Cuando bajó el humo de la cadena nacional del gobierno argentino por la cuestión Malvinas, más que nunca se notó la falta de brújula que caracteriza actualmente a las fuerzas políticas, cuando no la ligazón estrecha de los “opositores” con el gobierno libertario. En general – sobre todo la autodenominada izquierda argentina y el progresismo del mismo país – se han caracterizado desde el estallido de la invasión rusa a Ucrania por establecer recortes nacionales del panorama internacional. Lo mismo hacen actualmente para abordar el problema malvinense, abstrayéndolo a los límites nacionales cuando, en realidad, nunca una “cuestión argentina” había estado tan estrechamente vinculada con los vaivenes del panorama mundial. Recortada a los márgenes argentinos la cuestión Malvinas directamente no dice nada. Esta posición llega al extremo cuando la izquierda afirma incesantemente que las declaraciones de Milei “representan una farsa”, “un objetivo nacional que no podrá concretarse” o, más recientemente (ayer, 15/9) que “es un tema que dejaremos de lado pues no tendrá ninguna incumbencia en la política nacional” (Prensa Obrera). Mientras no “pasaba nada”, el Batallón de Infantería de la Marina norteamericana desembarcaba en Tierra del Fuego donde el Pentágono financia la construcción de una Base Naval conjunta. Un día después, el gobierno anuncia medidas “contra el narcotráfico” y habilita al ejército a disparar indiscriminadamente a barcos y aviones que naveguen o sobrevuelen el Mar Argentino. La política del “no pasa nada” es apenas una diferencia de grado con el (dixit) “aprovechar Malvinas para la construcción de un frente político unido por la Soberanía” como alentó Melella, el gobernador kirchnerista de TDF. El frente nacional adquirió también formato internacional con el apoyo del embajador chino a Milei. China se comporta con la cuestión Malvinas al igual que en toda la guerra internacional: apoyando el sometimiento del mundo por los Estados Unidos. Lejos de corrernos de un eje político central, los socialistas tomamos con fuerza los eventos trascendentales para desenmascarar las maniobras políticas del capital, en este caso, la de empujar a la población argentina a incluirse en la guerra de reparto imperialista.
Ni sería la primera vez que Estados Unidos choque con un país Europeo manifestando representar los intereses de una nación latinoamericana, ni Malvinas es actualmente la única Isla “geopolíticamente en disputa” con Inglaterra. En cuanto a lo primero: Cuba. El presidente Mc Kinley transformó la guerra de liberación cubana contra España en la guerra hispano norteamericana por el control político de la Isla, logrando someterla y hasta sostener la esclavitud. En cuanto a lo segundo, Estados Unidos se disputa actualmente el control de la Isla Diego García con Gran Bretaña. La misma formaba parte del acuerdo que Inglaterra selló con Mauricio por la “devolución” de su soberanía sobre el archipiélago de Chagos en el Océano Índico. Bajo el comando británico, allí – a pesar de la falsa información de la prensa – Estados Unidos preparó los ataques de Enero que iniciaron la guerra en Irán. El mismo escenario de guerra entre Estados Unidos y Europa se repite ahora en Irlanda y la agitación por su unificación.
Por su parte, Malvinas tampoco es la única “crisis nacional” que se desataría como consecuencia de los movimientos bélicos del imperialismo, incluso dejando de lado un análisis profundo de la cuestión groenlandesa o la puja por convertir a Canadá en otro estado norteamericano que, dicho sea de paso, acaba de participar del Congreso de la Unión Europea en búsqueda de aliados. Nos referimos a la guerra civil yemení que acaba de tener un episodio fundamental con la conquista por parte de los hutíes – una tribu teocrática del Norte del país – que ha avanzado con el método de la guerrilla hasta tomar el control el Mar del Rojo y bloquear la única salida disponible del petróleo saudí luego del bloqueo de Ormuz. A la par, el ejército irakí bombardeó el oleoducto saudí con salida al Mar Rojo. Es un ejemplo exacto de cómo es la guerra imperialista la que desata las tensiones nacionales. Tras la caída de la República Socialista de Yemén en 1990 la guerra civil lleva tres décadas y media de desarrollo, aunque en realidad las bases sociales de la guerra se retrotraen al proceso revolucionario que de la independencia contra Gran Bretaña en la década del sesenta desencadenó en el gobierno pro soviético que logró unificar al conjunto de los tribus musulmanas de la región. Los logros históricos de la Yemén socialista, gobernada bajo un consejo común de tribus, son imponentes para una de las regiones más atrasadas del planeta. Van desde la socialización de la tierra hasta la igualdad de hombres y mujeres en el cuidado de los hijos. Fue la intervención incesante (bombardeos permanentes) de la OTAN la que gestó la división del país en sus tribus primitivas y luego en dos regiones claramente diferenciadas. El sur yemení se encuentra actualmente gobernado bajo un consejo intervenido por los Emiratos Árabes, Estados Unidos y Arabia Saudita. Los informes reservados que ha difundido la prensa rusa hablan de una región colapsada en la que el ejército imperialista ha abandonado sus posiciones o incluso de una crisis política entre saudíes y norteamericanos. En fin, como en Pakistán, “volvieron a correr”. Los hutíes del norte presentan un programa extremadamente contradictorio que combina intereses de casta tribales, teocráticos, misóginos y religiosos con reivindicaciones antiimperialistas (“muerte a Norteamérica e Israel”) y populares como la baja del costo del combustible y la restitución del agua potable, con acueductos destruidos luego de décadas de guerra. La OMS calcula en Yemén del Norte (la región hutí) alrededor de quinientos mil casos de cólera. Las condiciones sociales de vida sobrepasan y se imponen a la estructura ideológica. El motor de impulso de la guerrilla hutí es la barbarie capitalista ante la cual queda eclipsado hasta el propio Alá. Esto explica que la toma de posición de los hutíes ha exaltado los ánimos en Siria donde hace tres días se bloquean un sin fin de rutas contra el alza del precio del petróleo, o sea, la política que gesta la guerra imperialista. Una golondrina no hace verano pero una suma de revueltas hará a la primavera.
En el mismo plano de análisis se enmarca la cuestión del Estrecho de Magallanes y las declaraciones de los senadores chilenos exigiendo un rearme urgente para defender su soberanía frente a la Argentina. Nacionalismo fascista detrás del gobierno fascista al que se ha plegado todo el régimen político de derecha a “ultraizquierda”. Toda la prensa mundial coincide en la importancia estratégica del estrecho bioceánico como ruta de emergencia ante un colapso del canal de Panamá frente a un eventual conflicto bélico con China o incluso la Unión Europea. Por caso, Trump acaba de anunciar la transferencia del presupuesto que el Pentágono destinaba a la seguridad en Italia y Alemania hacia Ecuador, Perú y Panamá. El imperialismo militariza América Latina de Norte a Sur con la perspectiva de la guerra internacional. Kast y Milei militarizan la Patagonia en la misma orientación. Es imprescindible la unidad de la clase obrera argentina y chilena en rechazo a la guerra y el fascismo nacional.
Todos los vectores de las situaciones políticas “nacionales” apuntan en la misma dirección y su síntesis se materializa en el espacio exterior que el Pentágono acaba de confesar rodeado de satélites de guerra con capacidad de ataque militar. La izquierda que se divide entre el “no pasa nada” o el “ir a fondo” en Malvinas simplemente se pliega a la estrategia del gobierno y el imperialismo, cuyo eje político es la destrucción de los derechos políticos en todas sus zonas de influencia y la militarización de la región contra la clase obrera.
La política bélica se expresa en la Argentina en forma de reforma política y privatizaciones. Las reformas apuntan a la constitución de estados de excepción y las privatizaciones a la concentración oligárquica de los recursos naturales y productivos. Todo el abanico político se encuentra detrás de esta orientación. En Argentina, por caso, Capitanich acaba de anunciar que apoyará las modificaciones ”adecuadas” de la reforma política que pretende votar el gobierno en el Parlamento, la cual expulsa del sistema electoral a todos los partidos que no acuerden la sumisión a la camarilla de Caputo y Milei. Por su parte, se han iniciado los pliegos por la licitación de AYSA que provee de agua a 14 millones de argentinos. En el mismo sobre se presentan el kirchnerista Roggio – imputado por la causa de los Cuadernos – y la israelí (y sionista) Mekorot.
Cuando el régimen se abroquela detrás de la catástrofe histórica contra la humanidad y el control de los recursos de la tierra (y el espacio) por parte de grupos ínfimos de camarillas belicistas, la clase obrera debe dar un salto político en su consciencia y organización, planificando la ingeniería de la huelga general de masas que ponga en jaque al fascismo mundial.
Pasa de todo.
Maxi Laplagne.
