Versión resumida y adaptada al rioplatense de la traducción a versos castellanos de Aurelio Espinosa Polit

No son tantas las furiosas tempestades
que revuelven el mar, como las muchas pestes
que oprimen al ganado (multae pecundum peste).

Y no lo invaden
cabeza por cabeza, más de súbito se
adueñan del rebaño: perece toda,
perece su esperanza, y aún perece
toda la casta sin dejar huellas.

Los que antes fueron reinos de pastores
son hoy mustias dehesas, taciturnas
inmensas soledades.

Viose un día
allí estallar por vicio del ambiente
que esparció el otoño con sus fuegos
peste mortal para las bestias todas,
ganado y salvajina. Inficionados
pastos y aguas, morían de mil modos.
Cuando la fiebre con su sed quemante
se insinuaba en la venas, reducía
los miembros a horrible magrez.

Ya ni el bosque umbrío,
ni el muelle al compañero animan,
ni el arroyo que asalta por los montes,
más puro que el electro, busca el llano.
¿De qué les han valido sus servicios,
su generoso afán? ¿Y tantos surcos
que abrieron con la reja en glebas duras?
Y sin embargo no los mata el másico
ni orgía, ni festín.

Por primera vez entonces no se hallaron
en aquella región ni las novillas
para el sagrado festival de Juno,
e iban tirando el carro de la diosa
búfalos desiguales. Al labriego
no le quedaba sino abrir la tierra
penosamente con la azada, y luego
ir enterrando el grano con las uñas.
Triste era verlos por los altos montes,
uncidos y los cuellos estirados,
forcejear con los carros crujidores.

Ya el lobo en torno del redil no vaga,
ni malvado a al rebaño, nocturno, acecha:
más doloroso afán le hostiga a él mismo.
Cuantos nadan en la mar inmensa,
como a náufragos cuerpos, en la orilla
baten las olas. Por refugio acuden
alocadas las focas a los ríos.
Las víboras perecen: no les valen
sus corvos escondrijos, ni a las hidras
que del terror erizan sus escamas.
Ni a las aves el aire: heridas caen
y abandonan la vida entre las nubes.

¡A qué cambiar de pastos: los remedios
causan daño mayor!
Ya Tisífone
sale, ante sí empujando los Terrores,
las Dolencias, y se irgue cada día
más ávida y cruel
hacia la luz de las estigias sombras.

Tenues balidos,
suprema angustia de lentos mugidos
llenan las secas playas, en los declives
de los rígidas colinas. En las cuadras
se amontonan las víctimas, cadáveres
que descompone infecta podredumbre,
hasta que al fin pensaron en cubrirlos
con tierra en hondas hoyas.  Pues los cueros
quedaban inservibles, ni las carnes
se podían salvar, purificándolas
o con agua o con fuego. Ni siquiera
cabía trasquilar las carcomidas
y sucias lanas, ni tocar los paños
que de ellas se tejieran. Y si alguno
vestir osaba esas odiadas prendas,
se iba llenando de encendidas pústulas
y de inmundo sudor para no tardar
consumirse en misteriosa fiebre.