la particularidad de coincidir eventualmente con una fracción revolucionaria de la burguesía criolla.  La independencia resultó en un impulso decisivo para el progreso de las fuerzas productivas. En Mendoza, la población socializó la producción para revolucionar los métodos de guerra. Desarrolló por sí misma la pólvora y la caballería que cruzaría los Andes. 

La época en cuestión combina, por un lado, la revolución contra el modo de producción colonial y, por otro, las luchas primitivas contra la expropiación capitalista del trabajo. Exactamente para 1810 se desarrollaba en Inglaterra el movimiento obrero ludista que luchaba contra la dictadura de la jornada laboral bajo la presión de la máquina de vapor. Consta en actas que, para enfrentarlos, el reino inglés destinó la misma cantidad de efectivos militares que para abordar todas las guerras napoleónicas. Pero si el imperialismo inglés luchaba por incrementar sus ganancias contra la clase obrera, Francia luchaba contra Inglaterra para no quedar rezagado en la lucha por el reparto del planeta. Recién llegada al capitalismo, Francia invade España, donde se encuentra con una tradición milenaria de resistencia de la población que, organizada en juntas populares, derrota a la reacción francesa y la autoridad española a la vez. Una guerra capitalista, la napoleónica, gesta la disgregación de la España feudal e impulsa la revolución en América Latina. Las Juntas revolucionarias abolieron la inquisición, suprimieron las jurisdicciones señoriales y anularon el diezmo. 

La revolución de Mayo no crea una burguesía argentina, más bien injerta a los comerciantes criollos en el mercado mundial. Nada fue más acelerado que el acercamiento de la Primera Junta a Inglaterra, razón por la cual ella misma se desintegró hasta convertirse en un Directorio unipersonal. El directorio dirigió, antes que su independencia nacional, la “pacificación del interior”, matando a cualquier  campesino que se movilizara por expropiar las viejas tierras monopolizadas por la Colonia. La propiedad privada de la tierra fue santo y seña de los criollos de Mayo. La guerra civil argentina se transformó en la guerra de la burguesía naciente contra la reforma agraria e incluso contra la consumación de la República. Fue, en fin, la guerra interna para acabar la guerra de independencia. Para ganarla y aplastar al interior se apoyó en Brasil, con quien barrió a la Banda Oriental y, más tarde, al Paraguay. Para la misma época en que los republicanos impulsaban la abolición de la esclavitud norteamericana, el Estado Argentino se apoya en el esclavismo brasileño para aplacar al Paraguay. La nación argentina nace de forma revolucionaria mientras que la burguesía nacional lo hace de forma reaccionaria, incluso contrarrevolucionaria si se tiene en cuenta su apoyo al esclavismo portugués. Las clases populares representan a la Argentina mientras que la historia de la burguesía es la de la sumisión al capital internacional.   

La burguesía argentina no quiso jamás continuar el mandato revolucionario de Mayo. De hecho, aplastó al pueblo que la acompañó. Consolidándose como servidora del capital inglés pudo aislarse de la sociedad. Construyó edificios al estilo arquitectónico parisino mientras en los conventillos se apilaban cadáveres por la peste. Sin industria, sin tecnología propia, la oligarquía vivió de préstamos ingleses y vivió para pagarlos con la sangre y el sudor de la clase obrera argentina. La burguesía devino oligarquía que construyó un muro contra el pueblo, al que odiaba con todo su ser. Ya desde 1871 expresaba un terror profundo contra las masas cuando apoyó la matanza contra los comuneros de París.

Polarizada la sociedad hasta el extremo el movimiento obrero comprendió de forma inmediata, desde su nacimiento, que era necesaria tenacidad a la hora de combatir. Si se observan todas sus proclamas podrán variar las reivindicaciones, el estilo o la prosa, pero jamás el programa: la huelga. La huelga general fue comprendida por todas las tradiciones del movimiento obrero argentino como el método político por excelencia. La huelga, de hecho, unificó a todas las tendencias y sindicatos que proliferaron durante la argentina oligárquica. La semana roja de 1909, que paralizó durante diez días toda la actividad de Buenos Aires, colocó a los socialistas y los anarquistas en la dirección de un movimiento de masas que desarrolló su programa contraponiéndolo a la dictadura laboral que regía en los talleres y servicios. Durante la huelga evolucionaron el reclamo de la jornada laboral de ocho horas y el salario igual al costo de la canasta familiar. La clase obrera acompañó la huelga con barricadas contra la represión. En los talleres se reproducían los comités de huelgas. La bandera colorada ondeando le dio fisonomía al proletariado nacional. La semana roja será más tarde la huelga metalúrgica contra el radicalismo y ésta devendrá en la Patagonia rebelde. 

Pero el programa nativo del movimiento obrero argentino careció de una orientación fundamental: el gobierno propio, que nunca se lo ofreció a las masas. La antipolítica de los anarquistas pero también el parlamentarismo desmedido de los socialistas empujaron a las organizaciones obreras a un callejón sin salida. Sin política propia, las direcciones no pudieron salir ilesas de las guerras mundiales e incluso de las revoluciones. El apoyo a la “democracia” contra el fascismo colocó a los socialistas en el bando francés durante la primera guerra y, por transición, con los zaristas de Rusia. Fue esta la base de su rechazo a la revolución soviética, esto es, a la dictadura del proletariado. El comunismo argentino, nacido de esta crisis, jamás pudo sacar conclusiones revolucionarias y se sometió de lleno a la burocracia stalinista hasta acabar en la Unión Democrática haciendo campaña presidencial con el embajador norteamericano.

De esta forma, aunque siempre en ascenso durante más de cincuenta años, reclutando de a cientos de miles, ganando huelgas, volteando dictaduras y conquistando leyes pero, en general, sin un programa de gobierno, cuando un sector del estado decide cambiar la orientación en relación a los “conflictos sociales”, la clase obrera es transformada en la espalda de apoyo de la burguesía argentina. El peronismo, en vez de prohibir a los sindicatos como había hecho la oligarquía hasta entonces, los interviene. Los programas del movimiento obrero peronista sufren de forma inmediata las consecuencias de su adaptación a la administración capitalista, se observa en las actas de la CGT cómo la lucha por el salario se transforma en “la lucha contra la inflación desmedida de los especuladores” y la pelea por la jornada laboral en “el reclamo del pago de horas extras”. La asamblea fue reemplazada por la palabra de “la conducción”. La huelga general fue eliminada como perspectiva. En 1946 el peronismo tuvo su parada más difícil cuando enfrentó la huelga nacional de los panaderos, de histórica tradición anarquista, quienes en la perspectiva de concesiones generales a la clase obrera decidieron avanzar por la abolición del trabajo nocturno. Fueron apresados e intervenidos. En el Congreso de la Productividad de 1955, por primera vez en la historia la CGT reemplaza la formulación de “clase obrera” por “clase trabajadora”. Etimológicamente el obrero es ´que crea´, ´el que obra´, mientras que “trabajo” deriva del tripalium, el aparato de tres puntas utilizado para castigar a los esclavos. 

¿Cuál es para el programa obrero la complejidad del peronismo? De ninguna manera comprender sus contradicciones, que son las contradicciones de la dominación capitalista, sino entender la perspectiva de la clase obrera que se sintió masivamente incluida en la vida social. Los ingresos que la oligarquía despilfarraba en lujo iban ahora a parar a las vacaciones o el aguinaldo. Todas las reformas que el peronismo otorgaba a favor de los trabajadores, en la práctica, se defendían con la huelga, incluso aunque ésta fuese ilegal. Es el ascenso de la práctica política la que obliga al gobierno a desarrollar comisiones internas, donde se reagrupan hasta el día de hoy obreros en cientos de empresas. 

Pero la verdad de la realidad, sin embargo, se definió en 1955, cuando la Marina con apoyo del gran capital, la iglesia y los Estados Unidos bombardearon Plaza de Mayo para poner fin al gobierno que los proletarios sentían como propio. Fue allí donde los límites de la intervención estatal para con los sindicatos crujieron. Mientras que en la clase obrera evolucionó toda su perspectiva histórica de ir a la huelga, la camarilla de gobierno decide huir. En el 55 por primera vez emerge en el programa obrero, de forma concreta y no simplemente proclamativa, la necesidad del armamento. El gobierno niega las armas al pueblo y declara la lucha contra el golpe como un “enfrentamiento entre soldados” aunque estudios recientes han demostrado que la Fundación Eva Perón contaba con al menos cinco mil fusiles adquiridos con posterioridad a la insurgencia militar de 1951. La combinación de la huelga general con el desarrollo de milicias obreras representa en sí mismo un programa de poder, defensivo ante el ataque, como suelen desarrollarse todas las revoluciones sociales. El peronismo y con él la CGT mueren sin pena en septiembre del 55. El movimiento obrero se reconstruirá desde las bases, desde las comisiones internas y los cuerpos de delegados. Nace el clasismo, o sea, la consciencia de separar los intereses obreros de las maniobras de la burguesía. 

Es verdad que el período que se abre con posterioridad presenta flujos y reflujos pero la tenacidad con la que se desarrolla explica que la burguesía haya requerido acabarlo con un genocidio. La historiografía oficial habla de un “empate” entre la burguesía y el proletariado, sobre todo hasta 1969. Pero un empate contra dictaduras sucesivas no es más que una victoria contra las dictaduras. Ya en noviembre del 55, dos meses después del golpe, se inicia una de las formas fundamentales que adquirirá la lucha de clases en Argentina: las puebladas. Avellaneda, Berisso y Rosario son el bautismo de fuego. También una pueblada fue la lucha contra la educación privada en el 58 y la huelga del frigorífico Lisandro de la Torre, encabezada políticamente por su comisión interna, empezó en Mataderos pero sublevó a toda la Ciudad. El gobierno “progresista” del 59 desalojó con tanques de guerra las ocupaciones de LDT, Pirelli y Jabón Federal. Aún con el apoyo indeclinable del imperialismo la burguesía argentina no encontró paz ni estabilidad, ni pudo “desarrollarse” como decía que haría porque ató toda su política a los préstamos internacionales que le vetaron toda posibilidad de autonomía industrial. La “industrialización” no fue más que la apertura de sedes en la Argentina de empresas extranjeras, fundamentalmente para encajar autopartes, explotando el reviente de los convenios laborales que impusieron las dictaduras o las “democracias” que censuraban a las listas populares. Todo este cóctel hizo nacer las villas populares a lo largo y ancho de todo el país que, combinado con el proletariado en las (pocas) zonas industriales, dió lugar a la nueva forma que adopta la lucha obrera en la Argentina. Corrientes, Rosario, Salta y Tucumán anunciaron la gesta proletaria más importante de la historia argentina, aquella que finalmente le pone la firma obrera a la lucha por el gobierno obrero y popular: el cordobazo. 

Por supuesto que la historiografía oficial ha manipulado la década del sesenta, sobre todo el revisionismo, que omite el apoyo entusiasta del peronismo a la dictadura del 66. La CGT saludó el golpe desde los balcones del poder, firmó los “programas de racionalización” y anuló las paritarias por dos años consecutivos. Si el golpe del 55 le había enseñado a una porción enorme de la clase obrera que era necesario organizarse de forma independiente (lo que dio forma a las puebladas sucesivas) el golpe del 66 inicia la ruptura histórica definitiva de la clase obrera con el peronismo. Abajo de los balcones, en la tierra, el golpe fue recibido con huelgas portuarias, ferroviarias y azucareras que de forma inmediata exigieron su final. La CGT les prometió un paro que postergó hasta el 67 y, llegado el día, lo levantó. Sobran los testimonios de obreros contando que durante todo el período debieron organizarse clandestinamente, en los baños de los talleres, escondidos, disfrazados, no solo del gobierno sino de la mismísima CGT, que acaba ahora sí por transformarse en un grupo de matones. Pero no se puede tapar el sol con la mano. En el 68 la refinería de Ensenada se sublevó y expandió la huelga a Goodyear, Citroen, Peugeot y los choferes de colectivos. Otra vez, el proletariado tomaba la posta de la lucha popular. En mayo del 69 la burguesía decide finalmente avanzar contra la jornada laboral en la fábrica y elimina el sábado inglés. “¿Para qué?” se preguntará hasta el día de hoy. La ciudad de Córdoba entera se levantó, organizó barricadas y expulsó a la policía a la Ciudad. Si no tomó el poder fue porque la CGT bloqueó que la huelga se expanda al resto del país y dio la posibilidad a la dictadura, políticamente demolida, de concentrar el armamento militar hacia la ciudadela revolucionada. 

El cordobazo es la causa eficiente de la crisis política que se abre hasta el 75. Primero la burguesía ensaya un militarismo popular o un “gran acuerdo nacional”, por arriba, mientras por abajo preparaba lentamente las detenciones y desapariciones de la triple A. Del marco de los acuerdos, o sea, como parte de la rosca de las camarillas por la orientación del poder, emergen el foquismo y, sobre todo, los Montoneros, como expresión política de los intereses egoístas de la pequeña burguesía. Que los foquistas eran parte de los negocios del poder terminó de quedar en claro en Ezeiza, en el 73, cuando fueron baleados por la mismísima derecha de su partido. Si el planteo foquista llegó por momentos a un reflejo revolucionario, por ejemplo, cuando planteó la necesidad de la conformación, desde el poder, de “milicias populares”, los funcionarios que lo plantearon fueron removidos. El peronismo se hizo cargo entonces de la derechización ascendente de la burguesía para aplacar la revolución obrera y llega a la cumbre de este proceso cuando impone la devaluación del peso a la mitad de su valor para transferir así los salarios al salvataje de las empresas capitalistas. Contra un gobierno peronista se desata la huelga general que aporta al programa histórico de la clase obrera la experiencia de las coordinadoras, la materialización más profunda de la tendencia subyacente al doble poder. Esta vez, la CGT encontró en la izquierda parlamentaria un apoyo elemental para llevar la huelga al recinto de la cámara de diputados y venderla por un aumento de salario absorbido inmediatamente por la inflación. Una derrota. También el programa de la clase obrera se compone de experiencias derrotadas. De hecho, hacen a su esencia las conclusiones posteriores para superarlas. La derrota en la huelga general desarma políticamente a la clase obrera y abre paso a la dictadura, por supuesto, no sin resistencia, no sin huelgas, no sin tenacidad. 

La vanguardia contra la asunción de la Junta Militar vino por parte de los obreros de Luz y Fuerza que batallaron cuerpo a cuerpo contra la intervención en las plantas. También allí los cuerpos de delegados – y no la CGT ni los sindicatos nacionales – jugaron un rol central. Obreros automotrices, metalúrgicos y frigoríficos también fueron a la huelga entre el 76 y el 77, incluso con la consciencia de las desapariciones. En esto también la historiografía oficial ha manipulado el proceso, que relata la dictadura como una época de absoluta quietud e incluso de apoyo civil al genocidio. Las huelgas sucesivas fueron la base para la movilización imponente, “la guerra de guerrillas”, que se desata el 30 de marzo de 1982 para acabar con la dictadura. La lucha por los derechos democráticos, la justicia, la memoria y la verdad es una creación obrera. Ningún partido del régimen acompañó este programa hasta acabado el proceso. Desde la CGT hasta el radicalismo vieron en la crisis de Malvinas la forma de omitir momentáneamente la lucha contra la Junta y se plegaron al show de la guerra, guerra que la burguesía nacional nunca quiso ganar. Muerta en vida la dictadura, el radicalismo hizo lo imposible por la asunción de un “gobierno civil de transición”, es decir, sin voto popular, hasta que la movilización constante y la perspectiva creciente de la huelga general, otra vez, impusieron el llamado a las elecciones. 

La dictadura videliana, es verdad, concentró finalmente todos los esfuerzos por la consolidación del capital financiero en la Argentina contra el desarrollo industrial, pero la perspectiva llevaba ya algunas décadas. Desde la década del veinte que los gobiernos invertían en “rentas”, de hecho, se había intentado aplicar la ley de jubilación en la que el obrero se hacía cargo de la misma durante su vida activa con el objetivo por parte del estado de sacar una renta del salario obrero, al que pondría a generar interés. Lo que hace la dictadura es darle oficialidad política a los bancos y, sobre todo, rescatar con subsidios a los bancos quebrados, primero y las empresas en general, después. La reforma financiera impone la regulación estatal de la tasa de interés que gesta la política inflacionaria persistente hasta el presente. Ningún gobierno posterior, ni peronista ni radical, a pesar de la demagogia, ha abolido las leyes económicas de la dictadura, que hacen a la esencia del régimen capitalista en la Argentina. La transferencia de recursos de la nación al gran capital gestó desde entonces un país inerte, demolido, incapaz de hacer frente a las necesidades elementales de las masas y, a su vez, gesta una polarización social creciente pues la pequeña burguesía inicia su etapa de decadencia o, eventualmente, su proletarización. En el medio, la hiperinflación, primero, y el corralito, más tarde. Pierden así toda perspectiva los programas “intermedios” en la clase obrera, digamos, desaparecen el “peronismo revolucionario” o incluso el nacionalismo obrero. 

Políticamente la democracia se reinicia con la agitación por el juicio a las juntas. En ellas, de cuatro mil acusados sólo fueron puestos 180 en el banquillo. Más de tres mil represores fueron declarados inocentes y, a pesar de la posibilidad de poner al conjunto de las masas a luchar decisivamente contra el militarismo, como lo hicieron las masas por su cuenta en Semana Santa de 1987, no sólo en Plaza de Mayo sino intentando ocupar cuarteles militares, el gobierno radical manda a los trabajadores a sus hogares y resuelve la absolución de los “insubordinados”. El plan austral del alfonsinismo es la primera relación carnal con el Fondo Monetario, refiriéndonos a “relación carnal” como una política de sostener todo su gobierno bajo préstamos y el pago posterior y sucesivo de intereses. La industria se estanca y las empresas estatales se amortizan hasta su desvalorización crítica. La desocupación crónica gesta los saqueos que son, para el programa obrero, formas primitivas de la expropiación contra el capital, necesarias de desarrollar políticamente y, de ninguna manera, repudiables cuando se sustentan en las necesidades profundas de las masas. Las elecciones del 89 manipularon a la población para votar a favor del frente de gobierno por la aplicación de Estado de Sitio cuyo objetivo fue paralizar la evolución política de un sector de la población, el obrero en ese momento desocupado. La lucha por el empleo se incorpora al programa histórico del proletariado argentino.

Los noventa inician con el Estado de Sitio. El adelantamiento electoral del 89 tuvo como trasfondo votar para anular los derechos democráticos hasta bajar las aguas. Para ello se reforma la Corte Suprema que se transforma en la corte de la impunidad. Pasadas las elecciones, el peronismo adquirió su fisonomía real: el apoyo al menemismo fue el apoyo a las corporaciones y los bancos para que tomen el aparato del estado.  Las privatizaciones fueron un arma contra la clase obrera organizada, una forma de barrer a la vanguardia que en estas empresas se organizaba, además de un marco general para flexibilizar relaciones laborales en todas las empresas del país. Más leña al fuego de la miseria porque ninguna de las empresas se “modernizó” a pesar de los despidos en masa. De alguna forma, en los noventa, la burguesía ingresa en la guerra internacional que se sostiene hasta hoy cuando envía armas a Croacia, apoyando la restitución del capital en los ex países soviéticos. Más tarde, el gobierno se posicionará con los bancos estadounidenses en Hong Kong. Por supuestos que los servicios al imperialismo nunca fueron devueltos y los intereses de la deuda externa crecen de forma exponencial. La esencia de los noventa será otra vez la miseria y por ello la profundización de las puebladas. En Santiago del Estero el pueblo ocupa la gobernación, un hecho histórico, una declaración de la lucha por el poder. A diferencia del cordobazo que había sido una manifestación política contra la dictadura, el santiagueñazo se levanta contra la democracia. Que las privatizaciones no resolvieron la estructura crítica lo demostraron los piquetes de Tartagal, Mosconi y Cutral-Có, de donde emergerá el movimiento piquetero, autor material del acto más democrático en la historia del país: el argentinazo. Los piquetes son la forma práctica de conexión histórica con la lucha y el programa del movimiento obrero argentino en su siglo y medio de historia. 

La historiografía también manipula la crisis del 2001. Ofrece la lectura de un gobierno derechista. Nada más falso. Detrás de la Alianza se unía el conjunto del progresismo. Pero su derrumbe es inmediato y la base de su derrumbe es la deuda externa. El megacanje demostró que toda la burguesía nacional apoyaba el endeudamiento argentino porque ella misma es dueña de bonos de deuda. Esto explica que la rebelión popular haya sido un movimiento contra todo el aparato político del Estado. Todos. El “todos” es incluso programáticamente más fuerte que el “que se vayan”. El “que se vayan todos” estuvo precedido por luchas obreras imponentes como en Aerolíneas y ocupaciones de plantas como Telefónica y Zanón. Fue una creación proletaria apoyada por toda la Nación. El 19 y 20 de diciembre el pueblo argentino combatió. Rememoró las mejores tradiciones de su lucha, digamos, fue una gesta preparada durante varias décadas en vez de una acción espontánea. Los partidos que combatieron intentaron imponer la convocatoria a una asamblea constituyente bajo la comprensión de que se había abierto una crisis de poder. Evidentemente así también lo comprendió el régimen político que aprobó un golpe parlamentario encabezado por el peronismo, que se vistió una semana de antimperialista y una semana después comenzó un despliegue represivo en todo el país, agotado un año después con los asesinatos en el Puente Pueyrredón. Al final, no se había ido ninguno y de los que zafaron, en particular de los menemistas, se armaron las listas para disputar las elecciones del 2003. Los menemistas de la Patagonia, una camarilla con casi treinta años en el poder, gana la elección y asume el poder. 

Para el programa obrero, el kirchnerismo es el gobierno de la flexibilización. Ningún gobierno había hecho tanto por derrumbar las relaciones sociales de producción. El boom de los precios internacionales de la soja fue utilizado para expandir el mercado de trabajo informal. En el estado y en las empresas privadas se generalizó la contratación y la tercerización laboral, que es desde dónde surgieron las luchas obreras más aguerridas de la etapa, en particular entre los ferroviarios. La flexibilización ingresó rápidamente a la industria y con ella los despidos generalizados para renovar plantas enteras. Fueron los casos de Ford, Chrysler, las fábricas del neumático y más tarde Lear, Gestamp, Terrabusi y decenas de fábricas que, en general, supieron apoyarse en sus comisiones internas férreamente perseguidas por la “CGT unificada” del moyanismo. Las patotas y la persecusión sindical fueron la base de la reconstrucción posterior a la crisis del 2001. Eso fue la “vuelta a la política”, es decir, una contrarrevolución social. Su opuesto fue una avalancha de recuperación de comisiones internas y el ascenso de las listas de la izquierda que se movían junto al movimiento obrero como un polo unificado. El primer kirchnerismo abandonó el poder sin pena ni gloria, bajo una inflación en ascenso, devaluando para salvar a las empresas de las crisis, otorgando al campo todas las reivindicaciones que exigían y así perdió el poder con una camarilla sin armado político, improvisada a la que acompañará hasta el final. El macrismo. 

Las refinanciaciones de deuda externa efectuadas por el kirchnerismo se pagaron con el sudor de las jornadas en negro que en el año 2006 ya superaba al trabajo formal. Representaron una transferencia fenomenal de recursos a los tenedores nacionales e internacionales de bonos, posiblemente como nunca en la historia. Los movimientos financieros de miles de millones de dólares pusieron las finanzas nacionales en la mesas de dinero, fue un remate generalizado. En las rondas de negociaciones aparece un actor fundamental para entender la evolución argentina posterior: los fondos comunes de inversión. Éstos evolucionarán en sus tenencias de forma acelerada, pasando en pocos años de ser actores marginales a ser declarados, por el memorandum aprobado por unanimidad en el congreso del año 2021 en supervisores oficiales del Ministerio de Economía. En una década, Templeton y Black Rock pasaron a ser dueños de la continuidad económica del país junto al Fondo Monetario. Si a esto se le suman los pagos a los fondos buitres que acarreaban ganancias por cobrar desde las reestructuraciones del 2003, debe decirse que Argentina es un país del capital financiero. És es el giro incesante de las ganancias a la especulación la que derrumba una tras otras las empresas que sobreviven parasitariamente en base a rescataes del estado, de los cuales el más rotundo fue el del año 2020, en plena pandemia. Es así que del 2001 en adelante se consolida la unidad del estado y el capital financiero. Estas son las bases del fascismo. 

Observado desde el punto de vista histórico es evidente que el periodo reciente, la última década si se quiere, es un período de reflujo de la clase obrera, sobre todo en su carácter político. La base de ello son sus direcciones. El reflujo político no quiere decir que las huelgas se cuenten de forma creciente en todas las ramas y provincias del país, muchas veces acompañas de grandes puebladas, como las que gestaron los despidos de los petroleros en Comodoro Rivadavia, las luchas por las paritarias en Santa Fé, la pelea contra el cierre de Vicentín, los docentes de toda la Patagonia, los trabajadores de la salud, en particular su sector más explotado, los residentes. Las movilizaciones universitarias habían alcanzado ya durante el macrismo un alcance extraordinario. Pero se trata de una suma algebraica de huelgas que no resuelve la orientación política. En general esto lleva las huelgas a resoluciones parciales o incluso grandes derrotas con represión, incluso a pesar de la tenacidad de los obreros, como los que tomaron las plantas de AGR Clarín y hasta bloquearon la salida de Clarín un día domingo. El derrumbe de la burguesía nacional combinado a la crisis de dirección política de la clase obrera son las bases elementales de la emergencia del gobierno de los hermanos Milei. El programa de lucha contra el fascismo es en la Argentina el programa de lucha contra la política de Estado. Se trata de la combinación de la lucha de clases con la lucha política por el poder. 

  1. El derrumbe argentino 

Antes de desarrollar las características del gobierno actual es necesario comprenderlo en su contexto. Para desenvolver la cuestión nacional es necesario ubicarla en su marco histórico global. Si hacia inicios del Siglo XX el imperialismo se consolidaba como “fase superior del capital”, la etapa actual representa la evolución hacia la “fase superior del imperialismo”. Si la fase final de los capitalismos nacionales se caracterizaba por engendrar crisis de envergadura extraordinaria que impulsaban a guerras y revoluciones, la fase final del imperialismo se caracteriza por poner en acto todas las potencialidades críticas del modo de producción capitalista concentradas durante décadas en su centro de gravedad. Si el imperialismo había podido evolucionar su tecnología, viajar a la luna, explorar los hidrocarburos y desarrollar la computación, en su fase crítica transforma todos sus progresos en elementos de represión. 

No hay que confundir etapa superior del imperialismo con etapa de ascenso. La constante económica es el derrumbe de los rendimientos capitalistas mientras crece el mercado de deuda mundial. La apertura del imperialismo a producir más allá de sus fronteras y colonias, en particular, donde consiga mano de obra más barata, como en India, o donde se apoye sobre un Estado centralizado que le garantice orden industrial, como China, sobresaturó el mercado mundial de productos. A ello se le suman todos los mercados “abiertos” por las guerras en los Balcanes o el desarrollo capitalista precario en la Alemania Oriental. De las tradicionales crisis nacionales de sobreproducción se ha pasado a la etapa de sobreproducción global. Mientras que el nacimiento del capitalismo fue la época de constitución del mercado mundial, la época actual es la de mundialización de la recesión financiera, industrial y comercial.

Veamos el caso argentino. Sometida perpetuamente a la puja entre bloques que la someten, Estados Unidos sobresale como imperialista por sobre el resto de las potencias que parasitan la Argentina. Europa es la principal propietaria de la industria mientras que China es su principal exportador. Pero el mercado internacional se cierra en un bucle: Estados Unidos, cuya producción industrial en el país representa apenas el veinte por ciento del total y su exportación apenas el diez, capitaliza el sesenta de las transacciones financieras a través del mercado de deuda. Se transforma así en el principal capitalizador de la ganancia “made in Argentina”, lo que no quita la existencia de una competencia incesante entre países imperialistas por el plusvalor nacional. Por su parte la burguesía autóctona argentina define su existencia por la posibilidad de acceder a bonos de deuda del mercado bursátil, lo cual la transforma en `extranjera en su propio país`. 

Nos detendremos en la guerra más adelante, pero por ahora digamos que cuando iniciaron los bombardeos en la frontera ruso ucraniana el parlamento argentino se conformó en un monobloque que festajaba cada centavo de suba del precio del barril de petróleo bajo la perspectiva de iniciar la exportación en Vaca Muerta. Pero la “oligarquía con olor a nafta” ha anulado el desarrollo de la infraestructura y el procesamiento químico o mecánico de los hidrocarburos. La evolución misma de la guerra retrajo todas sus perspectivas petroleras pues agudizó el declive mundial del consumo y la producción. Argentina no asiste ni de cerca a un “cambio de paradigma” o “un cambio en la matriz productiva”. Argentina asiste a un derrumbe de todas sus matrices y el reemplazo por ninguna. Cualquiera de las posibilidades de desarrollo que se barajan en las revistas entraría en contradicción con la sobreproducción mundial. Incluso el mercado de deuda carece de “inversores” de largo plazo. En el 2024 el mercado de bonos se aferraba a las claúsulas de plazo medio bajo la perspectiva de privatizaciones generalizadas y reformas que harían crecer su valor. Pero el valor se sustentaba en trabajo y no se puede crear con ninguna ley reaccionaria. Ni los préstamos del estado norteamricano volvieron a hacer subir los precios de los bonos, ni podrán subir mientras crecen la desocupación y la inflación. 

Argentina tiene apenas el cincuenta por ciento de su capacidad productiva en actividad. Es decir que la mitad de la maquinaria se desgasta si trabajar. Por caso, Vaca Muerta funciona al cinco por ciento de su potencial. Aún con reservas petroleras probadas que superan ampliamente su consumo, los hidrocarburos industrializados y el gas natural se siguen importando. El campo importa todos sus químicos y maquinaria en dólares. La manufactura en general se ha derrumbado de la mano de las importaciones, fundamentalmente chinas. Las camarillas han desmantelado la economía argentina, lo cual explica su resguardo en el mercado ficticio – no sustentado en trabajo ni productos. La contabilidad de lo incontable, o sea la estafa, llamada por el periodismo político “corrupción” emerge como el resguardo de la burguesía frente al derrumbe. Se trata así de un régimen parasitario, sin salida para las masas, que concentrará la riqueza en un grupo minúsculo de estafadores que hagan las veces de funcionarios del imperialismo en la Argentina. 

Nuestro programa plantea el agotamiento de toda forma de desarrollo capitalista en la Argentina.    

La burguesía ha fracasado en sus propios términos. Obsoleta en haber desarrollado la industria, dejó pasar las oportunidades que aprovecharon el Estados Unidos revolucionario en el Siglo diecinueve o la China de los Siglos veinte o veintiuno. Por izquierda, Argentina quedó rezagada frente a los países “comunistas”. Por derecha, quedó en el eslabón más atrasado del globo. Todas las posibilidades capitalistas se han agotado. Esto explica la falta de programa de los partidos políticos del régimen o, mejor dicho, la sumisión al programa de la guerra internacional. 

  1. La guerra mundial en la Argentina 

Uno. La guerra que el estado norteamericano desata en el mundo entero se expresa en la Argentina con su carácter esencial. Antes que una guerra entre estados, se trata de una guerra contra las condiciones de vida de la clase obrera mundial. El estado argentino ha desplegado todo su aparato para aplastar a los trabajadores. Esta es la forma nacional de la guerra internacional. 

Dos. Y sin embargo, también, en la esfera nacional, se disputa la guerra internacional. La batalla entre capitales norteamericanos, chinos y argentinos se procesa hace tiempo mediante la disputa por las licitaciones de la obra pública. Los trenes posteriores a la masacre de Once, el dragado de la hidrovía del Paraná o la construcción del gasoducto Perito Moreno anticipan choques más profundos. El gobierno le ha vetado a las empresas públicas chinas las posibilidades de licitar, pero el Banco Central se sostiene gracias a los Swaps con el país asiático. Una bomba que algún momento estallará y recrudecerá las internas al interior del gobierno. Hay que recordar que ya el gobierno de Cambiemos en la Ciudad había ido a internas dividido entre “pro y anti chino”. Lo mismo le sucedió al kirchnerismo, que vio partir a parte de su oposición interna luego de los acuerdos con China en la financiación de los ferrocarriles construidos tras la masacre de Once. Los industriales del acero argentino se levantaron más de una vez contra el mercado asiático, lo mismo que protestaron contra los aranceles norteamericanos porque necesitan vender mercadería acumulada . 

Tres. Pero además, el gobierno pretende hacer ingresar a la Argentina en la guerra internacional. Ya lo ha hecho diplomáticamente y pretende hacerlo en la práctica de acuerdo a las necesidades planteadas por Estados Unidos e Israel. En el parlamento no ha habido oposición a la política bélica, ni una declaración por parte de ningún bloque político. Argentina había sido “neutral” en las primeras guerras a pedido de Inglaterra que pretendía evitar el bombardeo sobre los barcos que le transportaban alimento. Entre otros, el GOU, la camarilla militar que asaltó el poder en 1943, presentó un programa convocando a “la necesidad de orientar absolutamente la industria a los tiempos de guerras”. En los noventa, el Estado puso sus fabricaciones militares en manos de la OTAN. El kirchnerismo envió tropas a Haití a pedido de los Estados Unidos. Es una pretensión política histórica de la burguesía argentina la de incluirse en la guerra mundial que no puede ni podrá realizar más que en forma de sumisión. 

Cuatro. En concreto el objetivo de la Casa Blanca para con la Argentina es transformarla en un eslabón de su cadena de producción bélica. Este objetivo requiere de varios niveles de desarrollo. El imperialismo impulsa intervenciones militares, mediante la ocupación de zonas estratégicas o en disputa con China (Ushuaia, Estrecho de Magallanes, telescopios de alto alcance). Apoya reformas políticas mediante la violentación del régimen democrático tradicional (Reforma electoral). Necesita disponer de la mano de obra de acuerdo a sus intereses cambiantes, “golondrinas”, con derechos sociales primitivos (Reforma laboral). Finalmente, requiere de vía libre para la búsqueda de minerales críticos para la guerra, la fabricación de drones, ojivas nucleares e hidrocarburos para el armamento tradicional (Ley de Glaciares, entrega de los yacimientos de uranio y privatización de los oleoductos).

  1. El fascismo moderno

Es importante diferenciar el fascismo actual del emergido durante las primeras guerras mundiales. El nazismo  expresó la impotencia de los países que habían visto rezagado su desarrollo imperialista (Alemania, Italia y Japón) en relación a las principales potencias (Inglaterra, Francia y Estados Unidos). Matando a millones, los nazis pensaban que podían suplantar la revolución social que Alemania no había hecho. El nazismo fue fruto de la competencia sanguinaria del capital en la época de consolidación imperialista. El fascismo actual, en cambio, emerge desde los riñones mismos del máximo desarrollo capitalista. Al fin y al cabo, el fascismo actual ha emergido como consecuencia de la victoria estadounidense en las guerras mundiales. El polo político que se presentó a la humanidad como la salvación de la democracia se volvió él mismo fascista. C’est fini. Es la muerte de la era del capitalismo democrático, si alguna vez existió. 

Por su carácter de sumisión absoluta al imperialismo, el fascismo argentino actual carece de base social lo mismo que de organización política, ni podría desarrollarla porque carece de sustentación histórica. Requiere, en todo caso, comprar de forma absoluta a la burocracia nacional, que es lo que ha hecho hasta el momento. En el pasado, el “nacionalismo de derecha”, como se lo llamaba, supo reclutar entre los más alto de la intelectualidad. Era una época temprana, con aspiraciones desarrollistas por parte de la burguesía nacional. En sus aspiraciones succionaba a las clases medias, a las que apartaba de los “negros de mierda”, creando una base sustancial de discrimnación. Pero el vaciamiento del capital, esto es, sus crisis recurrentes, en general atemorizaron a los sectores intermedios de la sociedad a ser también ellos expropiados. La época de decadencia final de la burguesía argentina tuvo ya su gran episodio en los piquetes del año dos mil uno, acompañados por cacerolas paquetas de los barrios más distinguidos de la Capital. Los cacerolazos masivos de los años 2012 y 2013 desembocaron, es verdad, en el gobierno macrista. Pero el macrismo se derrumbo al ritmo de la crisis y no pudo constituir una base social derechista e, incluso, requirió de diseñar un sector interno que agitaba consignas feministas. 

Al carecer de base social, la estructura de solvencia para tres años de gobierno en Argentina ha sido `la casta`, esto es, el buró político del congreso, diputados, senadores, gobernadores, intendentes y la burocracia sindical. El gobierno es un gran frente de Estado contra el resto del pueblo argentino, un fascismo oligárquico, si se quiere, no popular, cuya perspectiva depende de la orientación política del imperialismo y de la supervivencia del aparato de contención estatal.

  1. El gobierno de los hermanos Milei

El punto de partida para el análisis del origen del gobierno de los Milei se encuentra en la evolución de los fondos comunes de inversión en las rondas de negocios argentinos, lo cual posee como trasfondo la evolución de la deuda externa durante el kirchnerismo. Como camarilla financiera, el grupo de los Milei es fruto de veinte años de rondas favorables para los tenedores de bonos en comparación con el resto de las clases sociales, pero a su vez, de veinte años de ganancias en retroceso en comparación con sí misma. Es hija del mismo proceso de ascenso y rápida descomposición que crea a otras camarillas que tuvieron menor impacto político, algunas de las cuales acabaron sus días revoleando maletines de dinero en conventos. A diferencia del resto de las camarillas, tuvo iniciativa política “propia”, aunque no tan propia porque sus listas fueron creadas con candidatos nacionales y populares. Milei fue activo partícipe kirchnerista en el ballotage del 2015, que es cuando inició su carrera política. Sonará duro pero es otra creatura del peronismo. 

Inútil, ignorante productivamente, despreciable para la ingeniería y demasiado bulliciosa para la filosofía, la camarilla de los Milei emerge para la burguesía como una emanación de los vapores de su putrefacción, entre los que se cuenta el rapto de niños y el narcotráfico, por ello decimos que se trata de las heces sociales al poder. El método de la riña financiera elevado a la política nacional es la conversión del régimen en un sistema de engaño político constante contra las masas con el fin de capitalizar dinero de todos los recovecos posibles. Su máxima expresión ha sido la criptoestafa Libra, que define en sí misma la esencia del gobierno y la etapa actual. 

A diferencia del menemismo, en el que dice inspirarse, la camarilla de los Milei llega al gobierno con la sábana de las privatizaciones corta. Es por ello que ha fracasado también en su propia perspectiva. Ningún capitalista pretende hacerse cargo de la infraestructura de una nación en franca decadencia. Tardó así el gobierno apenas un año y medio en entrar el riesgo de default y debió ser rescatado a cambio de entregar toda la soberanía politca de la Nación. La Casa Rosada es hoy un departamento de Estado Norteamericano en el plano económico y de Israel en el campo de la seguridad. Todo el capital político del gobierno consiste en el apoyo al imperialismo en la guerra internacional. El derrumbe del gobierno trampista es indefectiblemente el derrumbe de la experiencia fascista en la Argentina e indudablemente una situación revolucionaria, una crisis de poder. 

El carácter psiquiátrico del gobierno no es menor. La alteración personal de la investidura presidencial expresa tendencias sádicas de fondo que son sumamente peligrosas para la población. Quizá allí resida el carácter fascista del gobierno que lo diferencia de otros. El gobierno se apoya en la sublimación del malestar de la cultura, ésta ha sido su base social. El carácter fascista se expresa sobre todo en las reformas educativas que buscan la intervención del estado en los diseños curriculares y la persecusión al personal educativo. Es la forma histórica de manipular a la familia obrera, desde la raíz. No es casualidad que por el momento las movilizaciones más masivas contra el gobierno haya partido desde las universidades incluso aunque las camarillas de rectores hagan lo imposible por detenerlas. 

La reforma laboral, como hemos dicho, el gobierno se la debe a la CGT. La convocatoria a la huelga general la deponía en cuestión de segundos, pero, con el único objetivo de aprobarla, la burocracia llevó la pelea al plano judicial. Por supuesto que no peleó un segundo para que se efectivicen las decisiones judiciales y la reforma laboral se aplica de hecho para avanzar en despidos y reventar indemnizaciones. Los partidos de la “oposición” (entre comillas) se han callado la boca sobre lo qué harían con la reforma en caso de gobernar fundamentalmente porque la consideran una conquista centenaria de la clase social dirigente. El descuartizamiento de todas las conquistas históricas de la  clase obrera unifica a la burguesía nacional. En ese campo, todos juegan para Milei, lo cual explica que ningún partido haya podido competir de forma efectiva en las elecciones de medio término. 

Agotadas todas las variantes políticas de la burguesía para hacerse cargo del derrumbe de la Argentina y, sobre todo, empecinadas en destruir a la clase obrera, no puede omitirse que la Argentina transita una etapa de evolución hacia una crisis revolucionaria. La calidad política y la tenacidad de la clase obrera para abordar la crisis definirán el futuro político de la Argentina. Ahora bien, el programa debe ser claro, objetivo. El conjunto de las organizaciones políticas omite que de continuar en el mismo camino y ante un ascenso de la crisis social, Argentina marcha al desarrollo de una guerra civil. La burguesía ya ha tomado nota de ello y ha militarizado toda la protesta social con armamento de guerra. Esto no significa que la política programática de la clase obrera abandone sus métodos, fundamentalmente, la agitación de la huelga general. Pero en la propaganda, en la formación de los cuadros socialistas, no se puede omitir que al fascismo será necesario combatirlo con métodos de guerra. Podrá ser en poco o mucho tiempo, pero será. Será para tomar el poder o para defenderlo. Nuestro programa no pretende eludir verdades que deben ser dichas con claridad. Aclarada esta perspectiva, damos pie a nuestro programa de reivindicaciones, cuyo objetivo es llevarlas a cabo con la toma del poder. Las circunstancias eventuales definen de qué manera será ello posible, por lo cual, el programa debe ser sometido a actualización permanente. 

  1. Programa de reivindicaciones e intervención frente a la crisis
  1. Jornada laboral 

Millones de trabajadores en negro definen el caracter laboral del país. Monotributos, aplicaciones, changas, comercios y ahora también en la industria. El trabajo formal de hoy tiende a igualarse al trabajo informal. Si Argentina había sido vanguardia en la dignidad del trabajador pretenden convertirla en vanguardia de un nuevo régimen de semi esclavitud. Abolida toda la reglamentación de la jornada laboral se disipa toda formalidad posible. Nuestro programa comienza por la apertura de los libros de todas las empresas, fundamentalmente para tener noción real del estado de explotación al que es sometido la clase obrera y que porción de ella trabaja en la clandestinidad. Consideramos que las ganancias acumuladas por el capital en combinación con los avances tecnológicos permiten la reducción de la jornada laboral a níveles inéditos, muy inferiores a las ocho horas de trabajo.  

  1. Desocupación 

La clase obrera debe imponer un seguro al desocupado igual a la canasta básica familiar, lo cual ahorraría a los capitalistas a la hora de despedir. Por su parte, un cambio de orientación de las finanzas del país, dejando de pagar deuda externa y orientándola a la obra pública abriría infinitas posibilidades laborales. 

  1. Salario

El derrumbe del salario es el corolario de la tendencia internacional del declive de la producción capitalista. El salario cae en términos absolutos porque cae la producción general del capital pero también en términos relativos a la cantidad de trabajo paga. La crisis le permite al empresario amenazar a la clase obrera con sueldos de miseria. “El capital gana menos pero gana más”; a medida que avanza la crisis más se agudiza la polarización social. La guerra hecha leña al fuego de la inflación que retrotrae el salario al alcance de los medios de subsistencia más elementales. Destruida la infraestructura nacional, además, aumenta el costo de vida social. Planteamos que el salario debe ser igual al costo de los medios de vida digna, educativos, sanitarios, deportivos, culturales y actualizado permanentemente de acuerdo a la inflación corroborada por organizaciones obreras. 

  1. Huelga general 

La clase obrera puede planificar golpes estratégicos contra la cadena de producción capitalista. De hecho, si se observa con detenimiento la evolución de los conflictos más recientes de la clase obrera se verá el ímpetu permanente de los trabajadores del aceite en bloquear el estratégico puerto del Paraná o los enfermeros de Neuquén cortando las rutas de camino a Vaca Muerta. En perspectiva, esta dinámica constituye la ingeniería de la huelga general. La huelga política organizada es la base histórica de la consolidación de la clase obrera como clase capaz de gobernar. 

  1. Crisis industrial  

El programa obrero no reactiva la industria capitalista porque su capital más valioso es el capital variable – el obrero – único creador de valor. Reconoce que la evolución de la sociedad no se encuentra en la ingeniería del producto de consumo sino en la preservación de su salud y su tiempo de ocio para explotar sus características humanas más allá de la jornada laboral repetitiva. Sólo porque defiende la integridad del trabajador en el sostén de la familia defiende los puestos de trabajo ante cierres y despidos, y de ninguna manera para sostener al obrero preso y acuartelado a una función. El programa obrero no apuesta a la utópica evolución de la industrial nacional porque apela al desarme de la industria capitalista, su expropiación y socialización. Por ello la ocupación de la fábrica, la huelga y la asamblea son en sí mismos un programa industrial contra la crisis pues predisponen la energía política de las masas a la discusión de la ingeniería industrial y coloca el énfasis en las condiciones de combate del obrero de las cuales dependen su salario e integridad. Conformación de comités de fábricas en toda la industria argentina. Ocupación de toda fábrica que cierre o despida.

  1. Crisis económica 

Las crisis recurrentes de la organización económica de la Argentina han sido tan o más grandes que las rebeliones gestadas a la par. El rodrigazo, la hiperinflación del 89, el trueque de los años 2001/2002, los salarios en patacones, la suspensión de pagos a docentes y estatales durante largos períodos, el riesgo o cuándo no el default efectivo son todos antecedentes de disolución. Los intereses de deuda, sin embargo, nunca han dejado de crecer.  Los recursos bancarios, el papeleo o la administración económica en general demostrarán que la deuda y los intereses acumulados resultan en una estafa ilegal para la Argentina, causa motora de la disolución de la economía y hasta la soberanía nacional. Para pasar de la disolución a la solvencia es necesario anular los pagos de deuda externa y soberana tanto a tenedores locales como extranjeros. Esta debe ser la base de financiamiento para los gastos necesarios de un plan de desarrollo nacional.

  1. El campo 

Una tradición de los programas nacionales argentinos es abordar el problema del latifundio que, en realidad, los socialistas no debemos ver más que como el problema de la gran propiedad capitalista. A las millones de hectáreas alambradas sin explotar (mientras el 60 por ciento de la población consume una alimentación escasa en proteínas y verduras) se suma el sometimiento del campo a los agroquímicos y la maquinaria agrícola extranjera que resultan en un bloqueo extraordinario para el desarrollo del campo argentino. La burguesía agraria continúa en el atraso histórico desde hace al menos un siglo, lo cual explica que su fruto por excelencia se haya transformado en la soja para la exportación. La cosecha se liquida por dólares o se reorienta hacia las empresas extranjeras de alimentación para su reventa. Entre las grandes empresas agrícolas y las exportadores internacionales se reparten la fuerza de acción de la masa que aún trabaja en el campo, cuyas condiciones laborales siguen bastardeadas por sindicatos y partidos oficiales. Es necesario expropiar el latifundio y centralizar la producción agrícola, colocando a todas las universidades y científicos a revolucionar las condiciones de cría y cosecha de acuerdo a un plan nacional de tecnología agropecuaria. Ésta sóla medida acabaría con el hambre en el país. 

  1. La vivienda 

En las ciudades sobrevive otro “latifundio”, otra gran propiedad, y es la de las inmobiliarias que han ocupado salvajemente todos los terrenos habitacionales disponibles y han elevado con apoyo del Estado – que le presta su fuerza policial – los precios de compras y alquileres de viviendas. La crisis habitacional de la Argentina no se resuelve en el diálogo con los agentes del Real State sino mediante la organización de las ocupaciones de viviendas ociosas, countries y terrenos baldíos. La clase obrera en acción por su hábitat de vida abre la perspectiva de la discusión en general de la planificación urbana. Planteamos: expropiación de las viviendas del mercado inmobiliario, valor por ley del alquiler correspondiente al diez por ciento del salario mínimo, anulación de la exigencia de garantías propietarias o fondos de ingresos para alquilar. 

  1. Educación 

Mediante reformas sucesivas la burguesía nacional apunta a destruir la única “tarea democrática” que había sabido realizar: la educación pública laica y universal. Si la misma se ha sostenido durante los últimos cincuenta años ha sido a fuerza de lucha. El salario docente, el vaciamiento presupuestario barbárico, la explosión de estufas, escuelas sin agua o cloacas, sin gas o sin pintura. Las nuevas reformas apuntan a la desestructuración general de las currículas, la desaparición de materias, la eliminación de los grupos de compañeros de aulas. La escuela en la época de la descomposición capitalista es la materialización de la miseria y la visión del docente y el estudiante como un “recurso humano” sin potencial humano real. Pero la alfabetización, la educación técnica y la variabilidad de conocimiento propios del Siglo XXI son una bandera innegociable. Comprendemos al trabajador de la educación como su sujeto político por excelencia, referencia política y cultural de la familia argentina para el desarrollo de su cultura y progreso científico. Observamos al estudiante como referente, portador de una potencia creativa infinita en desarrollo. Sólo esta perspectiva acabaría con la violencia escolar, las amenazas de tiroteos in crescendo y transformaría a la educación en una escuela de alejamiento del consumo de narcóticos. Planteamos: multiplicación del presupuesto educativo, eliminación de subsidios a la educación privada, plan nacional de infraestructura, salario docente acorde a todas sus necesidades de desarrollo como educador. 

Pero además, es necesario considerar a las escuelas y a las universidades como organismos donde se concentra poder. El movimiento universitario parece haber olvidado que la “autonomía”, en realidad, es el régimen de las camarillas atadas a los intereses de las grandes corporaciones. Éstas les dictan sus planes de estudio y orientaciones a cambio de nada. Nuestro programa lucha por democratizar el gobierno universitario, expulsando a las camarillas del poder en reemplazo de una asamblea estatuyente soberana que reorganice la universidad de acuerdo a los intereses de los obreros estudiantes y sus docentes. En el caso de las escuelas, es necesario luchar por su dirección. Anular la anarquía que transforma a las rectorías en lugares de administración donde el estado penetra su orientación a cambio de prebendas. Planteamos la dirección de las escuelas bajo asambleas de docentes, padres y estudiantes que elijan  delegados de forma democrática. 

  1. Salud 

El sistema sanitario nacional camina al colapso de la mano de gobiernos nacionales y provinciales, tanto en sus ramas públicas como sindicales. Sindicatos y gobierno buscan vetas para transformarlo en un negocio privado, más de lo que lo han hecho. Se receta a precios excesivos o se venden intervenciones costosas como lo son los bucales o tratamientos contra el cáncer. Aquí es necesaria una reflexión: el sistema sanitario nacional había sido pensado como parte de la estabilización del capital para sostener activa a su mano de obra. En su época de derrumbe, la burguesía pretende destruir la salud y la vida de su propio creador de valor. La burguesía argentina que había sido “sanitarista” contra la vieja oligarquía se ha transformado en enemiga de las ciencias y las vacunas. Nada puede expresar más la decadencia de una clase social que su propia transición de la afirmación social a la negación de la vida. En vez de como un ser humano, el obrero enfermo es visto como un objeto de descarte, una mercancía devengada. El extremo fascista es la brutalidad del tratamiento a discapacitados. En el trabajo hospitalario, la mega explotación hace las veces de anulación de la conciencia política. Nuestro programa: devuelve su tiempo de ocio al obrero de la salud con salario acorde a sus necesidades de desarrollo físico y espiritual. Plan nacional de salud. Cobertura médica integral para el obrero ocupado o desocupado.  

  1. Mujer 

Quién más que las obreras para observar en carne propia el derrumbe histórico del régimen. La debacle capitalista ha desmembrado su propia división social del trabajo que adjudicaba a la mujer al hogar. La ha lanzado al mercado laboral pero no ha resuelto las tareas domésticas, es decir que ha sobrecargado a la familia en su totalidad, lo cual se ha transformado en la base de la disolución de la vida familiar. El Capital, ¡que se aterraba contra quienes decía que venían contra la familia!, deja a los niños a su propia merced mientras consume los músculos de los padres. La familia obrera ve así desintegrarse la escalera de ascenso social y busca la salvación que no llega en el ascenso espiritual, proliferando la red de estafas evangelistas que oportunamente dirige la agitación contra los derechos conquistados de la mujer. Subsidiadas las iglesias por el Estado ganan lugar en la educación de la familia y hasta en la formación de los médicos que manejan el aborto con cautela y discriminación. Como el campo espiritual no da nunca paso a la satisfacción placentera emerge el alcoholismo o la drogadicción en búsqueda de la incógnita vivencial y con él la violencia doméstica. Nuestro programa coloca a la mujer obrera como sujeto de acción político que decide su propio destino para estructurar su propio diagrama social. Plantemos: igual salario por igual trabajo. Ampliaciones de licencias por maternidad. Jardines maternales públicos.  Guarderías a cargo de los empleadores. Día femenino de no trabajo todos los meses. Anticonceptivos gratuitos de distribución masiva y secreta. Refugios y atención psicológica contra la violencia de género. Guardia alta frente a los intentos del gobierno de vetar la ley de aborto. Educación sexual de calidad desde la primera infancia.

  1. Naturaleza 

La declinación del capital es a su vez el desprecio a su medio de riqueza fundamental: la naturaleza. Si en sus inicios la contaminación del medio ambiente se sucedía por escasez tecnológica para compatibilizar producción con el cuidado ambiental, el desarrollo de la tecnología ecológica ha agotado esta excusa. Aunque Argentina presenta una industria atrasada y un agro dependiente de la industria química extranjera, justamente por ello, la contaminación ecológica es desproporcionada en relación a su desarrollo. Tierras reventadas, ríos saturados de químicos, plásticos y residuos cloacales no tratados, fundamentalmente en los centros urbanos, pero lentamente también en las zonas alejadas de las ciudades, el ciudadano argentino ha sido expulsado de sus paisajes naturales y su contacto con la naturaleza. Piénsese, por ejemplo, en el Río de la Plata, un paraíso natural destruido por acción de la industria y la ganadería a escala excesiva. El calentamiento global se ha convertido en el causante de sequías recurrentes que gestan crisis de divisas e inflación, es decir, que el capital se ha golpeado a sí mismo. Lo mismo sucede con las catástrofes naturales recurrentes – piénsese en las recientes inundaciones en Tucumán o las tormentas en Bahía Blanca – que de fenómenos de la naturaleza se convierten en fenómenos sociales por su accionar. Se trata de una expresión clara del agotamiento de un régimen social cuya característica de nacimiento había sido la capacidad de dominar la naturaleza mediante la investigación. Un gobierno obrero armoniza a la humanidad con su medio natural, toma el poder para intervenir el medio ambiente desarrollando todas las potencialidades que abrió la ciencia moderna. Desarrollo de tecnología ecológica planificada por la clase obrera. 

  1. Fútbol 

La cultura futbolística es la primera gran expropiación de la clase obrera nacional a la oligarquía. Los clubes de la élite dieron lugar a los clubes de obreros. Fútbol mediante el obrero argentino constituyó parte de su identidad o hasta aprendió a chocar con el despotismo policial. Los clubes se transformaron así en entidades de masas, lo cual se contrapone a su evolución capitalista que los transformó en empresas de lucro asociadas al poder y la corrupción. En este campo tampoco el fútbol no escapa al derrumbe histórico y cultural del capital. Nuestro programa puja por la reconquista del fútbol argentino que garantice el derecho a las masas a pertenecer a sus clubes, presentarse a elecciones y dirigirlos. Ésto, en vez de en un caldero de violencia los transformaría en una palanca para la cultura, la educación y la proliferación de la pasión popular.

  1. Identidad obrera 

En general la historiografía argentina había intentado encontrar una respuesta a la forma de su dinámica mediante una variante sociológica: la emigración masiva del campo a la ciudad que habría dado lugar la generación de la subindustria (industria atada a la cadena de producción internacional para el consumo nacional) y había dado formato, fundamentalmente, a la clase obrera que siguió al peronismo. Como estructura sociológica, el esquema ha quedado obsoleto a partir de la agonía de la Argentina subindustrial. El recorrido por el Conurbano profundo con sus hectáreas y hectáreas de fábricas abandonadas ubica a la clase obrera en el plano de la debacle de la perspectiva social y hasta gesta un conflicto histórico por la conformación de la identidad individual del obrero. La burocracia sindical vende la premisa del obrero fabril como privilegiado frente a un mundo desolador, lo cual sirve a las patronales para apretar el cuello del trabajador sin respiro. El programa del clasismo, en cambio, caracteriza al obrero como oprimido sin descanso por una clase social que parasita su vida. Defiende que el único privilegio del obrero es la capacidad de luchar de forma independiente de quien lo explota y que radica allí toda su perspectiva de identidad. El programa obrero puja por la utilización del lenguaje proletario en la agitación y en propaganda como método dinámico de la conformación de su identidad. En esto, combina todas las tradiciones del movimiento obrero argentino, desde la anarquista y su reivindicación de la libertad individual hasta la socialista y su ímpetu por la guerra contra la explotación social. La conformación de la identidad proletaria es la conclusión del depósito de su energía durante un largo proceso en un marco histórico definido. Nuestro programa es romper con toda identidad de la clase obrera con la clase explotadora. 

  1. La cuestión argentina  

Surge de la suma de reivindicaciones concretas el concepto final del programa nacional. El mismo se opone por el vértice al programa utópico del nacionalismo burgués. El programa nacional de la clase obrera se constituye de reivindicaciones concretas que surgen de las dolencias cotidianas de las masas observadas desde el punto de vista de la evolución de la historia de su nación, en particular, caracterizada por la disolución final de la burguesía nacional. Esto es el gobierno actual, no más. El fascismo argentino es la forma rudimentaria de defensa del capital, supera a los personajes políticos del momento. La abolición del fascismo implica la abolición del capital. La conciencia nacional evoluciona a conciencia revolucionaria. Las cuestiones nacionales típicas como la recuperación de Malvinas, la federalización definitiva del régimen político o la relación sumisa con los Estados Unidos se amoldan a la comprensión de la evolución del marco histórico, esto es: son tareas que sólo puede llevar a cabo la clase obrera. El programa nacional argentino se encuadra en el marco de la época de las grandes crisis sociales, guerras y rebeliones populares que no encuentran aún un cauce definido pero se diferencia de viejas crisis en que no existía un sujeto histórico constituido a nivel internacional capaz de llevarlas al triunfo: la clase obrera masiva. Esto ha cambiado. Es un giro histórico decisivo. “Las condiciones revolucionarias han madurado y hasta comienzan a pudrirse”. El programa revolucionario transforma la crisis en comprensión histórica, la guerra imperialista en guerra a la explotación social y las rebeliones populares en revoluciones socialistas.